jueves, 26 de julio de 2018

No es momento de pesadas reflexiones


Miro el calendario. El mes de agosto asoma su descaro a menos de una semana vista. Leo los titulares de la prensa, escucho los sumarios de los noticieros, y me convenzo de que, un año más, nos acercamos al paréntesis de siempre.

Siguen pasando cosas, las mismas cosas, eso es cierto. Donald Trump amenaza, insulta, se desdice luego y culpa a la prensa como desde antes de llegar a la Casa Blanca. Puigdemont convoca a los medios, miente descaradamente y nadie se escandaliza; peor para él: casi todos se encogen de hombros porque el personaje aburre. Nuestros líderes de la derecha olvidan lo que hicieron y dijeron cuando estaban en el poder y acusan a la izquierda de hacer o decir cosas sospechosamente parecidas. Los de la izquierda hacen lo mismo pero al revés, o al revés, pero lo mismo: lo que saben y pueden unos y otros. A veces aciertan, otras se equivocan. 

La ciudadanía esta huyendo en masa, dentro de lo que sus medios se lo permitan, lo más lejos posible de sus quehaceres habituales. Es el momento del estrés vacacional, que no del “merecido descanso”, período en el cual no quisiera ser yo motivo especial ni de preocupación, ni de cefaleas producidas por el penoso esfuerzo de pensar en cosas más o menos serias.

Así que se me ha ocurrido romper la monotonía de mi blog y dar cabida a un par de relatos o tres, ya veré, de los que algún día podrían formar parte de un volumen recopilatorio de ocurrencias que he ido escribiendo en un espacio inconcreto de tiempo, 6, 8, tal vez más años.

Empiezo la serie con “Menegildo el aducío”, relato que, como enseguida se verá, difícil sería encontrarle base real. 

Espero que os entretenga.


“Menegildo el aducío”


“Soy yo”, 
era una construcción gramatical dudosa en el mejor de los casos, 
y una absoluta pérdida de tiempo.
 (Harlan Coben).

    Ésta es la increíble y lamentable historia de Hermengildo Capazo Rubio, conocido por Menegildo, y a quien en algún momento se le llamó, o estuvo a punto de ser llamado, “Menegildo el aducío”. Un modesto contribuyente, un hombre de bien cuya vida se convirtió en un calvario a partir de su inesperado encuentro con seres de otros mundos. Cuán cierto es el aforismo aqueo de que cuando los Dioses quieren perder a los necios les conceden sus deseos.

   Hasta la víspera de los hechos que cambiaron su existencia, Hermenegildo era un ciudadano más de los varios millones que conforman la sufrida clase media española y del que nada hacía sospechar que pudiera llegar a pasarle algo que le sacara del anonimato. Todo parecía encaminarle dentro del más convencional aburrimiento a la tranquila jubilación. Desde su físico, apenas 165 centímetros de estatura, cráneo mondo y lirondo, lentes de miope, barriguilla prominente, una discreta prótesis dental y una soportable hernia inguinal, hasta su plúmbeo trabajo en el Departamanto de Compras en una multinacional británica, pasando por su familia, esposa y una hija postiza, fruto ésta de pretéritos amores de su mujer con un desvergonzado cantante colombiano de boleros y cumbias del que, consumada la faena, nunca volvió a saberse nada.

    Hasta ese día, sus mayores emociones habían consistido en el tardío descubrimiento del sexo, allá por los lejanos tiempos de su viaje de novios a Menorca, la alegría por los  infrecuentes triunfos del equipo de fútbol de sus amores, y los tres ascensos profesionales con los que su empresa le había distinguido en treinta años. Nunca le cegó la ambición, así que, a gusto con su suerte, estaba próximo a ese estado de complaciente e incluso agradecida aceptación de lo que la vida te ha dado que muchos llaman felicidad. No lo es, desde luego, pero a la mayoría de los que se mueven en ese universo almibarado de mediocridad y conformidad parece bastarles. 

    Sólo alguna noche y muy de tarde en tarde, le costaba dormirse y era entonces, en los imprecisos límites entre la vigilia y el sueño, cuando le asaltaban vagos anhelos de haber vivido otra existencia en la que, incapaz incluso de imaginar aventuras excitantes, se limitaba a verse a sí mismo como un galán de mente y porte extraordinarios a cuyo paso se rendían las voluntades de cuantos se cruzaban con él, ya fueran hombres o mujeres (mujeres sobre todo, para qué enmascarar la verdad). 

Esas noches Hermenegildo Capazo se veía superior a sus compañeros de Departamento, aquella pandilla de empleados fulleros que se lucraban, a costa de la empresa que les mataba el hambre, aprovechando las posibilidades que su actividad les brindaba. Esas noches todos a su alrededor dejaban de llamarle “Menegildo” porque ya no se atrevían a molestarle. Esas noches lograba fortunas suficientes para asombrar a sus colegas sin necesidad de acudir al manido subterfugio de pregonar que, una vez más, a uno o a otro le había caído en suerte alguno de los premios de la media docena larga de modalidades de Loterías del Estado que estaban en funcionamiento. Esas noches nuestro hombre creía que le había llegado el momento de ser único, lo que equivale a reconocer que hasta entonces se sentía parte de una masa amorfa en la que las individualidades no existían. No, al menos, la suya.

    El día anterior del que hemos decidido considerar el del comienzo de la historia, Hermenegildo había asistido a una cena del Departamento en pleno organizada como despedida al Supervisor, un inglés antipático, altanero, albino y tartamudo que volvía a Liverpool, para satisfacción de la mayoría de los que asistirían al evento. Corrió el alcohol, no a mares que pagaba la empresa y no era muy dada a grandes dispendios, pero sí lo suficiente para alcanzar el grado de euforia imprescindible como para que, ahora ya pagando cada uno de su bolsillo, continuaran las libaciones en cierto lugar de equívoca fama, “La falda menguante” que nuestro hombre no conocía ni de nombre.

 Averiguaciones posteriores permiten asegurar que “Menegildo” se comportó como lo que era, un soso olímpico incapaz de sacar los pies del plato, por más que lo intentara Eva “La Noruega”, una rubia de bote oriunda de Fermoselle, provincia de Zamora, que insistía en hacerse pasar por vikinga de pura cepa. Tan incómodo llegó a sentirse que alrededor de las 3 de la madrugada, abandonó el local, subió a su coche y se fue. No supo dónde, porque quizás por el efecto del alcohol al que tan poco acostumbrado estaba, se perdió sin remedio.

    Llegó a su casa mediada la mañana del sábado. Apenas había cerrado la puerta cuando oyó a sus espaldas la voz de Aurora.

  • ¡Oiga! ¿Usté quién es? ¿Se puede saber qué hace aquí y cómo es que tiene la llave de mi casa?
  • Aurora, mujer, no te alarmes, soy yo. -(Afirmación que en sí misma siempre me ha parecido asombrosa, superflua, reiterativa, tautológica, lo que ustedes quieran, menos procedente)- Déjame que te explique. ¿Ha vuelto la niña? ¿Sí? Anda, vamos a nuestro cuarto y te lo cuento todo.

    Aurora se había quedado con la boca abierta desde el preciso instante en el que Hermenegildo se había dado la vuelta. Ante ella tenía a un ejemplar magnífico de varón en plena juventud, vestido de forma un tanto estrafalaria y que, por otra parte, y de eso no tenía la menor duda, hablaba con la hermosa voz de barítono de su marido. 

¡Su voz! El don del que ella se había prendado cuando se quedó sola con su hija recién nacida y empezaba a perder la esperanza de que alguien se fijara en ella. Esa voz era tan auténtica y tan válida como elemento de reconocimiento como el mismísimo Documento Nacional de Identidad, así que volvió a mirar de arriba abajo a aquel pedazo de hombre que acababa de entrar en su casa. No tenía cinta métrica a mano para comprobarlo con precisión pero le calculó no menos de doce o catorce centímetros más que a su marido; abundante pelo negro liso, ligeramente ondulado; los mismos ojos que su Menegildo, pero sin gafas; ancho de hombros, liso de vientre, musculoso de extremidades, escurrido de caderas, parecía un modelo de los que salen en televisión. 

Reparó y no dejó de asombrarle el que vistiera las mismas prendas que su marido llevara la víspera. Dadas las trazas del recién llegado, le venían varias tallas más pequeñas, lo que le daba un aspecto un tanto ridículo. La misma camisa cuyos puños sin doblar se quedaban a un buen trecho de las manos y a la que la anchura de su actual portador obligaba a llevar desabrochada y anudada a la cintura; ¡y el reloj! El Longines que ella misma le había regalado en el décimo aniversario de su matrimonio; el pantalón, un “chino” azul marino que ahora apenas alcanzaba a cubrir el nacimiento de la pantorrilla; los calcetines, los zapatos, todo era lo que su hombre llevaba cuando salió de casa el viernes por la noche. 

  Y la voz, una vez más, la voz que volvía a pedirle que fueran al dormitorio para que él pudiera explicarse, así es que sin saber aún a qué atenerse, siguió a aquella aparición, se aseguró de que la puerta del dormitorio de Jennifer estaba cerrada y terminó por entrar y sentarse a los pies de la cama, sin dejar de mirar de arriba abajo al desconocido que hablaba con la voz de su Menegildo.

- Soy todo oídos. Di lo que tengas que decir, pero no tardes demasiado que mi marido está al caer.
Es que, bueno, yo soy tu marido; Soy Hermenegildo, Aurora. Ya sé que parece imposible…
Y tanto. Mi marido, yo lo quiero mucho, que conste, pero es un retaco calvo y con gafas y tú, quien quiera que seas, hablas como él, llevas su ropa, que ya me dirás  a santo de qué, con lo mal que te caen, pero, o sea, que, te pongas como te pongas te pareces a Menegildo, menos que yo a la Shakira ésa, así que cántate otra.
Venga, Aurora, mujer, un poco de calma; escúchame y luego haz lo que quieras, pero, por favor, no me interrumpas.
¡Cinco minutos! ¡Eso es todo lo que te doy de tiempo! Luego, llamo a la Policía, que ya está bien, hombre.  

   Aurora calló y se quedó mirando su reloj, como si de verdad estuviera empezando a medir el lapso de tiempo concedido. El corto parlamento y el gesto lo había visto en alguna película que no recordaba y ahora, por fin, había podido encajarlo en su vida real.

Anoche, cuando terminamos de cenar, Juan Jesús, ya sabes cómo es, nos llevó a un garito que él conoce, no recuerdo ni el nombre, con mujeres de la vida, poca ropa, menos luz y mucho alcohol. ¡Espera, mujer, no te sulfures que no pasó nada! Me tomé una copa…
Ya serían tres.
¡Por favor, mujer, déjame que siga! Bueno, tres, no, pero dos, sí. Salí del antro aquel en cuanto pude; me subí al coche, lo puse en marcha y… Me perdí. Yo había ido en la cola de la caravana que hicimos detrás de Juan Jesús así que no sabía dónde estábamos.
Mira tú, hombre: lo de que ibas en la cola, me lo creo. Y lo de que te perdiste, pues también. ¡En qué irías pensando!
Pues eso, qué mas da, el caso es que me perdí. Paré el coche. No te lo vas a creer, pero estaba en una carretera secundaria. ¡Te lo juro! No pasaba nadie, ni se veía ninguna luz, ni nada. Me salí de la carretera hasta un descampado que estaba al mismo nivel, para ver los mapas y enterarme de dónde estaba. Luego…
¿Qué? ¿Luego, qué?
A partir de ahí los recuerdos son muy extraños. Una brisa fresca, un zumbido agudo, una luz envolvente, como si fuera gelatina fría, yo fuera del coche, como flotando, hasta que me vi tumbado en algo así como una cama blanda, como si fuera un pequeño altar medio transparente y un poco fofo. Y ahí empezó todo.
Y tú esperas que yo me crea toda esa historia ¿Verdad? ¿Cuánto dinero te has dejado por ahí? Porque es eso ¿no? Te metiste en juerga, te has quedado sin blanca y ahora quieres endosarme este cuento como si yo fuera más tonta que tu tía Elisa, a quien Dios haya perdonado.
Que no mujer, que no quiero venderte ninguna moto, que no me he gastado lo que no tengo. ¡Mira: 115 Euros! O sea, que anoche me gasté 35, que a la cena invitaba la empresa ¡Y deja a mi tía Elisa en paz, que aquí no pinta nada! Haz lo que quieras, Aurora, pero hay algo que tienes delante de ti y a lo que tendrás que encontrar alguna explicación: yo soy Hermenegildo, tu marido, y no me parezco en nada al que salió de casa ayer por la tarde, así es que si quieres te lo cuento y, si no, no. Tú verás.
Está bien. Contéstame a una cosa. Si aciertas, te creo, porque eso sólo lo sabemos tú y yo. ¿Qué pasó en nuestra noche de bodas que nos ha hecho reír cienes y cienes de veces?
Que tú pediste que apagara las luces porque te daba vergüenza que te viera desnuda, me levanté, las apagué y cuando quise meterme en la cama, medí mal y me pegué una leche de campeonato.

  Esmeralda, por poco que le gustara tuvo que admitir que aquel sujeto igual era su marido y entonces cabía dentro de lo posible que en todo o en parte, lo que le estaba contando fuera cierto, así que compuso un gesto a medio camino entre la resignación y el escepticismo se cruzó de brazos y esperó.

Entonces fue cuando me di cuenta de que estaba en manos de seres de otro mundo. No eran humanos, ni de la NASA, ni rusos, ni nada parecido. Para empezar, comprobé que me entendía con ellos sin ningún problema…
Un momento, Menegildo. Vale, estabas en manos de extraterrestres. ¿Cómo eran? ¿Grandes o pequeños, cabezones o con el coco en punta, con ojos saltones o planos, se parecían a E.T. o al peludo de La Guerra de las Galaxias? ¿Y cómo es eso de que te entendías con ellos? A ver ¿en qué lengua hablaban? Porque no me vas a venir ahora con el cuento de que hasta soltaban tacos en manchego. 
Lo recuerdo ahora y es mucho más extraño que todo eso. Yo estaba en su poder pero nunca los vi. Me entendía con ellos, pero no hablábamos. No sé cómo explicarme; es como si nos entendiéramos de mente a mente…
¿Lo hiciste con tu mente? ¿Y se enteraron de algo? Sí que tenían que ser espabilaos, sí. Bueno, sigue.
Comprendí que no tenían cuerpos como nosotros; que eran, por así decirlo, inteligencia pura. Por eso no necesitábamos hablar. Ellos pensaban y yo les entendía. Y al revés, lo mismo.
Vale. Abrevia. ¿Dónde estaban?
Eso es lo más grande. No lo sé, no llegué a verlos. Estaban conmigo pero no les veía. Era como si fueran… espíritus puros.
Ya. Espíritus puros, todo inteligencia. Como los serafines, dicen ¿Qué te hicieron?
¿Te dije que cuando quise acordar, me encontré tumbado en una cama flácida?
Sí, eso ya lo has dicho; sigue.
- Me dijeron que, si quería, podían aplicarme un programa que llamaron de regeneración celular o algo parecido, y que cuando terminara sería otro. O sea, otro no. El mismo, yo, Hermenegildo, con mi historia y mi memoria, pero sin mataduras en el cuerpo ni problemas de salud y hasta mejorado, si quería. Me aseguraron que el proceso era rápido, indoloro y que no me enteraría de nada. Sólo tendría que cerrar los ojos e ir repasando mentalmente qué cosas quería que me arreglaran. Por ejemplo, me dijeron que, si pensaba en la miopía, me dejaban la vista como cuando era un chaval y ya no necesitaría gafas. Prometían convertirme en un hombre con el cuerpo y la salud perfecta para un individuo de treinta años de edad.
Y dijiste que sí, claro. ¡Treinta años. Quién los pillara! No, si de ser cierto, igual yo habría hecho lo mismo. ¿Qué les pediste?
Pues todo, Aurora, todo. Empecé por la cabeza, “quiero el mismo pelo que cuando fui a la Mili”, fue lo primero que pensé. Te parecerá una simpleza, pero es que la calva siempre me ha atormentado. Y fíjate qué pelazo. Luego, la vista, la verruguilla esa que me había salido junto a la nariz, los dientes que fui perdiendo, el quiste de grasa de la espalda, los divertículos, lo del aneurisma, el menisco que me operaron, hasta el juanete del pie derecho, todo.
¿Y lo de dentro?
¿Lo de dentro?
La inteligencia ¿O eso pensaste que no lo necesitabas?
Pues... No, no les pedí nada.
Como si lo viera: el pelo, sí, el cerebro ¿para qué? ¿Y luego?
Empecé a oír una melodía que no me llegaba por los oídos, sino directa al cerebro, como cuando me hablaban, y mientras me adormecía, me pareció ver un haz de luz que me iba recorriendo el cuerpo de la cabeza a los pies. Digo, eso que estás oyendo sé que pasó así, pero yo no vi la luz, porque tenía los ojos cerrados, como me dijeron. Luego se hizo el silencio, se detuvo la música y volví a entrar en contacto con ellos. Me dijeron que la primera parte ya había terminado y que si quería que me mejoraran algo con lo que no estuviera satisfecho. -“¿Como qué?”- Pregunté. -“¿Te gustaría ser más alto, o más inteligente, saber idiomas, por ejemplo?”. Les dije que sí, y ya de puestos pensé que estaría bien tener mejor figura, más ancho de espalda, caderas estrechas, abdominales como Cristiano Ronaldo, una nariz mejor puesta, las orejas más pegadas a la cabeza, en fin, lo que has visto que me han cambiado. Me informaron que tenía que hacer como antes, o sea, pensar en lo que quisiera que me cambiaran y estar callado igual que la primera vez, aunque esta vez tardarían algo más. No sé cuánto porque no tenía medio de saber ni qué hora era ni cuánto tiempo llevaba allí.
Espera. Así que tú pensabas en lo que tenían que arreglarte, y te lo iban dejando fetén, como si tal cosa.
Sí, así fue.
¿Y no se te olvidó nada?
- Pues no, no creo.
- Si es que un poco más tonto y no naces. ¿Y los hemorroides? ¿No te acordaste de la lata que te dieron el verano pasado? ¿Y la artritis de la muñeca? ¿Y el ardor de estómago?  ¿Y la halitosis?
- Pues ahora que lo dices, tienes razón, pero el caso es que no me acordé, y ahora, si me fijo, lo de la artritis, ni lo noto, lo de las almorranas, no sabría decirte, y lo del aliento, pues no sé; tú me dirás.

    La mujer se levantó, se puso de puntillas y casi mete la nariz en la boca de Hermenegildo. Olió un par de veces, dio la vuelta alrededor del recién llegado y volvió a su lugar en el borde de la cama.

- No, parece que ha desaparecido. Pero tú ¿Dónde estabas? ¿Cómo era el sitio? ¿Era una casa, una bóveda de cristal, una tienda de campaña gigante, un sótano, un platillo volante?
- ¿Una bóveda de cristal? ¿Por qué se te ha ocurrido eso?
- ¿Y yo qué sé? Por decir algo, supongo.
- No lo sé, Aurora, te lo juro, pero si tuviera que inclinarme por algo… Lo de la bóveda de cristal o de plástico rígido, me encaja. Yo sólo veía mi propio cuerpo, luces envolventes, como saliendo de una niebla, pero no me enteré de nada más.
- ¿Y no se te ocurrió preguntar? Es que eres más corto que las mangas de un chaeco, hijo. A ver si espabilas y la próxima vez te enteras bien de todo, que así no hay manera de hacerse idea de nada. Bueno sigue, ¿y qué más?
- Poco. Después se apagaron las luces y, de pronto, me encontré otra vez al lado del coche. Me volví a vestir…
- ¿Cómo que volviste a vestirte? ¿Todo eso que me has contado te lo hicieron en pelota picada?
- ¡Pues claro! ¿Cómo quieres que estuviera?
- ¿Y yo qué sé? Vamos, vamos, ¡en cueros y con desconocidos de otro planeta! Como para que te hubieran desgraciado. Si es que eres de lo que no hay.
- Pues digo yo que sí, que habría estado desnudo todo el rato, porque cuando recuperé la conciencia estaba en bolas junto al coche, así que me vestí a escape que hacía un poco de relente y me estaba quedando tieso; y fue entonces cuando me di cuenta de que todo había cambiado. Es una sensación muy extraña encontrarte de golpe con que eres más alto y tienes más fuerza y más agilidad que la víspera, o que te pasas la mano por la cabeza y la encuentras llena de pelo. Lo que ya no me gustó tanto es que la ropa no me venía nada bien. La camisa no me cabía, los pantalones parecían de pirata… Bueno, ya has visto, vengo hecho un adefesio. Lo único que no ha cambiado es el tamaño de los pies. Será porque no pensé en ello. En realidad, no hace falta ¿verdad?
- Menos mal. Por lo menos te sigue valiendo el calzado ¿Ves como eres muy cortito? ¿No se te ocurrió pedirles que te agrandaran también la ropa? Que digo yo que si te hicieron crecer más de media cuarta, menos tendría que haberles costado alargarte un poco la camisa y los pantalones. Y ahora ¿qué quieres que hagamos? Que tampoco es cosa de pasarnos aquí la mañana y a poco que lo pienses verás que hay montones de cosas que hacer.

    Puede parecer prosaico pero a Hermenegildo lo que más le apetecía era darse una ducha y después meterse entre pecho y espalda un buen desayuno. Unos huevos con chorizo estarían muy bien, pero cualquiera se los pedía a Aurora en aquellas circunstancias. No lo confesó, pero lo que quería hacer antes que nada era meterse en el cuarto de baño, cerrar por dentro, desnudarse y contemplarse con calma en el espejo de cuerpo entero que habían instalado hacía apenas un par de meses a petición de la niña. Así lo hizo y, bien cierto, quedó maravillado: hechuras de decatloniano, aire de galán y, eso le habían asegurado, fisiología propia de un hombre de treinta años con una salud perfecta. Se detuvo en sus genitales. No le había comentado nada a su mujer pero lo cierto es que había aprovechado la ocasión y había pedido que se los dejaran con dimensiones suficientes como para erradicar el sempiterno complejo de pene corto que le había acompañado desde la pubertad. Sus anónimos benefactores habían sido generosos en ése como en tantos otros capítulos, así que ahora lucía unos atributos dignos de una rutilante estrella del cine porno. Se preguntó qué opinaría Esmeralda de semejante sorpresa pero dejó la tarea de averiguar la respuesta para más adelante. Entró en la ducha, dejó que el agua tibia se llevara por delante cualquier resto de aquellos misteriosos efluvios que le habían envuelto durante su abducción, salió, se secó y salió al pasillo con una toalla envuelta a la cintura. Aurora se le quedó mirando de arriba abajo con un gesto que por segundos se iba tornando más hosco. 

    En ésas estaban cuando se abrió la puerta de su dormitorio y compareció Jennifer, alias “La Yeni”. Salió bostezando, rascándose la cabeza, en camiseta de tirantes y bragas.  Tanga, para ser exactos, pese a las regañinas de su madre que le parecía una prenda más propia de una cualquiera que de una hija de familia de clase media. Se dio de manos a boca con su padrastro, o sea que a poco se traga al Menegildo, al que, desde luego, no reconoció. Obvio es decir que la zagala no estaba en antecedentes, con lo que, recién levantada, lo primero que tuvo ante ella fue un mocetón de padre y muy señor mío, con una somera toalla a la cintura y más bonito que un San Luis que, a su vez se la quedó mirando sin saber muy bien qué hacer.

    Los veintidós años de “La Yeni" eran cualquier cosa menos reprimidos, así que tomando el rábano por las hojas lo primero que pensó es que su anciana madre (todas las madres son ancianas para sus hijas cuando éstas tienen veintidós años) acababa de pasarse por la piedra a aquel monumento, aprovechando la circunstancial ausencia de su padre, que a saber dónde se habría metido.

- ¡Hosti, mami, qué morro le echas, tía! ¿De dónde has sacado a este prenda?
- ¡Un respeto, nena, que estás hablando con tu padre! 

   Advirtió solemne el abducido, que al gesticular en exceso no tuvo en cuenta que aún no tenía el suficiente control sobre su recién estrenada estructura corporal, así que, por el aquel de la Ley de la Gravedad, cayó al suelo la toalla y quedó Menegildo como su madre le trajo al mundo ante las dos mujeres. 

    Hay ocasiones en las que las diferencias intergeneracionales son más aparentes que reales. Circunstancias en las que incluso las supuestas diferencias entre madres e hijas son inapreciables. Ésta fue una de ellas. Ninguna se lo había propuesto, ninguna lo hizo a propósito, pero ambas, y quizás doce más que hubieran estado allí, clavaron sus miradas en la entrepierna del reconvertido Menegildo mientras exclamaban un ¡Oh!, la madre y un ¡Hostia! la hija.

- ¡Anda, anda p’al cuarto, sinvergüenza, ponte cualquier cosa que te valga y vete luego p’a la cocina que tenemos que hablar. ¡Y tú, fresca, deja ya de mirarle la pinga a tu padre que se le vas a desgastar!
- ¿Mi padre? O sea, mami, que te ligas a ese pedazo de tío, te pasas la noche con él y a la mañana siguiente ya es mi padre. ¡Vas tu lista!
- ¿Pero qué dices, subnormal? Esto es Hermenegildo, mi marido de toda la vida, que lo han agarrado por banda unos alienígenas y me lo han cambiado.
- ¡O sea, no! Pase que eches una cana al aire; pase que se la pegues a tu marido, que, por cierto, ni es mi padre ni Cristo que lo fundó; pase que por una vez hagas lo que te pida el cuerpo, pero a mí no me tratas como si fuera una pringá.

    Costó más de una hora convencer a La Yeni que aquella escultura móvil que acababa de ver era Hermenegildo. Tampoco sirvió de mucho con respecto a la paz doméstica que pretendía Aurora, porque el juicio final de Jennifer fue tan poco tranquilizador como dotado de una cierta lógica interna, la propia de una veinteañera sin complejos que hacía tiempo que estaba curada de espanto.

- Pues vale. Ese tío es el Menegildo. No cuela, pero si quieres hacerlo pasar por tu hombre de toda la vida, eso que sales ganando. Allá vosotros dos y lo que le cuentes a tu marido cuando vuelva. Desde luego, cambia el rollo de los extraterrestres porque lo único que no es posible es que éste y él sean uno solo. Pero aunque éste, como se llame, fuera tu marido, el de siempre, ni antes ni ahora era nada mío, que lo de padrastro no es más que una palabra horrorosa y lo de padre una componenda que a ti te venía bien y punto. O sea, mami, que tú verás, pero el tío está como un queso, que no hay más que ver… lo que hemos visto, así que si sigue en casa, no respondo; en cuanto se me ponga a tiro me meto debajo de él. O encima, que me da lo mismo. Y ahora me largo y a ver si arregláis este lío antes de que vuelva.

  El parlamento entre marido y mujer, fue largo y tenso. El mismo Hermengildo, pasada la euforia inicial de verse rejuvenecido y manifiestamente embellecido tuvo que reconocer que el discurrir de Aurora estaba mucho más cerca de la cruda realidad que su entusiasta recepción de sus nuevos dones. Mirara para donde mirara sólo veía problemas de nada fácil solución. 

- ¿Has oído a la niña? Habla en serio, que ya sabemos cómo se las gasta, así que hasta que esto se arregle ya puedes ir buscando acomodo en otra casa, porque lo último que me faltaba es que acabarais teniendo un lío. Pero, qué digo: si es que no sólo es lo de la calentura de la niña; si es que no sé qué voy a decir cuando la gente empiece a verte entrar y salir de aquí. ¿O crees que es de recibo ir por ahí con el cuento de los marcianos? De entrada te llamarían “Menegildo el aducío”, pero de creerlo, eso es harina de otro costal. Seríamos la risión del barrio.
- Hablaré con La Yeni. Déjamela a mí.
- Eso, “déjamela a mí”. Justito lo que ella está deseando desde que te vio lo que te cuelga. Que esa es otra. ¿Pero dónde pretendes ir con semejante herramienta?
- Mujer, mejor es que sobre que no que falte.
- Escúchame bien, que parece que estás “empanao": tengo cincuenta y cuatro años; me conoces y sabes que soy cualquier cosa menos una viciosa, así que por muy joven que ahora parezcas, yo sigo siendo la que soy, que a mí no me tocado la china de los extraterrestres, y si pienso en lo que te he visto cuando se te cayó la toalla me pongo a temblar y no de emoción.
- ¿Y qué quieres que haga?
- Pues habla con tus amigos los de la otra galaxia y que te devuelvan lo que era tuyo que yo, no es que me volviera loca, pero le tenía cierto cariño.
- ¿Y con lo de ahora?
-Pues que se lo den a los pobres o que se lo metan por donde les quepa, si es que saben cómo hacerlo, que con eso de que son sólo inteligencia, no sé yo…
- Es que no sé cómo ponerme en contacto con ellos.
- Haber andado más listo, hijo. Lo menos que podías haber hecho era darles las gracias y pedirles la dirección para mandarle algo, unos chorizos, unas botellas, yo qué sé, cualquier detalle.
- Pues sí, pero no caí.

    Hermenegildo se hizo a la idea de que tendría que buscar inmediato acomodo en otro sitio. Tal vez una pensión, o un estudio amueblado que no fuera muy caro, pero estaba claro que su mujer no iba a consentir que pasara la noche a cuatro metros de los ardores de su hija. Quedaba otro asunto tan preocupante o más que lo tratado hasta entonces. El aspecto laboral del problema. Ambos estuvieron de acuerdo en que no podían ni soñar en presentarse el lunes en la Dirección de Recursos Humanos de su empresa e intentar explicar que el que hablaba con ellos era el mismo Hermenegildo, calvo, miope, bajito y barrigón, que había salido a celebrar la marcha de un colega el viernes al caer la tarde. Sabían los dos, de antemano, que ni serían creídos ni iban a poder librarse del ridículo que se les acercaba a pasos agigantados.

    Aurora, más pragmática que su marido, tomó un par de decisiones que les cambiaron la vida para siempre. Salió de casa ella sola, se acercó a uno de esos centros comerciales especializados en prendas rebajadas, se hizo con un vestuario básico para adecentar al nuevo cuerpo de su marido y volvió a casa. Para entonces, aparte de buscarle alojamiento a su hombre, tenía ya muy claro qué otras cosas habría que hacer. 

    En los días siguientes, Hermengildo Capazo Rubio, alegando razones de orden familiar negoció su salida de la empresa, y logró una indemnización escasa, pero suficiente para los primeros tiempos. Las gestiones en parte se hicieron por teléfono y en parte por la presencia personal de Aurora en las oficinas de la Compañía, alegando confusas razones sobre una supuesta depresión profunda de su marido. Él buscó otro trabajo y se alejó para siempre. Jennifer suspiró, un poco, tampoco demasiado, porque no consiguió lo que buscaba y Aurora, conforme fue pasando el tiempo se fue agostando día a día. Una o dos veces al año se hacía la encontradiza con Menegildo en lugares alejados del barrio; tomaban unas cervezas y se hacían alguna tímida caricia bajo el mantel. Después, ni eso.

   Él se perdió por el mundo, encontró un primer trabajo como streeper en un garito donde se celebraban despedidas de solteras y más tarde se fue a la costa. No le fue difícil encontrar un puesto detrás de la barra de un hotel de cinco estrellas frecuentado por señoras maduras que buscaban consuelos de alquiler para sus juventudes perdidas. A veces, en la soledad de su cuarto, maldecía el no haber pedido a sus abductores que le hubieran mejorado su inteligencia. De todos es sabido que así como el dinero está mal repartido, casi nadie se queja del cerebro con el que la naturaleza le ha dotado. Sea como fuere, no cayó en la cuenta, o no creyó necesario pedir más capacidad intelectual a sus benefactores, así que ahora tendría que limitarse a jugar con la limitada capacidad que siempre tuvo. 

    Ella se quedó sola, irremediablemente sola sin poder siquiera recordar con La Yeni el desgraciado episodio provocado por unos seres de algún lejano mundo, que atendieron las peticiones que les hiciera aquel señor bajito, calvo y miope. A él de poco le sirvieron y a ella la condenaron a perder para siempre a su marido.




   
   
  


1 comentario:

  1. Con este relato he pasado un rato estupendo por la gracia que tiene y lo buen escrito que está

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