El poder y el sexo
El último caso (conocido)
Este martes pasado se ha dado a conocer la dimisión del Director Adjunto Operativo (D.A.O.) de la Policía Nacional. Una de sus agentes, con la que tiempo atrás había mantenido una relación sentimental, ha presentado ante los tribunales una querella por violación. Relacionado con el mismo asunto, ha sido cesado el segundo en el mando del dimisionario que habría presionado a la víctima, tratando de evitar la difusión del comportamiento de su jefe.
Buena ocasión, creo yo, para reflexionar sobre el fondo profundo que subyace en este caso y en tantos otros de parecida configuración: un hombre abusa de su poder para obtener satisfacción sexual de una mujer que, de una u otra manera, está bajo su esfera de influencia.
Una larga tradición
Poder, sexo y riqueza son tres fuerzas, tres palancas que mueven el mundo, la Historia de la Humanidad desde que se tiene noticia. Por otra parte, las relaciones entre cada una de ellas, suelen poner de manifiesto hasta qué punto se dan ambivalencias e influencias mutuas. Tal vez la más clara es la que se da entre poder y dinero; tan verdad es que el poder proporciona riqueza, como que, a partir de un cierto nivel, dinero equivale a poder. Ya saben, "poderoso caballero…". Un elemento, el poder, con múltiples caras. Tendemos a identificarlo con la política, pero tiene otras muchas formas desde las que ejercer su influencia; más o menos efímero, el poder puede proceder de la fama, del éxito, de la popularidad, en cualquiera de los ámbitos en los que en un momento histórico dado, sea reconocida su virtualidad.
Recientes escándalos, unos de resonancia mundial y otros domésticos, han puesto de actualidad, una vez más, las interacciones entre el poder y el sexo. No obstante, no se trata de un fenómeno que haya aparecido de improviso; todo lo contrario: que el poder destila atracción sexual, o que el sexo provoca la exhibición abusiva del poder, lo encontramos ya expresado en la mitología greco romana. Desde entonces, forma parte, nos guste o no, de las bases mismas de nuestra sociedad y de nuestra cultura.
Más de dos milenios medio antes de que Jeffrey Epstein alcanzara la notoriedad por jugar, precisamente, con la combinación de poder y sexo (y dinero, por supuesto), los aqueos contaban que Zeus había raptado a Europa disfrazado bajo la apariencia de un toro y algunos cientos de años más tarde, el mito del rapto de Proserpina, hija de Júpiter y Ceres, por Plutón el dios del inframundo, tomó carta de naturaleza entre los romanos, que por otra parte, según la tradición, se habían hecho fuertes frente a sus vecinos gracias a la audacia de Rómulo y algunos seguidores suyos que raptaron a suficientes mujeres del pueblo de los Sabinos como para asegurar el crecimiento demográfico de la Roma más antigua.
Tres ejemplos que hablan de cómo el poder, el de los dioses nada menos, o el de los héroes, se emplea en satisfacer las pulsiones eróticas en dos de los casos, o en conseguir más poder a través del sexo en el tercero.
La fuerza y el sexo
Desde la noche de los tiempos la fuerza, otro de los atributos históricos del poder, ha sido argumento suficiente para condicionar el erotismo, en un doble sentido: en muchos supuestos, el fuerte, el poderoso es considerado deseable por el mero hecho de serlo. La fuerza, pues, es en si misma un factor de atracción, pero, por otra parte, el que ostenta el poder se siente tentado en demasiadas ocasiones a tomar por la fuerza lo que no logra alcanzar de otra manera.
No es necesario retroceder en el tiempo: las violaciones sistemáticas de las mujeres del bando perdedor como parte natural del botín de guerra, forman parte de la historia negra de la Humanidad, no importa a qué guerra de qué época y entre qué contendientes queramos analizar. No vale la pena hacerse ilusiones respecto a nuestra evolución: desde hace milenios el poder ha sido patrimonio masculino. No creo imprescindible perder el tiempo tratando de demostrarlo.
Consecuentemente, como regla general, la violencia que suele acompañar al ejercicio del poder la ejercía, la sigue ejerciendo el hombre y la padece la mujer. Incluso abundan los ejemplos de que cuando, por excepción, ha sido la mujer la que ostentaba el poder, se invertían los términos pero se mantenía el principio. ¿Ejemplos? Catalina La Grande, Cristina de Suecia, María Estuardo, nuestra castiza Isabel II…
Hasta dónde hemos progresado
Cualquiera diría que desde "Peribáñez y el Comendador de Ocaña" hemos avanzado lo suficiente como para pensar que a partir de la entrada en vigor de Ley conocida como la del "sólo sí es sí" el problema de los abusos del poder en el terreno del sexo está superado, al menos en España. Otros países, USA, por ejemplo, han tratado de resolver la cuestión, también por la vía legal, invirtiendo la carga de la prueba en los casos de abusos sexuales.
Creo que ambos ensayos son la prueba de que, en efecto, algo está cambiando: hasta hace no demasiado tiempo, era usual zanjar este tipo de comportamientos, con la disposición del agresor a contraer matrimonio con la agredida, siendo el rechazo de ésta a tan peregrina proposición suficiente para dar el asunto por zanjado.
Sí, algo está cambiando, pero no demasiado. Digamos que, en el peor de los casos, el haber logrado introducir en las Leyes el consentimiento de la mujer como eje central de la cuestión, tiende a garantizar que el agresor se enfrentará a las consecuencias penales de su conducta. La realidad es tozuda, sin embargo: el cambio de la legislación vigente, un avance sin duda, no es suficiente para conseguir la mutación simultánea de la mentalidad social. De hecho, ni siquiera les ideas que subyacen en esas Leyes son admitidas por todas las formaciones políticas, ni aquí ni allá. Y, en la práctica, muchas de las víctimas prefieren llorar su afrenta en silencio que exponerse a la "pública vergüenza" que conlleva un proceso penal sobre esta materia.
El camino por recorrer
Las Leyes están en vigor, pero, como en tantos otros casos, cualquier texto legal puede estar a mucha, demasiada, distancia de la escala social de valores realmente vigentes. Dicho de otra forma más clara: el abuso de poder y su ejercicio sobre las mujeres por parte de los poderosos dista mucho de ser un recuerdo histórico.
El Poder como tal o derivado de la riqueza o de la fama o de la popularidad ha sido, por ejemplo, el meollo del caso Epstein; algo que se supo desde el primer momento por quienes tenían que saberlo. Gobernantes, multimillonarios, miembros de la más alta nobleza, artistas famosos, "poderosos" en definitiva, eran los beneficiarios de los favores sexuales que el organizador de la trama ponía a su alcance. (Por cierto: ¡qué oportuno el suicidio del gran pederesta! ¿verdad?).
Y si algo nos está mostrando la realidad española en los últimos tiempos, es que esta lacra que tan difícil es de erradicar, no entiende de ideologías: desde el "caso Nevenka" a las andanzas de algún portavoz parlamentario, pasando por tal cual asesor de alto rango de un signo político o ciertos alcaldes de otro, hacen difícil encontrar algún Partido que esté en condiciones de tirar la primera piedra. No, las diferencias no pueden encontrarse en la ideología del acosador; si acaso, y tal vez es mucho suponer, en la respuesta de la formación a la que pertenecía.
¿Hasta cuándo?
No me atrevo a pronosticar cuándo el poder dejará de ser puesto al servicio de las bajas pasiones de quien lo ostenta. Los pocos datos fiables de que disponemos no hacen prever un futuro idílico: según el INE, los delitos contra la libertad sexual cometidos por menores de 18 años se incrementaron algo más del 29% entre 2023 y 2024. Y si miramos más atrás, entre 2017 y 2023, el incremento fue del 86 %.
Si añadimos a estos datos la estimación de que sólo se denuncian entre el 10 y el 15 % de los hechos constitutivos de este tipo de delitos, tendremos un cuadro más aproximado de lo que podemos esperar: al fin y al cabo, ninguno de estos delincuentes menores de edad eran "poderoso" en el sentido habitual del término. ¿Cómo se comportarán cuando lo sean?
