viernes, 31 de agosto de 2018

A contracorriente


Comienzo de curso

O no. Eso depende. En mi caso, expresiones tales como “fin de semana”, “puente”, incluso “vacaciones”, no es que carezcan de sentido pero están muy lejos de despertarme el entusiasmo que me provocaban años atrás. Por el contrario, suelen ser fechas que interpreto en clave de incomodidades y, desde luego, no son las que me llenen de irreprimibles deseos de cambiar de aires, montarme en cualquier medio de transporte y desplazarme a alguno de los lugares que han elegido millones de ciudadanos ávidos de compartir con sus semejantes la insidiosa pugna por encontrar una mesa para  cenar, una playa donde tomar el sol, un museo que visitar.

Consecuencias de mi condición de “jubilado” (que deriva de "júbilo", no se olvide), fase vital en la que el tiempo transcurre de modo diferente a cuando tu vida se regía por el calendario que otros te imponían.

Así que, aprovecho el primer día de lo que habitualmente se denomina “comienzo del curso” para retomar el hilo de mis comentarios en mi blog.

Recuerden el título (“No es más que una opinión”) que encabeza esta sección y no se sulfuren si sus puntos de vista no coinciden con los míos. No, no voy a hablar de política, y no por falta de materia prima, que pasan los meses y parece como si los problemas  que nos agobian siguieran petrificados gravitando sobre nuestras cabezas.

Quiero, nada más, dar a conocer algunos puntos de vista personales sobre ciertos temas  de actualidad en los que tengo la sensación de ir en sentido contrario al de la mayoría de los ciudadanos que veo y escucho a mi alrededor. Tengo mis razones y me apresto a exponerlas. No son asuntos cruciales, aunque, por otra parte creo que pueden considerarse como síntomas más o menos alarmantes del peculiar declive que padece nuestra civilización occidental.

Materias que pueden gustar más o menos a cada uno. Apasionan a unos y enervan a otros. En cualquier caso, hay fuertes corrientes de opinión a su alrededor que hacen difícil encontrar voces contrarias, por más que cuando hablas en confianza descubras que no eres el único que piensa como tú.

“Uno más de la familia”

Las mascotas, por supuesto. En los dos o tres últimos años creo que puedo decir que he paseado por bastantes de las principales ciudades de Europa y alguna de América. París, Londres, Berlín, Moscú, Munich,Luxemburgo, Nueva York, Lisboa, México… En ninguna de ellas he visto la cantidad de perros que veo en cualquier ciudad española. Sólo, ya lejana en el tiempo, recuerdo la inusitada proliferación de perros en los monasterios del Tibet y el respeto, lindante con la veneración, con el que eran tratados: se temía que pudieran ser lamas reencarnados en una segunda vida. 

En ninguna de estas civilizadas urbes he tenido que padecer la pésima educación de los propietarios de los perros que veo en España: excrementos por calzadas, jardines y aceras, ladridos constantes a altas horas de la madrugada, perros que corretean sin sujeción, pruebas palpables de la desidia de quienes no entienden por qué tienen que ocuparse de evitarle a los demás las consecuencias de su supuesto amor a los animales.

Como en tantas otras materias, no falta regulación legal: falta voluntad de hacer cumplir la Ley por quienes tienen esa obligación. Falta, también, mentalidad ciudadana de unos contribuyentes que no entienden que sus derechos terminan donde empiezan los de los demás.

Oigo decir, oigo repetir como una cantinela convertida en mantra por calles y pantallas que los animales domésticos son “uno más de la familia”. Manías de confundir la velocidad con el tocino, costumbre inveterada de repetir y hacer propia una frase que hace fortuna sin pararse a pensar ni por un momento en lo que se está diciendo. Ganas me dan, cuando oigo la frase, de advertir de que no metan a mi familia en el mismo saco, que en la mía todos los miembros somos animales racionales, todos de la misma especie, pero me guardo el comentario para mi coleto.

¿Uno más de la familia? Veamos:

- Todos los que así hablan son “propietarios” del perro, o del gato, o del ornitorrinco, si es que le ha dado por ahí. ¿Podrían decir también que son propietarios de su hijo pequeño, de su cuñado, de su mujer?
- En la mayoría de los casos accedieron a la condición de dueños por compra o por donación del animal. ¿También compraron a su mujer, a sus hijos? ¿Les regalaron a su abuelita?
- Cuando les vino en gana, llevaron su mascota al veterinario y la hicieron castrar. No preguntaron la opinión del animalito, como es de suponer ¿También podrían haber hecho lo propio con su hija para evitar embarazos inoportunos?
- Llegado el momento, acudieron a la clínica habitual y ordenaron el sacrificio del animal "para evitarle sufrimientos" (no para quitarse ellos problemas de en medio, no faltaría más) ¿A cuántos familiares podrían aplicar el mismo tratamiento sin ser encausados por homicidio o por asesinato?
- ¿Derechos de los animales? Desde luego que no. Derechos de los dueños de los animales, lo que no es lo mismo ni mucho menos. No hay derechos sin obligaciones, y es evidente que no son los animales, sino sus dueños los que tienen obligaciones. Eso es lo que pasa también con ciertos objetos inanimados. “La Gioconda” no tiene el derecho a no ser pintarrajeada con un spray: somos los demás los que tenemos derecho a que eso no ocurra porque nos asiste el derecho a contemplarla tal como es.  

O sea, que no: digan lo que digan, si se paran a pensar, ni los perros ni los gatos son uno más de la familia. Cuestión diferente es que al perro se le tenga más cariño que al tío Ernesto. Eso dependerá del genio del tío Ernesto, de lo que tarda en morirse y soltar las acciones del Santander  y el chalé de La Moraleja, y de la lata que dé a diario.

Quiero dejar claro que ni aborrezco a los perros, ni a los gatos, ni, en general a la mayoría de los animales. Más aún: estoy convencido de que domesticar al perro, al caballo, al ganado bovino, al lanar, ha sido un hito trascendental en la evolución del hombre como cúspide del reino animal. Les debemos su ayuda. 

De eso a convertirlos en uno más de la familia, media un abismo. Y me pregunto ¿por qué sí el perro y no el asno? Por manías del hombre urbano que se aburre o se siente solo, o desarraigado y es incapaz de relacionarse cuerdamente con sus semejantes, así que acude a la ficción de considerar de la familia a un ser de otra especie que tiene la evidente ventaja de que nunca le pedirá cuentas por sus caprichos.   

A otros animales sí que los aborrezco, por supuesto. Incluso busco su exterminio por todos los medios a mi alcance, como seguramente hacen los que tan alegremente se declaran familiares de un caniche, un labrador o un gato de angora. Me refiero a cucarachas, moscas, mosquitos o medusas en las playas, pongo por caso, sin hablar de especies peligrosamente venenosas.

Luego el tan traído y llevado “amor a los animales” y el horror ante el maltrato animal, por una parte se reserva para las especies que algunos han decidido que son susceptibles de ser la base de un negocio floreciente, y por otra, pone de manifiesto que así como hay gente amable y personal desagradable, hay animales para meter en casa y otros a los que hay que quitar de la circulación, por muy seres vivos que sean.

Al final, lo bueno y lo malo no está en la mascota sino en su dueño. Jamás se me ocurrirá culpar al perro de que ladre a destiempo o de que ensucie las calles, o al gato de que merodee a su antojo entrando y saliendo por donde mejor se le acomode. No son ellos los responsables (no tienen obligaciones) sino sus propietarios.

Bastantes de mis mejores amigos tienen perro o gato en casa. La mayoría de ellos no se sentirán aludidos por estos comentarios. Sé que comparten mis puntos de vista porque en más de una ocasión hemos comentado cosas parecidas y son de quienes saben cómo comportarse con sus mascotas y, lo que es más importante, con sus conciudadanos.

Sí creo, por el contrario, que una buena parte de los dueños de animales domésticos no suelen estar a la altura de las circunstancias y no son capaces de entender que su derecho a tener animales de compañía comporta la obligación de responder ante los demás por las carencias de su mascota. 

Y los agentes de la Autoridad de las ciudades españolas que conozco mejor parecen incapaces de hacer cumplir las prolijas normas que regulan estos comportamientos. 

El ciclista y su circunstancia.

Practiqué el ciclismo cuando mi edad y mis circunstancias me lo permitieron. Disfruté de la bicicleta y hasta me aventuré en recorridos de una cierta exigencia. Sufrí más de una caída en los tiempos en los que nadie se había planteado usar casco, coderas o rodilleras y, mucho menos, adquirir un atuendo específico para montar en bici. 

También entonces había accidentes mortales. Recuerdo aquel verano en el que el sentido protector de mi madre me privó del uso de mi bicicleta durante un tiempo prudencial después de que hubiera aparecido en la prensa la muerte de un ciclista en Cuenca, atropellado por una camioneta.

Los tiempos han cambiado. Millones de coches, vías de comunicación pensadas, sobretodo, para el automóvil, ciudades saturadas de tráfico, proliferación de bicicletas, han hecho crecer la alarma social ante los cada vez más frecuentes accidentes en los que el ciclista es la víctima.

Se reclaman medidas correctoras, endurecimiento de penas, modificaciones en la legislación viaria, obras de acondicionamiento en carreteras y calles. 

Todo es razonable, aunque muchas de nuestras ciudades nacieron y se desarrollaron en lugares y con modelos urbanos en los que entre la orografía y las influencias romano-árabes hacen incómodo el uso de la bicicleta. 

Todo debe ser examinado y aplicado en la medida de lo posible, porque la vida humana debe ser protegida y porque es evidente que el ciclista es la parte débil en su confrontación con el automóvil. 

No obstante ¿sería mucho pedir que el ciclista pusiera de su parte lo mismo que reclama para sí? Veo grupos de pedaleantes rodando apandillados que ocupan una buena parte de su calzada. Observo a otros circulando a velocidades peligrosas para los peatones por aceras y paseos. Descubro que muchos ciclistas se comportan como peatones cuando les conviene y como usuarios de vehículo rodante cuando mejor les va: saltan por pasos de cebra, desconocen semáforos, invaden espacios peatonales, incluso circulan en dirección contraria.

En el lugar donde paso bastantes meses al año, el Ayuntamiento instaló carriles-bici en buena parte de paseos y calles. Están desiertos. Los ciclistas siguen rodando por aceras y paseos peatonales a la velocidad que estiman conveniente con riesgos ciertos para viandantes de según qué edades. 

Por supuesto, los agentes de la autoridad no hacen el menor amago de aplicar la legalidad vigente. Veo a un par de guardias municipales justo debajo de una señal que limita la velocidad de las bicicletas a 10 km/h mirando distraídos la carrera que parecen disputar un grupo de zangolotinos, quizás británicos. Les llamo la atención y les oigo comentar que sólo faltaba que un madrileño fuera a decirles lo que tienen que hacer.

En resumen ¿Tan difícil es de entender que siendo cierto que el ciclista es más vulnerable que el automovilista, también lo es el peatón respecto del ciclista? ¿Tan extraño es pedir que se apliquen Leyes y Ordenanzas vigentes antes de pedir que se cambien por otras más duras? ¿Cuándo perdimos la educación y el sentido común?

Como dije al principio, “no es más que una opinión”, dos, en realidad, y, por si fuera poco, alejadas del denominador común de quienes oigo expresarse por calles y pantallas.  















viernes, 24 de agosto de 2018

Se acerca septiembre.

Preparando el equipaje.

 He viso partir a amigos, conocidos, vecinos que terminan sus vacaciones, siempre más cortas de lo que uno quisiera. Hay ya espacios vacíos en la playa; la piscina va recuperando su aspecto habitual; Han disminuido las risas y los gritos de los niños en el jardín frente a mi casa; las calles del Club de golf están ya a media ocupación. 

  Estamos pues, a punto de dar por terminada la corta interrupción que me impuse hace casi un mes en mi tarea de comentar cuanto me resulta llamativo. Poco o nada hemos perdido mis lectores y yo dejando pasar este tiempo sin escribir sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

  Sólo (o casi) el polémico asunto de la exhumación de los restos de quienes ustedes y yo sabemos ha turbado en parte el tedioso repaso diario de los titulares de la prensa. 

  No quiero comentarlo, más allá de mis dudas sobre si es pertinente o no utilizar un procedimiento tan explícitamente excepcional como el Decreto Ley para zanjar un debate que tal vez debiera de haber sido planteado en el lugar donde nuestros representantes hacen como que cumplen con su obligación, es decir, el Parlamento. 

  Por lo demás, como cada final de agosto, el mundo sigue siendo muy parecido al que vivíamos hace cuatro semanas. Ni siquiera Donald Trump ha dejado de ser quien es, lo que, por otra parte, empieza a ser aburrido de puro repetitivo.

  Así que permitidme mi última incursión en la narrativa. Un relato corto, fruto exclusivo de mi imaginación, sin relación alguna con ningún acontecimiento que haya conocido. 

  Espero que os entretenga. En caso contrario, no creo que os aburra demasiado porque no es muy extenso



 El espejo


La vida es demasiado breve
para ser moderado. 
(Kate Morton)


  Como cada mañana, Lucía se vio muy hermosa ante el espejo. Pasó las yemas de sus dedos por la frente, tanteó las imperceptibles ojeras bajo los ojos castaños, bordeó sus labios, probó a alisar las sienes pero juzgó que era innecesario. Acercó su rostro a pocos centímetros de la superficie azogada y fue repasándolo centímetro a centímetro buscando quién sabe qué imperfecciones, quizás los primeros síntomas traidores de que la juventud se alejaba sin remedio. 

  Volvió a enderezarse, se retiró un paso y desplazó los tirantes de la prenda que la cubría. Bajó sus brazos y la seda se deslizó hasta sus caderas. Contempló sus pechos, firmes, regulares, del tamaño preciso para hacer de ella la mujer que atraía las miradas masculinas cuando caminaba cada mañana hasta su trabajo, cuando entraba en una tienda, cuando cruzaba la calle, cuando acudía a la iglesia. Probó a levantarlos con ambas manos. No, no eran una ruina, sino un cántico a los cánones intemporales de la belleza femenina. Se dijo que, si quisiera, podría prescindir del sujetador. No lo hacía no tanto por pudor sino por coquetería. Sabía, como toda mujer que se precie, que un simple botón más de su camisa desabrochado, la abertura justa para que cualquier movimiento indiscreto dejara entrever el encaje que bordeaba la prenda, era más sugerente que la visión directa de unos cuantos centímetros más de piel.

    Antes de entrar bajo el chorro de agua, volvió a dudar una vez más de si debía mantener el pubis como ahora lo veía, el vello oscuro, rizado, abundante, sombreando el monte de Venus, o ceder a las tendencias de las que oía hablar a alguna de sus amigas más jóvenes y rasurárselo en todo o en parte. Trató de imaginarse depilada pero se dijo que habría de encontrarse extraña. 

  En ningún momento barajó como un dato a tener en cuenta cuáles podrían ser las preferencias de los hombres que conocía. ¿Qué opinaría Ernesto, su eterno adorador? El hombre que vivía por y para ella, pendiente de sus más peregrinos caprichos, una sombrilla de encaje, un helado de frambuesa, una esmeralda engarzada en oro blanco si se la hubiera pedido, una tarde en la oscuridad cómplice de aquella sala de cine tan poco concurrida, un baño en la cala, al amanecer, nadando desnudos hasta la roca con perfil de delfín; todo para terminar, al fin, rechazando sus protestas de amor. ¿Cómo lo vería Julio? El tipo al que su fama de predador desalmado e insaciable hacía tan irresistible que sólo demorar lo inevitable conseguía mantenerlo a la distancia necesaria para que el sueño de perder el sentido en sus brazos no terminara en pesadilla. ¿Y Adrián? Sí, Adrián, el adolescente al que sabía obsesionado por ella, el que hacía verdaderos ejercicios de saltimbanqui para alcanzar el punto desde el que lograba verla desnuda en la ducha cada mañana desde su vivienda al otro lado del patio de luces, sin que ella hiciera nada por evitarlo, todo lo contrario, porque era su homenaje secreto, el que ella se dedicaba a sí misma. 

  Todos ellos, incluido aquel amor eterno que duró casi un verano, aquel francesito que llegó a su vida cuando los sentimientos despiertan, aquel chico tímido y educado que con tanta dificultad fue capaz de decirle “te quiego, Lusía”, Hervè, cuyo mero nombre lo hacía tan diferente al resto de sus conocidos ¿Qué preferirían, el embrujo antiguo, intemporal del vello encrespado o la apariencia higiénica, casi asexuada de sus ingles lampiñas? Y, como cada vez que se lo planteaba, se negó a darse una respuesta y dejó las cosas como estaban.

    El agua tibia empapando sus cabellos, inundando su busto, escurriendo por su vientre liso, por sus muslos, hasta el sumidero, le trajo a la memoria leyendas antiguas, de cuando se decía que en los internados de monjas era preceptivo ducharse con camisón para evitar la contemplación pecaminosa del propio cuerpo. Nunca tuvo ocasión de comprobarlo. Ella disfrutó del privilegio de vivir en el seno de una familia poco o nada preocupada por las obsesiones puritanas de un tiempo ya olvidado en el que la sexualidad era pecado y su mera mención, osadía incalificable impropia, en cualquier caso, de gente como es debido. Así que dejó correr el agua por su cuerpo y vio cómo se llevaba la espuma que la había cubierto, hasta desaparecer en remolinos por el desagüe. Su pelo corto agradecía el torrente diario de agua que eliminaba el champú. Nunca dejó crecer sus cabellos tanto que le incomodara empaparlos a diario. Disfrutaba de la sensación del agua corriendo sobre su cabeza; ella decía que era porque se llevaba los malos sueños de la noche. Tantas cuantas veces alguien le había aconsejado, pedido incluso, que se dejara crecer el pelo, porque eso, una cabellera larga, ondulada, flotando al viento era el más acreditado atributo de la belleza femenina, se había encogido de hombros y había seguido fiel a su costumbre. Ahora, cada día que pasaba habría tenido menos sentido cambiar el estado de las cosas. Frotó, pues, su pelo con la toalla y retornó al dormitorio, mientras con el rabillo del ojo verificaba que ese día tampoco había comparecido su joven admirador.

  Volvió a su cuarto, eligió un delicioso conjunto blanco de ropa interior de seda con un delicado volante de encaje, bragas y sujetador orlados por el mismo adorno y volvió ante el espejo. Abrochó a su espalda el sujetador, introdujo sus manos, primero una y luego la otra bajo las copas hasta colocar sus senos en el punto exacto que la forma de la prenda requería, y empezó a maquillarse. Lucía llevaba a cabo todas estas operaciones con una estudiada calma que la obligaban a levantarse con el tiempo necesario para tenerlas finalizadas a la hora que se había marcado. Prefería hacerlo así, porque el tiempo que se dedicaba  a sí misma era el que consideraba mejor empleado. 

  Hacía ya años que había decidido ser guapa, elegante, atractiva, como la mejor manera de estar a gusto en su cuerpo. Sabía que llegaría el momento en el que conseguirlo le supondría cada día un esfuerzo algo mayor que la víspera, pero ese tiempo aún estaba lejano, pensaba. Terminó de secarse el pelo, lo peinó, si es que lo que hacía cada mañana podía llamarse así, y fue, paso a paso, repartiendo por su rostro, por su cuello, pequeñas cantidades de los mil productos de belleza que componían el ritual diario de acicalamiento. Oscureció y rizó después sus pestañas y ensombreció tenuemente sus párpados. Volvió a mirarse en el espejo. Se gustó tanto que se envió un beso coqueto envuelto en una sonrisa.

    Dudó entre falda o pantalón. Miró por el balcón. El cielo lucía azul y la vestimenta de los viandantes no daban muestra alguna de estar soportando bajas temperaturas, así es que se decidió por una falda; algunos centímetros por encima de la rodilla, algo de vuelo, una osada abertura sobre el muslo izquierdo, prenda azul oscura, con una fila de botones rojos, meros adornos, desde el final de la abertura lateral hasta la cintura. Se detuvo un instante y sonrió. Recordaba una tarde, terminado un almuerzo más de los que Julio organizaba para conseguir de ella lo que tanto anhelaba, ante un té que había servido para descartar la oferta de algún final de más alta graduación…

¿Sabes, Lucía? El liguero es la prenda erótica por excelencia. Estoy convencido de que hasta hace poco tiempo, el mero hecho no ya de tenerlo en tu vestuario, sino de pensar en él, era pecado. Quién sabe si incluso delito. Y te sienta de maravilla. Es como si lo hubieran inventado pensando en ti.
¿Y tú cómo lo sabes?
¡Ah! ¿Cómo lo sé? Recuerda, querida. Una tarde en casa de tus primas, estabais arreglándoos para la fiesta que daba… No recuerdo quién. No sé si fue un descuido o una maniobra artera por vuestra parte, pero desde donde yo estaba, sentado en el extremo de un sofá en la biblioteca, os veía reflejadas en un espejo cada vez que la puerta del dormitorio de Clara se quedaba abierta, o la dejabais así, adrede, para hacerme sufrir.
-  Lo estás inventando, Julio. No me creo una palabra.
¡Ah! ¿No? Tu liguero era azul cielo, igual que… Bueno, quiero decir, que hacía juego con todo el conjunto usaste ese día. Te recuerdo bellísima. ¿Sigues usando esa maravilla?
Conseguirás que me levante y me vaya. Un caballero…
- ¿Qué te hace suponer que yo sea un caballero?   

     Así que, sonriente, volvió a su cómoda, sacó un liguero, no el azul que recordaba Julio, sino blanco, como el resto de su ropa interior, se hizo con un par de medias y, cuando hubo terminado esa parte de su preparación, volvió ante el espejo. Suspiró pensando en su adorador y en lo que le habría dicho o hecho de haberla visto ahora. La camisa, seda apenas gris, y la falda azul parecían el atuendo perfecto para esa mañana. Unos zapatos azul marino de tacón altísimo, dieron el toque final. 

    Miró el reloj. Volvió a despojarse de la camisa, que fue sustituida por un batín corto y se preparó el desayuno. El zumo de dos naranjas, café a la americana con apenas unas gotas de leche desnatada y una rebanada de pan integral tostado cubierto de mantequilla. Volvió al cuarto de baño una vez más; se lavó los dientes, pintó y perfiló sus labios, un último vistazo general recuperada su vestimenta anterior, nueva mirada al reloj, un suspiro y llegó a lo que ella llamaba su cuarto de trabajo.

  Sobre la mesa de despacho que había sido de su padre, el ordenador esperaba ser encendido. Antes, consultó su teléfono: ninguna llamada perdida, ningún mensaje, ningún WhatsApp. Dudaba entre sentarse ante la pantalla o tomarse antes un tiempo. ¿Qué más daba? Observó la calle tras los cristales. Una pareja jovencísima, pese a la hora, se besaban abrazados, fundidos en un solo cuerpo como si el muchacho estuviera a punto de marchar a alguna guerra lejana y fuera la última oportunidad para decirse cuánto se querían. Un anciano ayudado de un andador y una mujer de parecida edad del brazo de un cuidador quizás hispano, avanzaban despacio por la acera. Dos comadres, de cháchara ante la pescadería daban la impresión de que tuvieran a su disposición todo el tiempo del mundo.

    Y también, como tantas otras mañanas, llegada a ese punto Lucía se derrumbó en el sofá, escondió su cabeza entre sus manos y empezó a sollozar. Casi un susurro al principio. Luego lloró hasta que el maquillaje y el rimmel descompusieron la obra que con tanto empeño había llevado a cabo hacía apenas media hora.

    Se levantó al cabo, camino del inevitable cuarto de baño. Por el corto trayecto, el salón, el pasillo y el dormitorio, no pudo por menos de recordar que Ernesto, su adorador sempiterno, harto de sus desplantes se había casado y había encontrado la felicidad con una señora modosita, algo entrada en carnes, que preparaba las patatas a la riojana como nadie. Ernesto no era divertido, ni el más guapo de la ciudad. Era, sólo, un tipo honrado amante del trabajo, cariñoso y detallista. Su esposa supo desde el primer momento que el saldo era positivo. Por lo que a él se refiere, ningún hombre en su sano juicio habría continuado aquel esperar sin esperanza; demasiados años mendigando un amor, obteniendo, apenas, la limosna de un escarceo calenturiento la tarde que Lucía estaba tan aburrida o tan sola que accedía a dejarse querer durante un parpadeo.

 En cuanto a Julio, ella sabía desde hacía años que había sido su gran pecado de cobardía. Se negó a sí misma vivir el riesgo del abandono y perdió, por tanto, la oportunidad de la dicha inefable del amor sobresaltado, impredecible, o predecible pero perturbador. Admitir a Julio habría sido abrirse a la pasión sin control durante el tiempo que el azar hubiera establecido. Se habría quedado sola pero siempre habría conservado el recuerdo (“Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido…”). Ahora ya era tarde, muy tarde, porque aquel tarambana encantador e irresponsable, había terminado sus días estampado contra un poste la noche que intentó al mismo tiempo conducir su Porsche y hacer feliz a la esposa de uno de sus clientes que llevaba meses quejándose de lo desatendida que la tenía su marido.

  Y Adrián, el jovenzuelo equilibrista que se moría por verla desnuda en la ducha, el tardío homenaje a un esplendor perdido ya en el recuerdo, el secreto compartido entre el voyeur adolescente y la otoñal beldad que se acercaba al ocaso de su gloria, había sacado plaza de Registrador de la Propiedad hacía ya no menos de cinco años y ahora, casado con una fortuna local, es más posible que en alguna tarde de confidencias matrimoniales se permitiera recordar con su acaudalada esposa aquellas fugaces y tórridas visiones de una vecina bellísima y traviesa, cuando el alboroto incontrolable de las hormonas adolescentes le empujaban a aquel sucedáneo de aventura.

    De nada valía refugiarse en el recuerdo imperecedero del amor juvenil, Lucía era consciente de ello aunque a veces pretendiera engañarse con la coartada, el tópico primer amor, el que nunca se olvida, el amor truncado en flor por la lejanía, y en su inevitable fracaso, como explicación de toda una vida de frustraciones. La prosaica realidad es que Lucía, la que un día fuera espléndida mujer, la que fue admirada, requerida, asediada, se fue agostando poco a poco, se mustió sin remedio por su incapacidad para asumir el riesgo de un fracaso; siguió el camino del desastre por el temor a caer en él, se negó la fiebre de la pasión por el miedo al desamor. Incurrió durante años interminables en el más insidioso, más inútil de todos los pecados que ha inventado el hombre, el pecado de omisión. Ahora, en el silencio del ocaso inclemente, es tarde, muy tarde para remediarlo, así que sólo puede fingir que el tiempo se ha congelado, que la juventud es eterna, que cada día repite el anterior y que ella, Lucía, la más bella, sigue siendo una Princesa.

    Por eso, cuando esa mañana volvió a verse ante el maldito e inmisericorde espejo, se vio como lo que era: una mujer de setenta y seis años, que padecía su soledad crónica como mejor podía, muy lejos de las glorias de antaño, cuando su piel estaba tersa, su cabello brillaba, sus pechos se sostenían sin necesidad de artificio alguno y los varones con los que se cruzaba camino de aquel trabajo del que fue jubilada hacía ya ¡once años! la miraban con una muda súplica en sus ojos. El ruego de que, al menos, les devolviera la mirada y les regalara una sonrisa.

    Lucía, al fin, después de un resignado suspiro se desmaquilló, cambió el vestuario y, ahora sí, se sentó ante el ordenador.












  

miércoles, 8 de agosto de 2018

Agosto 

Dije que quería tomarme mis propias vacaciones en cuanto a comentarios políticos se refiere, y lo mantengo. Sucesos, acontecimientos o despropósitos menudean a diario, pero resisto la tentación de glosarlos.

El día que el histriónico Emperador de USA no suministra material con sus insólitos mensajes mañaneros, te despiertas con la siguiente entrega del culebrón “Máster de Casado”. 

No te has repuesto aún de la sorpresa de escuchar a los taxistas pidiendo una reordenación de las competencias estatales, autonómicas y municipales, cuando se instala en tu cerebro la duda de si la Srª Colau es una mantera metida a Alcaldesa o una Alcaldesa que añora sus tiempos de mantera.

Y los “indepes”, erre que erre, sostenalla y no enmendalla, mintiendo, sosteniendo fantasías, delirios, en los que ni ellos mismos creen, pero enervando los ánimos de la inmensa mayoría de los españoles.

Así que, dejaré todos estos asuntos de lado, los aciertos y errores de Sánchez, de Rivera, del Profesor Iglesias y demás compañeros mártires y subiré otro relato al blog.

“La sueca” tiene una base real. Sí, como suelen aclarar ciertas películas al final de la proyección, esta entrega está basada, como digo, en hechos reales.

Al final del verano del 67 oí contar estos curiosos acontecimientos de la boca de uno de los testigos presenciales. Protagonista, más que testigo, podría decir. Los hechos habían ocurrido un par de años antes en cierta localidad cordobesa, no Añora, desde luego; me parecieron tan insólitos, tan… surrealistas, que apenas he creído necesario cambiar los nombres y enmascarar la localización geográfica. 

El resto es, poco más o menos, lo que recuerdo de aquel extraordinario relato. La realidad, ya se sabe, supera a veces a la imaginación.


La sueca


No hay nada como el amor de una mujer casada. 
Es una cosa de la que los maridos no tienen la menor idea. 

Oscar Wilde.
¿Y ahora qué hacemos? Esta criaturita puede palmar de un momento a otro.
- Pues se me hace que lo primero llamar al Médico, digo yo, que lo demás, lo que sea, puede esperar.
- ¡Ya, el Médico! Don Braulio se marchó la semana pasada a la playa, a Torre del Mar, como cada verano y ése no vuelve hasta septiembre.
- ¡Coño, Pepe, pues es verdad! ¡Pues al boticario! No es lo mismo pero sabrá más que nosotros ¿no? Y al Alcalde, y a la Guardia Civil, que también tendrán algo que decir, me parece a mí.
- ¡Niño! 

    Paco gritó ¡Niño! desde el zaguán de la casona, en penumbra a esa hora ya avanzada  de la mañana. Cuando lo hizo no había ningún zagal a la vista, pero al conjuro de su voz compareció un badulaque, apenas sobrepasados los diez años, boina ladeada, pantalón de dril corto, sandalias desgastadas y camiseta que bien podría ser blanca aunque no hubiera manera de averiguarlo.

¿Tú de quién eres, chaval?
- Soy Tasio, el de la Merenciana.
- A ver, Tasio, ya puedes salir volando calle abajo hasta la botica y le dices a Don Godofredo…
- ¿Al Fredo?
- A Don Godofredo, chaval, un poco de respeto. Que deje lo que esté haciendo y se venga para acá a escape. ¡Espera! Te me acercas después al cuartel, preguntas por el Sargento y le dices de mi parte, que tiene que venir ahora mismo, que es muy urgente, que ya le explicaré. Luego buscas al Alcalde. A estas horas igual está en el Ayuntamiento. Si no, pregunta dónde para y te vienes con él. Cuando vuelvas, te daré un duro por las carreras ¿Estamos?
- ¿Un duro? Ahora mismo estoy de vuelta.
- ¿Te acordarás de todos los “mandaos”?
- Primero, Fredo, o sea Don Godofredo; después el Sargento y de remate, el Alcalde, esté donde esté.    

  Y salió como alma que lleva el diablo. Pepe García, aceitunero de pro, terrateniente respetado en Añora, y Paco Alcántara, su compadre se habían encontrado con un verdadero problema entre las manos, sin habérselo comido ni bebido. Cuando volvían del campo, antes de darse una vuelta por el bar que solían frecuentar cada mañana, habían pasado por la casa del primero. Allí, en la penumbra del zaguán se habían encontrado con “La Sueca”, también conocida como “La Rubia” o como la fulana del, Grabiel, “El Niño de la Tana”. La mujer, que hasta donde ellos sabían atendía por Birgitta (-“¿Birgitta? Ésa tiene el virgo en el cogote, se llame como se llame, que no sé yo por qué no puede llamarse Brígida si es que a su padrino le dio por ahí, en vez de eso de Birgitta, que ya son ganas de confundir al personal como si no supiéramos de qué pie cojea”-) era, en verdad, una sueca de pura cepa, natural y residente en Upsala, bióloga, 40 años mal cumplidos, alta como una torre, opulenta como una walkiria bien alimentada, con una cabellera rubia y ondulada única en todo el Valle de Los Pedroches y hasta puede ser que en la entera Provincia de Córdoba, un busto y unas caderas de las que gustan a la mayoría de los varones no importa de qué raza, edad o condición, y una voz de cazallera contumaz que desmentía sus posibles hechuras de soprano Wagneriana. Era cierto el nombre, Birgitta, Birgitta Pedersen, aunque ni los compadres, ni nadie en el pueblo tuviera noticia de su apellido, salvo “El Niño de la Tana”.

    Lo que los asombrados amigos vieron cuando entraron en el umbrío zaguán, fue a la citada vikinga, derrengada en el escaño, (despatarrada, sería menos fina pero más precisa descripción) la cabeza sobre el asiento, como el resto de su cuerpo, menos una de las piernas que colgaba hasta el suelo. Su vestido, blanco, abierto por delante hasta medio muslo, en parte recogido en la cintura mostraba cuatro quintos de muslo y permitía, incluso, entrever la entrepierna y la prenda que cubría sus vergüenzas.

¿Qué coño hace aquí esta jaca? ¡Oiga, Señora! ¡Eh! ¡Despierte! Paco, ¡leche!, que está privada. ¿Estará ya borracha a estas horas? Igual le dura la tranca de anoche, que la vi en el baile con el cantamañanas de “El Niño de la Tana” amarrado a su cintura dándose el lote.
- Sí, pero fue al principio. Luego se quedó sola y anduvo dando tumbos por ahí.
- La cosa es que no me explico cómo ha llegado hasta aquí, ni cuándo, que esta mañana, cuando salí al campo, no estaba.
- Espera, déjame a mí. 

    Paco se le acercó. Muy considerado, le subió el vestido para taparle sus carnes y, sin mayores miramientos, la agarró por el brazo derecho, le arrimó un meneo y le dio cuatro voces nada amables por si “La Rubia” había pensado que ya era hora de despertar. Apenas un ronroneo, un sonido inarticulado salió de su boca entreabierta. Una espuma densa, blanca, empezó a escurrirle por la comisura de sus labios hasta media barbilla. Otro meneo, esta vez sin improperios, y el mismo nulo resultado.

- Pepe, no es por nada, pero p’a mí que tenemos un problema. La babilla esa que se le escurre de la boca no me da buena espina. Esta tía está más p’allá que p’acá. Igual venía de su pensión, se sintió perjudicada y entró en la primera puerta que vio abierta.
- Sí, joder, la mía, mira tú por dónde. A poco más que hubiera caminado habría llegado a la botica, o a la iglesia ¿Y ahora qué hacemos.
- ¿Y yo qué sé, Pepe? Pero algo habrá que hacer, digo yo.  

    Fue entonces cuando decidieron lo que antes se ha comentado: llamar en su auxilio a las fuerzas vivas de Añora. No era, desde luego, el mejor día para pedirle a nadie demasiados esfuerzos. Los tres días de fiesta grande habían terminado la víspera, así que aquel 28 de agosto de 1967, quien más quien menos estaría intentando recuperar la normalidad. Resacas, agujetas y, en todo caso, esa vaga sensación de melancolía que invade el ánimo cuando terminan celebraciones que se sabe que tardarán todo un año en volver.
       
    En esas estaban cuando llegó Don Godofredo, el boticario. Rondando los sesenta, Fredo, aunque era oriundo de Porcuna, llevaba ya cerca de treinta años en Añora. Allí llegó en el 39, recién terminada la guerra civil para ocupar la vacante dejada por su predecesor, muerto de una rociada de tiros cuando una partida de incontrolados, dicen que de la FAI, decidió que tenía demasiado dinero para seguir vivo. Fredo llegó al pueblo, conoció a Generosa, se casó con ella y con sus olivos, engendró cuatro mozos a cual más rozagante y obtuso y siguió a lo suyo, la botica, la partida de julepe, los finos antes de almorzar, las correrías por las fiestas de los pueblos próximos, y los homenajes domésticos con los que pretendía llevarse al catre a las sucesivas sirvientas que iban recalando por su casa. Unas le hicieron caso y otras no, pero a todas las fue despachando Generosa con viento fresco que, además de un más que respetable bigote, tenía la señora de la casa una perspicacia y un mal genio dignos de ser tenidos en cuenta.

- Esto no pinta bien -Fue el fundamentado diagnóstico profesional de Fredo, que, mientras miraba a la mujer de arriba abajo, aprovechaba para verificar si seguía con vida por el socorrido procedimiento de buscar los latidos del corazón metiendo su mano derecha entre el sostén y la epidermis de la sueca- ¡Y encima, hoy, sin Médico en el pueblo!
- No, si eso ya lo habíamos supuesto Paco y yo. La cuestión es que… ¡Oiga, Fredo, buena manera de tomarle el pulso a “La Rubia”! ¿Eh, amigo? ¿Qué hacemos ahora, la llevamos a su pensión, la dejamos aquí o nos la llevamos al ambulatorio?
- Pues no sé qué le diga. Yo no la movería, no vaya a ser que se nos quede en el traslado ¿Habéis llamado a alguien más?
- Sí, hombre, desde luego. Hemos mandado por el Alcalde y por el Sargento. ¡Qué, Fredo! ¿Late o no late el corazón? Que lleva media hora con la mano debajo del sujetador. Digo, no vaya a ser que se le corte a usted la circulación de la sangre en la mano.
- ¡Ah! bueno, eso está bien pensado. Tiene el ritmo cardíaco acompasado. Cuando lleguen ya veremos qué decidimos entre todos. Mientras tanto, tráete un buen vaso de agua. ¡No, mejor una jofaina y un vaso!
- ¿Y eso?
- ¡Que beba! Por si tiene que vomitar.
- ¿Y por qué tendría que vomitar?
- Mire, Don Paco, yo no soy médico, pero  algo sé de estas cosas. Para mí que aquí, “La Rubia”, está intoxicada. Por la espumilla blanca ésa que le sale de la boca, así que si vomita mejor.
-Pues espera que voy por un capacho  y una palangana para que si pota no me ponga todo el zaguán hecho un Cristo. 

    Dijo, y estaba por desaparecer en el interior de la vivienda cuando en ese preciso instante hicieron su aparición Don Rafael el Alcalde, y Romero el Sargento de la Benemérita. (El Sargento se llamaba Guzmán Romero Panceto, pero siguiendo las inveteradas costumbres del Instituto Armado, siempre era llamado por su apellido, salvo por su señora que le llamaba “Gus”) Don Rafaé, así, como suena, elidiendo la “ele” final, que llevaba camino de convertirse en Alcalde vitalicio de la villa, era un lugareño alto y ancho como un armario ropero, con bastantes más luces de lo que sus trazas de gañán ordinario hacían suponer. Cincuentón bien conservado, tal vez por su escaso apego al trabajo, llevaba la regiduría de la villa con notable mano izquierda sin sobresaltos apreciables ni con el vecindario ni con los sucesivos Gobernadores Civiles de la Provincia a los que visitaba cada cierto tiempo para surtir sus despensas de embutidos de su propia producción y de alguna garrafa de aceite que procuraba fuera aportado por vecinos como Pepe, Paco o semejantes. En cuanto al Sargento, era un salmantino de Pedrotoro, un pueblín minúsculo a menos de una legua de Ciudad Rodrigo. Llevaba tres años en el puesto y, aunque no intimara con nadie, procuraba mantener relaciones cordiales con los presentes, con el Médico, con el Secretario del Ayuntamiento y con el Juez de Paz. Como es natural, el resto del vecindario, salvo los dos curas, Párroco y Coadjutor que atendían a la feligresía, estaba compuesto para su particular modo de ver el mundo por sospechosos o aspirantes a serlo.

   El zaguán era grande, así que tampoco estaban incómodos. Todo lo contrario, se distribuyeron en semicírculo en cuyo centro seguía la yacente figura de la dama nórdica que ahora, de vez en cuando se rebullía un tanto, emitiendo unos extarños sonidos guturales poco tranquilizadores. Con el Alcalde y el Sargento, en su estela, había vuelto también Tasio el de la Merenciana, el chaval que había ido a buscarlos. Se mantuvo en un discreto segundo plano. Lo que de verdad le interesaba al rapaz era cobrar el duro que le habían prometido, pero hasta el momento nadie hablaba de eso, así es que esperó acontecimientos intentando, de paso, verle las bragas a la sueca, mirando con disimulo entre los corpachones del Sargento y el Alcalde.

- ¿Qué ha pasado aquí? -Preguntó el Guardia Civil-.
- Ya nos gustaría saberlo, mi Sargento, -dijo Pepe García- Ésta, que nos la hemos encontrado ahí donde usted la ve, despatarrá y sin conocimiento, cuando hemos llegado Paco y yo. Les hemos llamado a ustedes, y aquí, el boticario, que dice que igual está intoxicada.
- Por la espumilla esa -intervino el pildorero- ¿Ve, mi Sargento? Está medio ida, pero sigue viva, que el corazón le late firme y acompasado.

    Fue curioso, pero en cuanto el Sargento engoló la voz y preguntó “¿Qué ha pasado aquí?”, todos dejaron de llamarle Romero. El atávico temor de cualquier civil ante las fuerzas del orden les llevó a “mi Sargento”.

-Ya veo. Intoxicada. ¡O envenenada!
- ¿Envenenada? ¡Quite allá, hombre! Esta mala pécora se ha intentado suicidar ¿no ve cómo va vestida?

   Como salidas de la nada, entraron en escena Jesusa, la mujer del Alcalde y Generosa, la del boticario. La conocida propiedad de rápida transmisión de la que gozan las malas noticias había llevado hasta sus oídos el alifafe que sufría su más declarada enemiga, la desvergonzada extranjera que no sólo era rubia y quién sabe si protestante, porque jamás portó por la Iglesia, sino que no tenía el menor empacho andar por ahí sin faja, ni en fornicar a destajo con Gabriel (perdón: Grabiel, según la prosodia del lugar) “El niño de la Tana”.

- Pero, vamos a ver Jesusa, no empieces que te conozco. ¿Qué tiene que ver la ropa con el suicidio? Y, según tú o según vosotras ¿cómo va vestida?
- Ahí la tenéis, ¿pero es que no la veis? -se sumó Generosa- ¡De blanco, como si fuera mocita, medio desnuda, que a poco que te asomes se le ve tó, y con el pelo suelto!
- Ya. Y por eso se ha suicidado ¿verdad? ¿Por qué no os volvéis por donde habéis venido y dejáis este asunto a los hombres?
- Yo lo que digo -terció Jesusa- es que anoche se bebió medio cántaro de vino por pura rabia, cuando “El Niño de la Tana” la dejó plantá en mitad del baile y se marcó unos cuantos agarraos, pero que bien agarraos, que yo no les quitaba ojo, (“me lo creo”, murmuró Pepe) con Rocío la del Pellejero.
- ¡“El niño de la Tana”! A ver, chaval, ¿dónde te has metido?
- Aquí, Señor Alcalde - Dijo Tasio el de la Merenciana, saliendo de su medio escondite- esperando mi duro.
- Sal pitando, y vuelve con “El Niño de la Tana”
- ¿Y el duro?
- ¿Qué duro?
El que me debe Don José por los mandaos de antes.
- Que te vayas, te digo, ¡leche! Vuelve con quien te he dicho, y además del duro de Don José, tendrás dos pesetas más que te daré yo.

  Era evidente que había que hacer algo, así que, por unanimidad, decidieron que la sueca estaba intoxicada, se debiera a accidente o a suicidio, y había que proceder en consecuencia. El boticario indicó que un buen remedio era empapuzarla de aceite de oliva templada, rezar un credo para dar tiempo a que la purga hiciera efecto, y ponerla luego cabeza abajo para que vomitara cuanto antes. La concurrencia seguía aumentando. Había entrado Benita, la dueña de la casa, que volvía de la calle con Rosa, su criada. Mandó a ésta por el capacho y la palangana para proteger el suelo (es de hacer notar la coincidencia de criterio en el seno del matrimonio en cuanto a las medidas a tomar para mantener la limpieza doméstica, lo que bien a las claras hablaba de la sintonía de la pareja) y ella salió y volvió a entrar al instante con una jícara de aceite de su propia cosecha doméstica (-“Para que luego digan que soy rácano -se dijo Pepe para su coleto- de mi cosecha y de primera extracción, que digo yo que si ha de vomitarla, habría valido con la de orujo”-) y un embudo para suministrarle el tratamiento a Birgitta, que, por el momento, seguía en los borrosos límites entre la inconsciencia y la empanada.

    Paco, cuya mujer aún no estaba presente, se ocupó de levantar un poco la cabeza de la moribunda, y el boticario con una mano metió el tubo del embudo entre los labios y con la otra fue vertiendo el aceite en su boca. Después, no sin antes devolver jícara y embudo a la Señora de la casa, como había hecho poco tiempo antes para saber si su corazón latía, deslizó su mano derecha entre los botones del vestidito y empezó a masajearle el estómago y el impreciso espacio que va desde el ombligo hasta las ingles, lo que provocó un significativo cruce de miradas entre las tres mujeres

- Esto se hace para que el aceite haga efecto antes -explicó el farmacéutico, sin que nadie le hubiera preguntado nada-. Ahora tendríamos que rezar el credo o medir tres minutos de reloj y luego ponerla patas arriba para que vomite mejor. Esto… bueno, que quiero decir que a lo mejor no es mala idea ponerle además un supositorio para que limpie las tripas.
- O sea, -dijo el Sargento- por orden: primero a esperar a ver el efecto del aceite, después ya veremos. ¿Alguien está midiendo los minutos?
- Sí, mi Sargento, -Paco, a lo que se ve, era el más organizado de la partida- un servidor.
- ¿Y han pasado…?
- Pues tres. La verdad es que han pasado ya los tres que dijo aquí, el boticario.
- Pues, ¡Hale! ¡Al toro que es una mona! Usted, Fredo, ya puede dejar de meterle mano a la interfecta, que se ve que no pierde comba, hombre. A ver, Señor Alcalde, usted que está fuerte, se me sube en la banca, agarra a esta tía, quiero decir, a esta señora por los tobillos y me la sube hasta que la cabeza se le quede colgando y en vilo ¿Estamos?

    Dicho y hecho, Rafael subió al escaño agarró a Birgitta por los tobillos y tiró de ella hacia arriba. Como era de esperar el vestido, por el aquel de la Ley de La Gravedad, o tal vez por su propio peso, se deslizó pantorrillas y muslos abajo y acabó por taparle el tronco y la cabeza. Tres alaridos de las tres gargantas de las tres mujeres atronaron el zaguán. La grotesca maniobra del Alcalde había dejado a la vista las minúsculas braguitas de la sueca que ni siquiera eran blancas ni negras, únicas variaciones que las comadres presentes conocían, sino de un delicado color azul purísima con vivos blancos. En honor a la verdad, cualquier entendido podría haberles aplicados calificativos tan encomiásticos como primorosas, sugerentes, insinuantes, finas o elegantes. El trío vociferante, sin que nadie les hubiera preguntado, las adjetivaron como desvergonzadas e indecorosas. Guarras, fue, en verdad, el dictamen final. Lo peor no fue la discrepancia sobre la pertinencia y denominación del modelo de las bragas, sino que, como si lo hubieran ensayado, las tres guardianas de la moralidad colectiva se abalanzaron al unísono sobre el dúo Alcalde-sueca dando con los dos en el santo suelo. Menos mal que el Sargento y Pepe que estaban al tanto y no perdían ripio, pudieron parar en parte el batacazo, pero acabaron todos, el Alcalde, el terrateniente, la sueca y el Sargento por los suelos. Las mujeres, no. Ellas sólo habían pretendido volver a subir el vestido y sujetarlo para que durante el tiempo que durara el tratamiento las interioridades de “La Rubia” no ofendieran la moralidad del domicilio, pero el resultado fue diferente del previsto.

    El Sargento se levantó más dolido en su orgullo que en su esqueleto, así que, una vez que se alisó el uniforme y se ajustó el cinto, se enfrentó a las tres comadres, carraspeó y sin levantar demasiado la voz las conminó a desaparecer.

- Señoras, ustedes tres están impidiendo el normal desarrollo de las operaciones, así que ahora mismo se vuelven a sus ocupaciones habituales.
- Oiga, Sargento, que yo estoy en mi casa -Dijo Benita-
- Que, a Dios gracias, es lo suficientemente grande como para que pueda esconderse donde mejor le cuadre. Aquí hay una investigación en marcha, así que lo dicho, dicho está y no voy a repetirlo. ¡Arreando! Espero que no tenga que llamar a un par de Números para que las conduzcan al Cuartel hasta que todo esto termine.

   Refunfuñaron pero obedecieron, con lo cual los hombres respiraron. A todo esto, entre Paco y el boticario habían vuelto a poner a la sueca tendida en el escaño, esperando la vomitera que no terminaba de producirse. Entraron el chiquillo y “El Niño de la Tana” que venía muy peripuesto, pelo ensortijado embadurnado con abundante brillantina, media patilla, pantalón negro ceñido hasta las rodillas y acampanado hasta el suelo, botines relucientes, camisa blanca desabrochada hasta el ombligo, medalla de oro de la Virgen del Rocío sobre la tabla del pecho, pañuelo estrecho ciñendo el talle en lugar de cinturón ¡y guitarra al hombro!

- Aquí me tienen para lo que gusten mandar.
- ¿Y la guitarra?
- El chavea no me ha dicho para qué me buscaban, así que me he traído la guitarra por si acaso.
- ¿A estas horas? 
- ¿Y yo qué sé? ¡Ostia, Birgitta! ¿Qué le pasa, está muerta?
- No hombre, no, no seas cenizo. Indispuesta, o intoxicada, suponemos. ¿Tú sabes lo que puede haberle pasado?

  Tasio el de la Merenciana había empezado a tirar de la manga de la camisa de Pepe, reclamando su duro. Se lo dio, el Alcalde vio la maniobra y se adelantó a la reclamación.

- Acércate a la botica. Cobrarás mis dos pesetas a la vuelta, y en tanto estemos con esto, quédate a la mano. Fredo ¿no habías dicho que a lo mejor necesitabas supositorios? Escríbele una esquela al mancebo y manda al chaval por ellos.
- ¿Quién paga?
- Quién paga ¿qué?
- Las medicinas, que aquí, como en la feria de Valverde, que el más pone más pierde.
- De momento el Ayuntamiento, sin perjuicio de la oportuna repercusión a la interesada cuando, Dios lo quiera, esté en condiciones de obrar.
- Hablando de obrar: Pepe, para cuando los supositorios hagan efecto, vamos a necesitar a las señoras, que alguien tendrá que llevarla al retrete o sentarla en la bacinilla. 
- Pues eso, en su momento. Por ahora, prefiero que le hayan hecho caso al Sargento y que no anden por aquí metiendo las narices en todas partes.
- Bueno “Niño” -El Sargento se encaró con el tocador de guitarra- Explícame ahora qué ha estado pasando entre ésta y tú desde que llegó y qué paso anoche.

  En síntesis, el relato del cantaor se remitía al día en el que Birgitta bajó del autobús de línea en la plaza del ayuntamiento, hacía de eso poco más de un mes; a mediados de julio, para ser precisos. Aquella tarde él estaba con otros dos colegas sentados frente al bar a la sombra de la parra con unas cervezas delante. La vio bajar y quedarse parada con una maleta gigantesca a su lado, mirando en derredor, desamparada, dando muestras de no saber cuál habría de ser su siguiente paso. Allí estaba él con una oliva a medio camino entre el plato y su boca y aquella desconocida, rubia, espléndida, como una aparición, pidiendo a gritos que alguien la ayudara. 

    Él se acercó, la escuchó unas cortas frases en un español penoso lindante con lo indescifrable. Supo luego que era sueca, que se llamaba Birgitta y que tenía la intención de quedarse algún tiempo, no sabía cuanto, en Añora. Necesitaba un sitio donde alojarse ¿Qué hotel podía recomendarle? Así que cargó con la maleta y la llevó hasta la casa de su tía Genara que en ocasiones, después de enviudar, había dado en alquiler la planta superior de su domicilio: el dormitorio que había sido el del matrimonio, la sala que daba a la calle y el excusado que hacía las veces de cuarto de baño. Esperó a que se acomodara, la acompañó a cenar ¡a las 8 de la tarde! y esa misma noche se convirtió en su amante. Fue sabiendo más tarde que Birgitta era bióloga, que vivía en Upsala en cuya Universidad su marido era Profesor Titular de no supo recordar qué disciplina y que, pese a las apariencias, no estaba peleada con su marido.

- Así que te estabas tirando a una casada.
- Bueno, sí, casada, pero extranjera y con su marido a dos o tres mil kilómetros o más, que no es lo mismo que las casadas del pueblo.
- No, si ya me hago cargo. Con el marido en Suecia… Oye, y digo yo si no habría que llamarlo, o ponerle un telegrama, o algo ¿no?
- Sí, pero ¿en qué idioma? Que no es cosa de ir a telégrafos y decirle “Que vengas, que “La Rubia” está a punto de palmar, si no lo remediamos”, porque no habría de entender ni media. ¿Y mandarlo a dónde- Eso sí puedo arreglarlo, mire usted. Lo del telegrama, digo, que sé dónde guarda la documentación, y la dirección del marido, que hasta me ha enseñado fotos suyas. Y se me ocurre que el telegrama podría escribirlo Curro, el sobrino del Médico, que habla o dice que habla inglés.
- Pero ésta y su marido son suecos.
- Sí, pero creo que hablan inglés, como todos los extranjeros.
- ¿Todos? ¡Qué cosas!
- ¡A ver, tú! -(Intervino de nuevo el Sargento a quien las hechuras y andanzas de “El Niño de la Tana” siempre le habían parecido poco recomendables) Sí, tú, el de la guitarra. Te acercas al cuarto de ésta y vuelves con su documentación y, si la encuentras, con la dirección y el nombre del marido. Si la patrona pone cualquier inconveniente, le dices que vas por orden de la Autoridad ¿Está claro? Y deja aquí la guitarra, que éstas no son horas de andarla paseando.
- Sí, mi Sargento, y pierda cuidado que “La Rubia” se aloja con mi tía Genara, o sea que no me va a decir ni mu.

    Llegó de nuevo Tasio el de La Merenciana con los supositorios. El boticario pidió que le dieran la vuelta a la enferma que, por cierto, estaba soltando unos regüeldos de viajante, lo que fue interpretado por todos como un buen síntoma, se aplicó a quitarle las bragas y guardárselas en el bolsillo de su camisa y una vez que entre Paco y el Alcalde le pusieron las posaderas en pompa, le introdujo el supositorio y se volvió muy ufano como quien acaba de rematar con éxito un trasplante de riñón.

- Oiga, Fredo -advirtió el Sargento- yo, en su lugar no me guardaría las bragas de aquí, “La Sueca”. Es posible que esta señora las reclame en cuanto vuelva en sí.
- Huy, perdón, en qué estaría yo pensando.
- Eso me pregunto yo. Sigamos. 
- Ahora ya sólo hace falta esperar que el aceite y el supositorio hagan su efecto.- Dijo el farmacéutico.

   Cosa que ocurrió al cabo de un cuarto de hora. Ahorremos los detalles. Todo empezó con una serie interminable de ventosidades fétidas con los que la sueca obsequió a los presentes.

- ¡Joder con “La Rubia”! Comerá gloria, pero huele a rayos. Tú que la conoces, “Niño” ¿esto es normal?
- No, Señor Alcalde, Birgitta siempre ha sido muy comedida en este terreno. 

   Terminada la traca, la enferma empezó a expulsar por cuantos conductos pudo disponer todo lo que llevaba en su aparato digestivo, incluida la abundante ingesta de vino de la víspera y, por lo que luego se supo, el medio tubo de somníferos que había tomado esa mañana apenas levantada. La idea del suicidio le vino del ataque de celos, de la desesperación de ver a su amado en brazos de una lugareña, bastante ordinaria para su gusto, que se había pegado a él como hiedra a la pared. Después de una noche entera en blanco, a primera hora de la mañana, desayunó una buena porción de hogaza con aceite, café con leche y tres tejeringos.

- ¡Oiga! ¿y no le parece extraño que si ya había pensado irse al más allá se pusiera hasta las trancas de pan con aceite y churros?
- Pues no, mi Sargento. ¡A saber! Digo yo que igual pensó que el viaje era largo y convenía ir con la andorga llena.

  Dejó pasar otro buen rato llorando y compadeciéndose de su desgracia, y terminó por tragarse lo que le quedaba del tubo de somníferos a los que era medio adicta. Había salido a la calle, eso contó al día siguiente, con la romántica idea de ir a morir bajo la reja de su amante, pero las fuerzas la abandonaron a la altura de la casa de Pepe García y allí se quedó. Un inciso: lo de morir bajo la reja de su novio, a más de una idea romántica, cargaba su buena dosis de mala intención porque, a no dudarlo, su muerte bajo la ventana habría de complicarle la vida a su galán, pero así de compleja es la mente humana, en Upsala y en Añora. Decidieron dejarla descansar unas horas (-“Pero no en mi cama, no faltaría más, clamó Benita. Si tiene que quedarse, que siga donde está que si ella eligió el sitio, bien elegido está”-) tiempo que aprovechó el Sargento para seguir averiguando lo que pasó la víspera entre la fracasada suicida y su amante.

    Volvía el guitarrista con los papeles que había encontrado entre las cosas de Birgitta. El Sargento, se quedó con ellos y se encaró con el muchacho.

- A ver “Niño”. ¿Cuando tiempo llevas amancebado con aquí la presunta suicida?
- Desde la noche que llegó, mi Sargento, hasta ayer que discutimos y me fui con otra.
- ¡Motivo de la discusión!
- La tauromaquia, mi Sargento, que no se le ocurrió mejor cosa que tacharnos de bárbaros y sanguinarios, por martirizar a un toro, que creo que además lo llamó herbívoro, o algo así, que ya son ganas de molestar al bicho, y, encima, pagar para verlo. Yo, usted verá, me sulfuré ¿a quién se le ocurre llamar herbívoro a un morlaco de quinientos y pico kilos? y le dije que para bárbaros ella y su putísima madre, que desde siempre se ha sabido que los bárbaros son los del Norte, que, ahora mismo, siguen comiendo la carne cruda como las alimañas. Ella se encabronó aún más y yo, por no soltarle un par de sopapos a la remanguillé que era lo que estaba pidiendo a gritos, le hice un corte de mangas y me puse a bailar con Rocío la del Pellejero que siempre me ha puesto buena cara.
- ¿Cuándo estaba pasando todo eso?
- A primera hora del baile en la plaza. Pongamos que fueran las 11. Luego… Bueno...Luego me ausenté…
- Te ausentaste u os ausentasteis.
- ¿Usted que cree, mi Sargento?
- Que al siguiente subterfugio te arrimo semejante guantazo que te espanto el Ángel de la Guarda. ¡Contesta!
- Ea, que nos fuimos los dos juntos, yo y quien venía conmigo, que eso no hace al caso, y hemos estado fuera de la circulación hasta que nos despertó la campana llamando a Misa de 8. No sé nada de Birgitta, se lo juro, mi Sargento.

- Bien. Ésta parece que se ha quedado tranquila, así que ha llegado el momento de mandarle un telegrama a su marido.

    Así se hizo, no sin debate previo, que Pepe García y su compadre eran partidarios de llevársela a Pozoblanco donde podría ser mejor atendida y el boticario llegó a sugerir que prefería llevársela a su casa para poder atenderla mejor. El Sargento echó en cara al  terrateniente las ganas que tenía de quitarse el mochuelo de encima y al boticario, lo contrario: su insana manía de manosear a “La Rubia” con cualquier disculpa. Al fin, la traspuesta sueca terminó en un dormitorio de Pepe García, pese a las protestas de su mujer, y el texto del telegrama lo compuso el Alcalde, no sin antes haber tenido que reclamar para sí ese privilegio, que para eso era quien era.

   “Birgitta grave accidente. Urge su presencia en Añora. Pregunte por el Alcalde”, decía el escueto texto. Llamaron al sobrino del médico, el que decían que era angloparlante (lo de “angloparlante”, como es de suponer, no lo dijo ninguno de los presentes, es una licencia del redactor de la historia) y lo tradujo en los siguientes términos: “Birgitta, serious accident. Stop. Require inmediate presence. Stop. Enquire for Añora´s Major”.

¡Ea! Ya está, aquí lo tienen, en inglés de arriba abajo.
- Suena bien. ¿Seguro que dice lo que te hemos dictado?-
-¡Digo! Si tampoco es tan difícil. Serious accident, o sea accidente serio. Require immediate presence, hasta un niño sabe lo que quiere decir, que se requiere su presencia inmediata. Enquire for Añora´s Major, ¿Ve? Esto ya son palabras mayores, pero, en cristiano quiere decir que pregunten por usted, por el Alcalde de Añora.
¡Añora’s Major!  Pues casi suena mejor que Alcalde.
    
    Dos días después, Axel Pedersen, 47 tacos recién cumplidos, cerca de dos metros de Doctor en Filología Inglesa, Profesor en la Universidad de Upsala, casi albino, ojos medio transparentes de puro azules, marido, como ya habrá supuesto el sagaz lector, de Birgitta, la fallida suicida, aterrizaba en Barajas, recorría a pie los escasos 70 metros que separaban el DC 9 de la SAS de la terminal internacional y se aprestaba a recuperar su somero equipaje. Recibido el pintoresco telegrama que le remitieran desde Añora e interpretado su contenido, se puso en camino de inmediato. Esa mañana cuando el avión despegó de Estocolmo, el termómetro marcaba 22º. (-“Temperatura ideal. -pensó el Profesor- Veremos qué me encuentro en España”-). Pues 34, esos eran los grados que marcaba el termómetro cuando Axel cruzó el espacio entre el avión y la terminal. Le esperaba un día cualquier cosa menos fresco. 

    Salió, tomó un taxi, y con el papelito en la mano donde había apuntado la dirección exacta -no importa lo que dijera el telegrama él sabía dónde se alojaba Birgitta- pidió al taxista que le llevara a Añora, Córdoba, a la calle que ya le diría cuando llegaran al pueblo.

- ¿Añora? ¿En Córdoba? ¿La Córdoba de toda la vida? ¿La de la Mezquita?
Yes, Sir, Añora, Córdoba. 
    
   El castellano de Axel no daba para demasiado, pero fue suficiente para confirmar a su interlocutor, un profesional del taxi, treintañero oriundo de la periferia madrileña, que, en efecto, quería ir a Córdoba, Andalusia, y que, además, tenía mucha prisa. El taxista pensó que le había tocado la Lotería. Un viaje de más de 340 kilómetros, más el cobro del retorno sólo pasaba una vez al año y no todos los años, así que, silbando, metió el bolsón de su pasajero en el maletero, puso el motor de su SEAT 1.500 en marcha y arrancó. 

    Eran las 2 de la tarde y Axel desde las 5 de la mañana en que salió de Upsala, sólo había ingerido el somero desayuno que la SAS le había suministrado a bordo, así que, como pudo, le pidió al taxista que, cuando tuviera ocasión, parara para almorzar. Añadió que sería su invitado. Aquél pensó que un día es un día, que la suerte seguía con él y que conocía una venta cerca de Puerto Lápice, donde podría comer y beber mejor que de costumbre. No había llamado a su mujer, si bien era más que probable que antes de medianoche estuviera de vuelta, así que ya le daría las explicaciones cuando llegara.

    La temperatura seguía subiendo, 40º por el momento, y el viejo SEAT no contaba con aire acondicionado. Axel probó a bajar la ventanilla pero comprobó que, pese a todo, la temperatura interior era algo más baja, conque volvió a subirla. Se despojó de una cazadora de gabardina que llevaba puesta, desabrochó la camisa y se dispuso a sobrellevar el verano manchego como Dios le diera a entender. Cuando se detuvieron en “El Aprisco”, el termómetro marcaba ya 42º. Axel se preguntó hasta dónde llegaría. El comedor, por contraste, le pareció soportable, umbrío y tranquilo. No había aire acondicionado, pero dos grandes ventiladores instalados en el techo hacían girar sus aspas estableciendo una corriente continua de viento en todo el local. Se dejó aconsejar por el taxista y fue consumiendo un plato de jamón, cuyo sabor no conocía pero que mereció su aprobación, un tazón de gazpacho helado que le reconcilió con la vida y unas migas con huevos y chorizo frito que encontró grasientas y arrasadas de ajo. Pidió un café con hielo, una botella de agua mineral para el camino, pagó e insistió al taxista para que se apurara. Éste, por su parte, se había zampado media botella de un vino del que Axel no quiso saber nada, un café negro como el alma de Judas, una copita de brandy y, para coronar el almuerzo, salió del comedor encendiendo una Farias, tan feliz. 

    Cuando el sueco descorrió las cortinas que protegían la puerta de entrada de “El Aprisco” se encontró el sol en la cara, un sol cien veces más luminoso que el que él conocía en su tierra. Una bofetada de calor amenazó con dejarlo incrustado en el empedrado de cantos rodados que decoraba el espacio ante el local. Se sintió desamparado. Miró el reloj y calculó que aún le faltaban no menos de tres horas para llegar a su destino, así que, a buen paso se llegó hasta el coche y se derrumbó en el asiento trasero. Minutos después, pese a la calorina, dormía (Iba a decir que dormía “como un bendito”, pero, teniendo en cuenta que Axel era protestante, mejor lo dejamos en que dormía, sin más). El efecto combinado del madrugón y la digestión del almuerzo le habían sumido en un sopor del que despertó cuando el taxista le zarandeó.

Míster, que ya hemos llegado. Esto es Añora. Estamos delante del Ayuntamiento. ¿Quiere que busque la dirección o sabe usted ir?
- No conozco lugar. Pregunte esta dirección, please.

    Eran las 6 y media de la tarde cuando, por fin, Axel hacía su entrada en la alcoba donde Benita había alojado a Birgitta. Los dueños de la casa entraron tras él. Y la criada. Y minutos después, Paco. Y al cabo de un cuarto de hora empezó a llegar tanta gente que  Pepe García los fue acomodando en el patio, bajo los arcos, que a esa hora de la tarde aún hacía un calor infernal. Rosa, la criada, sacó unos catavinos, una botella de Moriles y un par de platos de olivas, y allí se quedaron todos esperando quién sabe qué, un comunicado, la salida en procesión del matrimonio sueco, el asesinato de la infiel a manos del marido vengativo, cualquier cosa, que las fiestas habían pasado, el verano es muy largo y no abundan las novedades en Añora. Al cabo, bajó Pepe García y cuantos extraños estaban en la planta superior. De la mejor manera que supo, convenció a los asistentes de que se marcharan a sus casas, porque el matrimonio necesitaba algo de tranquilidad para cambiar impresiones.

- Pero, bueno, Pepe, déjate de monsergas ¿la mata o no la mata?
- No, no la mata.
- Claro hombre -terció otro- Si todavía no sabe que lleva cuernos.
- ¿Y qué vais a hacer con ellos?
- Ahora, nada. Que hablen, que buena falta les hace. -dijo Pepe- Cenarán aquí y luego se irán a la pensión, que ella ya está para andar.
- Pues yo en tu lugar, tendría a mano al Sargento, hazme caso, porque en cuanto ése se entere del puteo de “La Rubia” con “El Niño de la Tana”, se la lleva por delante. ¡Normal! ¿O no?
- ¡Y yo qué sé, Dimas, yo qué sé! Esta gente, estos extranjeros, no son como nosotros. A lo mejor lo ve normal. O lo ve mal pero le da por perdonarla. ¿No ves que son protestantes? 

    Serían cerca de las 8 de la tarde, el sol ya había empezado a declinar, cuando apareció Axel, cariacontecido, en el patio. Sentados en círculo, frente a otra botella de Moriles y un platito de embutido, estaban los mismos que habían participado en el episodio mañanero de la “salvación” de Birgitta: Pepe García y Paco Alcántara, su compadre; Fredo el boticario, Rafaé, el Alcalde, y el Sargento de la Guardia Civil. Mujeres, ninguna, aunque para la cena contaban con la anfitriona, Generosa, la mujer del boticario y Jesusa, la del Alcalde. Carmela, la mujer de Paco estaba fuera de Añora y con la esposa del Sargento no se contaba en saraos de esta clase. Faltaba “El Niño de la Tana”, pero había habido unanimidad en considerar poco apropiada la presencia del amante de “La Rubia” en la misma habitación que su marido, cuando cabía la posibilidad de que ya estuviera al tanto de los devaneos de la bióloga.


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Y dígame, Don Paco, que me tiene en ascuas ¿en qué paró todo aquello?
- De ver y no creer, Don Froilán, lo que yo le diga. El sueco, buena gente, de verdad, aunque tuviera que llevar sobre sus espaldas la pesada cruz de la infidelidad de su señora, por lo que nos dijo estaba… ¿Cómo decir? Acostumbrado a las espantás de su Birgitta.
- O séase, que no era la primera vez.
- Al contrario. Por lo que dijo aquella noche, ella se había venido a España para curarse las cicatrices que le dejaron en su alma pecadora sus amores con un marinero noruego, con el que anduvo enredada medio año. Un mal día el novio la dejó por otra más joven y ella quedó destrozada. Axel, el marido, estaba al tanto, porque ella se lo había dicho y fue quien le aconsejó que viajara.
- ¿Sí? ¿Se lo había dicho? ¿Y él?
- Pues que parece que ella, que además de otras cosas que saltan a la vista, debe tener buena labia en su lengua, le endosó el cuento de que lo quería muchísimo, que era el hombre de su vida…
- ¿El marido o el marino?
- El marido, hombre, y no me interrumpa tanto, que nos van a dar las uvas. El marido, sí. Que el otro, o sea el marino, sólo era amor físico, una pasión carnal, para entendernos. Si se fija, es lo mismo decimos aquí los maridos cuando nos pillan, que “lo nuestro es amor de verdad y esto otro una pasión pasajera, una ventolera de la que ya ni me acuerdo”. Parece, no obstante que había quedado tocada del ala y le pareció de perlas tomarse unas vacaciones lejos de su marido para recomponer su ego.
- Perdone Don Paco, pero ¿Qué dice usted que tenía que recomponer?
- Su ego, que viene siendo lo de dentro de la cabeza, la personalidad, el enredo, o sea, el ego, ¿Puedo seguir? ¿Sí? Y mire usted por donde, acababan de asistir a una representación de “Carmen” en Upsala y a ella se le metió en la cabeza o donde fuera que el mejor sitio para olvidar sus amores con el marinero noruego era España, Andalucía. ¡Y no me pregunte por qué Córdoba y no Sevilla o Añora y no Cabra, o Puente Genil, porque le juro que de eso no llegué a enterarme!
- …
- Lo que pasa es que, oiga, fue llegar y besar el santo. Es un decir, porque al que besó la sueca, “El Niño de La Tana”, de santo tiene muy poco. Lo del suicidio ya lo sabe usted con pelos y señales ¿verdad? Pues todavía le falta por enterarse de algo que no pasó pero que pudo haber pasado y que tiene su guasa.
- ¡Que el marido casi mata al amante!
- ¡Que no, hombre, que no! ¡Qué manía tiene usted con apiolar al personal! El sueco era un caballero capaz de entender que su señora se encamara con otros con cierta facilidad. Usted no lo entenderá, yo tampoco, pero él decía que “era sólo sexo” y que Birgitta era muy buena chica y lo quería mucho. Un poco adúltera, o sea, una adúltera de tomo y lomo, pero buena persona.
- ¡Ya! Más puta que las gallinas, y él… un manso de competición. ¿O no?
- ¡Hombre! la verdad que el encuentro entre el sueco y el cantaor fue un poco tenso, pero no por Axel sino porque “El Niño” no se fiaba de tanta tranquilidad y en todo el rato que duró la conversación no sacó la mano del bolsillo donde llevaba la navaja preparada, que el sueco parecía un cabestro de campeonato pero medía dos metros. Lo que quería contarle era la historia del burro.
-…
- Hasta que llegó a Añora él sólo había visto pollinos en un parque zoológico, así que se quedó muy sorprendido cuando aquí se los encontró por todas partes. Preguntó cuatro cosas y cuando supo lo que costaban se empeñó en comprar uno y llevárselo a Suecia.  El personal se hacía cruces de semejante disparate, pero él, erre que erre, con que le hacía ilusión llevarse un asno a Upsala. Al final, lo dejó por imposible cuando hizo números y vio lo que le iba a costar llevarlo hasta allí. Se quedó muy triste.
- Oiga, Don Paco, y, si no es indiscreción ¿qué pasó con “El Niño de la Tana”?
- Ahí es donde se ve que esta gente no es como nosotros. Tienen sangre de horchata, que se lo digo yo. ¡Estuvieron a punto de llevárselo con ellos!
- ¿Como el burro?
- Pues más o menos, que igual los cantaores flamencos son también ejemplares de zoológico en Suecia. No, en serio, lo que pasó, o pudo pasar, es que el marido, vista la penita que le daba a su mujer romper con su amante, le propuso al Niño que se fuera con ellos a Suecia, que ya se preocuparía él de buscarle trabajo en algún local de espectáculos.
- Pero no se fue.
- Tentado estuvo, pero entre el problema del idioma y que se enteró que allí en invierno se pasan una pila de meses sin ver el sol y a no sé cuántos grados bajo cero, pues lo pensó mejor, y se quedó aquí. Creo que le dieron una cena de despedida en la que terminaron llorando los tres.
- ¡Ea! pues mucha gracias por todo, dele recuerdos a su señora y hasta más ver.