sábado, 27 de noviembre de 2021

 Un otoño neurasténico

El riesgo de engancharse a cualquier telediario

Camino del invierno, España tirita bajo los efectos de otra DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos, por si no estaban al tanto) que sobrepasa con mucho lo estrictamente meteorológico.

No importa de qué se trate, el o la locutora del telediario encadena penas y desgracias que podrían terminar con el apetito de cualquiera; así que o cambian el horario de las noticias, o lo hacemos los televidentes con el de nuestras comidas.

Vean:

El pasado que se resiste a ser sólo eso, el pasado

¿No les parece que hablar de memoria histórica es retórico y un tanto redundante? No hay Historia, con mayúscula, sin historias con minúscula, o sea, sin memoria individual y colectiva; pero ¿cuándo llega el momento de circunscribir los debates sobre el pasado al ámbito académico? ¿A partir de cuándo los que ahora vivimos dejamos de considerarnos herederos directos de ganadores o de perdedores?

En tanto alguien decide sobre lo que acabo de preguntar, tan improcedente me parecería hacer bandera política del derecho a reparación de los herederos de Dª Juana la Beltraneja, como tratar de pervertir un principio que es santo y seña de la democracia: la irretroactividad de las Leyes Penales.

El franquismo, consecuente con sus principios, se lo saltó a la torera y persiguió a los españoles por  las haber hecho cosas años antes de que se hubieran promulgado las Leyes que las prohibían, es decir, cuando eran conductas legales. Tratar ahora de enmendar la amnistía de la transición es caer en lo mismo, por mucho que se invoquen nebulosos principios de Derecho Internacional.

Tome nota el Gobierno de que imputar la idea a una parte minoritaria del Ejecutivo no disminuye la responsabilidad colegiada de quien adopta el acuerdo, que es, desde luego, el Gobierno en pleno.


¡Que ardan las calles!

Eso he oído gritar a una gaditana. Cádiz echa humo y uno puede llegar a entender que la suma de tantos factores es, al final, material inflamable: tasas de paro insoportables, desindustrialización creciente, resaca de la Covid, negociaciones colectivas empantanadas, pero…

  • La huelga, legítima donde las haya, se convocó al término de la segunda reunión de la mesa negociadora. ¿No es un poco pronto?
  • Mientras los sindicatos demandaban acomodar los incrementos salariales a la inflación, la patronal pretendía recortar beneficios adquiridos. Como en la pretransición ¿Es que nadie es capaz de pensar un poco antes de empezar a hablar?
  • La legitimidad de una huelga no ampara la quema de contenedores ni el bloqueo de vías de comunicación. ¿Es que la futura candidata a Presidenta de Gobierno desconoce algo tan elemental o cree que somos los demás los que no sabemos distinguir?
  • No hay nada que oponer a que los estudiantes se solidaricen con quien mejor les cuadre pero ¿en qué les afectaba el conflicto del metal, en el incremento salarial o en la intención patronal de suprimir el plus de toxicidad? (Salvo que consideren insuficiente lo de pasar de curso con suspensos y estén reivindicando el derecho a ser Doctores en Ciencias Exactas sin haberse matriculado). 
  • Todos, tenemos derecho a exponer nuestras ideas, y a ser partidarios de unos o de otros pero ¿es de extrañar que si un Alcalde agite los ánimos como si siguiera siendo activista callejero, muchos se queden perplejos?
  • Leo que Vox había manifestado su apoyo a las reivindicaciones de los huelguistas gaditanos. Nada que oponer, pero ¿por qué me viene a la cabeza que Marine Le Pen también apoyaba a los "chalecos amarillos"? ¿Cuanto peor, mejor?

Al final, se logró un acuerdo, aceptando ambas partes olvidarse de lo más duro de sus posiciones; como de costumbre, como siempre que te sientas a negociar con necesidad de llegar a un acuerdo.

Cundirá el ejemplo, ya lo verán, y tendremos más conflictos en muy poco tiempo. Por ejemplo, el de los campesinos (agricultores, más bien, que lo de campesino está cerca del viejo concepto de "bracero", que poco pinta en este conflicto triangular entre productores, intermediarios y Gobierno).

O el de los transportistas, sobre el que, de entrada hay que decir que no es una huelga sino un cierre patronal y que algunas de sus reivindicaciones no van dirigidas al Gobierno sino a sus propios clientes, lo que lo hace peculiar y sospechoso, al mismo tiempo. Pregúntese qué Partidos jalean a los dueños de los camiones, ya verán.

Y, para terminar, policías y guardia civil, salen a la calle no para perseguir a los malos sino para demandar más seguridad para ellos y para nosotros. O sea, que no quieren que se toque la normativa actual de seguridad ciudadana. Casado pide a los suyos que se dejen ver en las manifestaciones de las fuerzas del orden. Los obispos, por el momento no se han pronunciado. Crean ustedes lo que quieran, pero los manifestantes y sus palmeros están en su derecho. Y yo en creer que detrás de tanta movilización hay mucho más que reivindicaciones laborales.


Todos contra todos y si están cerca, con más motivo

¡Qué semana!

  • Al hilo del conflicto gaditano, podemitas y sociatas anduvieronn a la greña en el seno del Gobierno de Coalición. Una tanqueta policial y su uso es motivo suficiente para que la Vicepresidenta 2ª pretenda poner firme al Ministro del Interior. ¿Ha empezado ya su campaña? ¡Mujer, que faltan dos años todavía!
  • Las dos versiones del secesionismo catalán (Independencia ya o Independencia cuando toque) se enfrentan por los Presupuestos del Estado y por los de Cataluña. En este contexto tal vez se entienda mejor la insumisión de Pere Aragonés ante un sentencia del Tribunal Supremo que confirma lo dicho por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. ¡Dice que es intolerable la injerencia judicial en Cataluña, cuando ha sido él quien ha recurrido!
  • Casado y García Egea vs Cayetanas e Isabeles. Dejo que sean los lectores quienes etiqueten las tendencias de cada pareja, e, incluso, los aliados o mentores que puedan estar detrás de unos y otras. Mientras tanto, voces sensatas dentro del PP advierten de los riesgos electorales de las broncas familiares. 
  • Hablando de Pablo Casado: ¿Mala suerte o confusión entre Franco Bahamonde y Franco Battiato? De la docena escasa de templos en los que se honró la memoria del General Franco, tuvo que entrar en uno de ellos, bien adornado, por cierto, por banderas preconstitucionales, para cumplir con el precepto dominical. No es lo más afortunado, salvo que sea deliberado; y en ese caso, tampoco.

Los extraños compañeros de viaje

Ya decía un tal López Rodó que la política hacía extraños compañeros de cama: 

- En Andalucía, Vox vota con Unidas Podemos y socialistas contra los presupuestos de PP y Ciudadanos.

- En Cataluña, JxCat vota con PP, Ciudadanos, Vox y PSOE contra la propuesta de ERC que, a su vez,  se apoya en los Comunes. 

- ¿Y en la Carrera de San Jerónimo? Bildu, PNV y ERC apuntalan al Gobierno, mientras suman votos contra el proyecto Vox, PP, C’s ¡Y JxCat y la CUP! 

Visto lo visto ¿quién se siente moralmente respaldado para criticar las alianzas de los demás? 


Una buena noticia: algo se mueve en la España profunda

A la convocatoria de Núñez Feijóo, líder galleo del PP, acuden Presidentes de Comunidades Autónomas que tienen problemas y falta de soluciones comunes, sea cual sea su color político.

  • Se esperan ríos de dinero procedentes de allende nuestras fronteras. Al final, ya lo verán, será menos de lo que hubiéramos querido, pero es una buena ocasión para corregir defectos enquistados.
  • Todos los asistentes coinciden en que el excesivo peso del criterio poblacional, a la hora de financiar Autonomías perpetuaría el desequilibrio; incluso lo aumentaría: sanidad, educación, transporte, digitalización, servicios sociales comportan programas más costosos en cualquiera de las dos mesetas que en los aledaños de Madrid, Barcelona, Bilbao.
  • Me ha parecido ver suficiente nivel de complicidad entre responsables de distinto signo, como para valorar positivamente este ejemplo de transversalidad. Más aún si puedes detectar una sospechosa displicencia al respecto en Génova y en Ferraz. 
  • Un lástima, porque podría haber sido el primer paso de un larguísimo camino: el que llevara a los grandes pactos de Estado que España necesita mucho más que andar partiéndose la cara por quién es el inquilino de La Moncloa.

sábado, 20 de noviembre de 2021

 Ni suspensos ni repeticiones de curso

El atajo

"Si no sabes dónde vas, seguramente terminarás en otro lugar". He oído esta frase atribuida a Lewis Carrol, y a Yogi Berra, aunque no falta quien la considera anónima. No importa: no la traigo aquí para felicitar a su creador sino para preguntarme si quienes han decidido acabar con la terrorífica y a la par entrañable figura del suspenso académico saben lo que están haciendo.

He oído ingeniosos argumentos, llamadas a la modernidad, alegatos que tratan de demostrar que el suspenso "desmotiva" al alumno y provoca el incremento del abandono escolar. En resumen, que no hay por qué penalizar al suspendido y obligarle a perder otro año de su valiosa adolescencia repitiendo curso. 

Escucho hablar de la inutilidad de los exámenes y de su escasa virtualidad frente a fórmulas mucho más  actuales, y de cómo las nuevas medidas van a mejorar los "ratios" de nuestro sistema educativo en el concierto europeo y mundial.

Tanta palabrería no despeja algunas de mis dudas. Cazurro que es uno:

  • ¿Cuál es la finalidad primordial del sistema educativo? ¿Escalar posiciones en la clasificación internacional, mejorar el nivel de conocimientos de nuestros educandos, poner en el mercado nuevas generaciones de ciudadanos competentes? ¿O sólo se trata  de satisfacer el orgullo de papás y mamás?
  • ¿Cuál es la mejor manera de reducir el fracaso escolar, incrementar los conocimientos, mejorar las herramientas formativas, o disminuir la exigencia?
  • ¿Qué hace diferente la enseñanza al resto de las actividades humanas? ¿Sería lógico eliminar los análisis clínicos para reducir la tasa española del colesterol?

Los tiempos cambian

Y tanto. En el terreno que nos ocupa, hay un hecho aceptado por todos: la validez temporal del caudal de conocimientos de una persona es cada vez menor. Hace un siglo, lo que se aprendía conservaba su utilidad durante toda una vida, o casi. Hace años oí decir que en Silicon Valley se daba por axiomático que el caudal de conocimientos de un primera fila servía nada más para siete años; ahora se habla de cuatro.

Es imprescindible, por tanto, acomodar las enseñanzas, el modo de transmitirlas, su contenido, a ese hecho: lo que hoy has aprendido no te valdrá para nada en cinco, quizás cuatro años. Así que ahora no es que haya que enseñar, sino que habrá que enseñar a aprender, porque habrás de ser tú quien busque la manera de reciclar tu bagaje.

No obstante, ¿qué tiene que ver todo eso con pasar curso sin haber demostrado que dominas las herramientas que te habilitan para el siguiente paso? ¿Cómo demostrar que eliminar la  prueba es un estímulo para seguir avanzando? ¿No será al revés y por partida doble? 

Imaginen el entrenamiento de un vallista: su preparador verifica que el aspirante a figura olímpica derriba una y otra valla; ¿qué es más sencillo para evitarlo, enseñarle a saltar más o reducir la altura de las vallas? ¿Lo ven? ¡Vallas más bajas! Ya, pero luego, en la Olimpiada, las vallas van a tener la altura de siempre, así que el neófito no pasará de la primera eliminatoria.

Y es que en la escuela y en el gimnasio hay dos realidades que no han cambiado: No hay resultados sin esfuerzos, y no hay forma de medir los resultados sin pruebas de contraste. Hay una tercera, pero ésa es la que ahora se quiere esconder: cuando algo no sale bien a la primera, no hay más remedio que repetir el intento. Para eso se inventaron las gomas de borrar y los períodos de garantía.


Cuando se toma el rábano por las hojas

Es importante, qué duda cabe, ocupar lugares destacados en cualquier clasificación que trate de certificar lo bueno que eres. Eso suele medirse en estadísticas, cuadros comparativos y otras herramientas parecidas.

España, y no saben cuánto lo siento, hace más de un siglo que no encabeza ninguna de estas clasificaciones internacionales relacionadas con la enseñanza. Hay demasiado fracaso escolar, demasiado abandono prematuro de las aulas.

Algo que hay que corregir ¿verdad? El caso es que, desde mi punto de vista, la manera de resolver el problema no es hacer trampas en el solitario, sino mejorar todos y cada uno de los elementos del sistema:

  • ¿Estamos seguros de que sabemos dónde queremos llegar? ¿Se trata de conseguir generaciones bien pertrechadas para lo que les espera, o papás satisfechos de que sus hijos no hayan suspendido ninguna asignatura? ¿Qué debemos mejorar, las notas o los conocimientos?
  • ¿Contamos ya con el estamento docente que necesitamos o también en ese terreno hay que empezar por mejorar sus niveles de competencia, digan lo que digan las organizaciones que les representan?
  • Y en el escalón docente superior ¿Cómo nos las hemos arreglado para pasar de trece universidades a más de cien en menos de medio siglo? ¿De dónde hemos sacado tanto profesor? ¿Tendrá eso algo que ver con los irrelevantes lugares que asignan a nuestras universidades en las listas mundiales de la excelencia?
  • Y, volviendo al origen: ¿dónde dice que todo español por el mero hecho de serlo tenga derecho a ser titulado universitario? ¿Quién paga eso? Y, sobre todo ¿necesita España tanto titulado superior? Dicho de otra manera, dado que la enseñanza es muy cara, no para el alumno, sino para el contribuyente ¿qué es primero, el orgullo familiar de que el nene esté matriculado en Ciencias Políticas, o el correcto uso de los recursos escasos de un país pobretón como el nuestro?

En fin…

  • Yo ya no me veo examinándome, así que tampoco descarto que todos estos lamentos e interrogaciones sólo sean, una vez más, cháchara de viejos.
  • Auguro el próximo "avance": podrá mantenerse la beca (o sea la entrega de un dinero salido de los impuestos) aunque el beneficiario no supere las pruebas que habilitan para acceder al curso siguiente, ya sean exámenes clásicos, evaluación continua o resultados de sorteos en combinación con el cupón pro ciegos.
  • Cuando el recién licenciado acuda a su primer empleo, va a encontrarse con pruebas de selección, con exámenes, en definitiva, sea cual sea su contenido. ¿Podrá exigir su desaparición? Quizás, pero si no da la talla que se requiere, acabará en la calle. Buen momento para preguntarse de qué valió haber celebrado en su día la desaparición de los amargos suspensos.
  • Pero qué más da: cada nuevo Ministro, Ministra o Ministre de Educación que tome la palabra, hablará de que "estamos en presencia de la generación mejor preparada de la historia"; ya lo verán.


sábado, 13 de noviembre de 2021

 Los mesoneros

Viejas necesidades, nuevas formas

Grecia, Roma, Egipto, y no sé si los hititas, ya conocieron establecimientos donde el viajero, el forastero, el carente de casa propia, encontraba acomodo, mesa y lecho, donde reparar sus fuerzas.

Los que hemos llegado a eso que Jorge Manrique llamaba "el arrabal de senectud" recordamos las diferencias existentes que durante décadas, si no centurias, el común de la clientela era capaz de detectar entre unos y otros modelos de establecimientos donde podías matar el hambre a cambio de un dinero, poco o mucho, dependiendo dónde decidieras sentarte y qué quisieras comer. 

  • Mesones, casas de comidas, restaurantes de barrio, locales de postín, eran categorías sin una definición precisa pero que todos sabíamos identificar. Límites imprescindibles para elegir, si es que de eso se trataba, dónde y qué comer y cuánto pagar por ello. Y antes de sentarnos a la mesa elegida, sabíamos, más o menos, qué esperábamos encontrar.
  • La década de los 60, también "prodigiosa" en este terreno, alumbró la nouvelle cuisine, enseguida transportada a España de la mano de Juan Mari Arzac y sus epígonos. Y más o menos por entonces, empezamos a ver por nuestras ciudades establecimientos franceses, alemanes, italianos, chinos, los primeros japoneses, y las primeras hamburgueserías, versión transatlántica de lo que por aquellos pagos igual pensaban que era cocina.
  • Redondeaba el cuadro, el quehacer de un selecto grupo de críticos gastronómicos, algunos de ellos aún supervivientes, que ejercían su oficio bajo la doble premisa de saber de qué hablaban e informar al lector sobre calidades, precios e instalaciones. Los locales criticados iban del tres estrellas Michelin al chiringuito de playa y los platos comentados, del caviar al boquerón. 

Variedad que, no obstante, permitía rastrear características comunes

  • El comensal sabía de antemano qué podía esperar del sitio elegido y obraba en consecuencia: si optaba por casas de comidas, sabía dónde catar los mejores callos, la más suculenta paletilla de cordero, el cocido más recomendable Y elegías en consecuencia, hablo de Madrid, entre San Mamés, La Fuencisla o La Tasca Suprema. Nadie esperaba encontrar cartas parecidas, en el otro extremo del abanico, en Horcher que en Zalacaín, en Jockey que en el Club 31.
  • En consecuencia, cada establecimiento se afanaba en establecer diferencias con la competencia, en especializarse en algo que le hiciera único, no en amalgamar un bodrio de carta en la que estuvieran al mismo tiempo la fabada y el arroz a banda. 
  • No importaba el sitio, el cliente sabía que para el mesonero, él, el cliente, estaba por encima del lugar al que acudía. Y si no lo estaba, se sentía tratado como si lo estuviera. Así que elegía hora de sentarse a comer o a cenar y se levantaba de la mesa cuando le daba la gana.
  • Lo habitual, por último, es que el propietario del lugar fuera el guisantín que oficiaba en cocina. Si necesitaba dinero para mantener o ampliar su negocio, lo buscaba por los medios tradicionales, pero rara vez podía encontrarse una Sociedad Anónima detrás del rótulo de un restaurante; menos aún lo que ahora se llama "un grupo inversor"


Y entonces, llegó el turismo de masas, y la crisis, y la modernidad

Quiero empezar rindiendo un homenaje a las excepciones que siguen fieles a los viejos principios: afán por la diferencia, dedicación al cliente, negocio en manos del que te ha de dar de comer, críticos atentos a su función.

Siguen existiendo, pero se han quedado en minoría. Ahora arrasan otros criterios. Nuevos modelos que proliferan allá donde vayas. Hay variantes según niveles, pero todos compartan características parecidas.

  • La búsqueda de la rentabilidad, ha separado a propietarios y cocineros: sólo en algunos casos el segundo es, a la vez, el primero. No se trata de que el mentor del lugar deba estar mañana tarde y noche a pie de fogón, pero sí que el negocio sea controlado directamente por él. Y aún en estos casos, puede que terminen cayendo en lo mismo: descubrir una fórmula que le permita repetir el establecimiento una y otra vez, no importa en qué nivel de precios, calidades e imagen se mueva.
  • Buscar el beneficio antes que la atención al cliente, fulmina la originalidad: si se encuentra una buena fórmula, se repite una y otra vez. Podrás encontrar calidad aceptable aunque un tanto ramplona, pero olvídate de tus viejos privilegios; ahora es "la política de la casa" la que va a decidir no sólo a qué hora tendrás el privilegio de pagar por comer, sino hasta qué hora podrás seguir disfrutando de tu mesa.
  • El turismo de masas ha terminado con la búsqueda de la excelencia. Sencillamente, porque ya no es necesaria para la buena marcha, incluso para el buen nombre del establecimiento. Cuando uno recibe 83 millones de visitantes extranjeros ¿a quién le importa lo que opine un texano, un galés o un ruso de la calidad de unas patatas bravas? Ni lo sabe el cliente, ni le importa al dueño, porque hay media docena de japoneses esperando por esa misma mesa.
  • Adiós a las diferencias. Lo que ahora se busca es componer una carta universal que contente a una mayoría tan variopinta que conduce al despropósito. Han oído hablar de "cocina de fusión" y no saben de qué se trata. No intentan tomar un par de características de un plato libanés y otro gallego y elaborar una ceación distinta a las dos precedentes. No, la mayoría están convencidos de que "fusión", consiste en meter en la misma carta cachopo asturiano, chepa de cebú a la mozambiqueña y gusanos de seda en salsa vietnamita. Ningún restaurante que hoy pretenda estar al día se resiste a incluir en su oferta el sushi, el humus y el ceviche, junto a la paella, desde luego. Todos malos, por descontado.
  • ¿Qué fue de los viejos camareros? aquellos cincuentones, sesentones, incluso, que, te hablaban de usted, y eran capaces de retener en la memoria la comanda de seis comensales mientras colocaban el servicio de mesa, con la sonrisa en la cara. Profesionales que sabían de qué iba el plato que habías pedido o qué marcas de Ribera o de Rioja estaban disponibles. Suerte tendrás ahora, si el "camareta" que te  atiende es capaz de pasar de "tinto o blanco" como posibles clases de vinos. 
  • No todos pero buena parte de los críticos parecen vivir en otro planeta. Lees sus recomendaciones y parecería que en el pueblo del que escriben, hay arroyos por donde fluye leche y miel y atan a los perros con longanizas. Así que les lees y te asombra la frecuencia con que aparece el caviar en los platos que han merecido su elogio, lo bien que logra el punto de la gamba roja el belga que regenta ese restaurante donde tan bien les sale el risotto a la trufa blanca, lo gratificante que resulta maridar un buen foie con el sauternes que le recomendó la sommeliere y qué bien se remata el almuerzo con una lágrima de Ardbeg en vaso bajo y sin hielo, como corresponde a un malta tan exclusivo. Alguien puede plantearse dónde desayuna, come y cena el crítico a diario y quién paga todo eso.

De nada vale lamentarse

  • El tiempo no da marcha atrás. Aprendamos a movernos en un mundo donde el comensal cuenta menos que el que cobra por darle de comer, donde la mayoría de los que comparten local con usted no van a disfrutar del paladar, sino a ver y a ser vistos, y donde el camarero no tiene la menor idea de por qué tendría que hablarle de usted a los clientes.
  • Podría hablar de precios, pero sonaría a lamentos de  viejo. Pese a todo, una cosa es que "todo haya subido, ya sabe, primero la crisis y ahora La Covid", y otra que este verano, en Marbella, no sólo era imposible evitar que cuando pidieras paella te llegara a la mesa un engrudo infumable de arroz con cosas,  sino que el precio exigido podía superar los 25 € por persona.
  • No haga demasiado caso de los críticos. Fíese, mejor, del boca a boca, de la información que pueda llegarle de amigos de cuyo sentido del gusto se fíe y, hágame el favor: cuidado con dar demasiada difusión a sus hallazgos, porque muchos de los mejores restaurantes de cualquier país, acaban muriendo de éxito. Busque lo bueno y deje lo mejor para quienes creen en su existencia. 





sábado, 6 de noviembre de 2021

 Hay días en que más vale quedarse en casa


Madrid, viernes, 5 de noviembre a eso de las 11’30

Nos pareció una gran idea acercarnos al centro para ver cómo había capeado la pandemia el corazón de Madrid. Tomamos el autobús, el 150 para ser precisos. 50 minutos después, habíamos conseguido llegar a la Plaza de Colón.

—¡Es que hay una manifestación! -nos dijeron. La infinita ristra de vehículos detenidos, haciendo sonar muchos de ellos sus cláxones, se perdía en la distancia.

Obras, muchas obras, y más automóviles que nunca. Y, para remate de fiesta, ¡La Manifestación! No sé cuáles fueran sus reivindicaciones, ni tengo ningún interés, ni talante adecuado para cuestionar el derecho de manifestación. 

Solo, cuando caminábamos desde Colón a Sol, que era nuestro destino, recordé que hace años, en este mismo blog, había sugerido que Madrid necesitaba un manifestódromo. No sirvió de nada, así que vista la perentoria necesidad de dar cauce simultáneo a las protestas de los ciudadanos y a su derecho a deambular por las calles cuando y como quieran, reitero lo dicho en aquella ocasión, por si en ésta los hados me son mas propicios.


VIERNES, 28 DE FEBRERO DE 2014


Madrid necesita un manifestódromo

 

¿Qué de qué?

 

¡Un manifestódromo! eso es lo que creo, y no es de ahora. La Srª Botella, Alcaldesa por carambola y porque su predecesor no quería morir sin ser Ministro, ha dicho que hay que ir pensando en restringir el derecho de la ciudadanía a manifestarse a troche y moche por las zonas nobles de Madrid.

 

Razones no le faltan, que un día sí y otro también, los habitantes de la Villa y Corte nos vemos molestados por manifestantes de toda laya y condición, que cuando no protestan contra un Ministro es porque lo hacen contra el Presidente del Gobierno, contra la mismísima Alcaldesa, o contra les empresas que les matan el hambre y no saben agradecerlo. Así no hay manera de vivir en paz.

 

Los manifestantes gritan, corean estribillos memos, a veces soeces, y casi nunca ingeniosos. Cuando se van, lo dejan todo perdido de papeles, colillas, restos de pancartas y cascos de botellas o latas de bebidas. En no pocos casos, deterioran el mobiliario urbano e, incluso, la pagan con escaparates, preferentemente de Bancos y Empresas tan modélicas como ellos.

 

Para fin de fiesta, gentes apandilladas, ("antisistema" los llaman los periódicos) hasta se enfrentan con las Fuerzas de Orden Público que, como todo el mundo sabe, ni siquiera pueden utilizar los más suaves medios de contención de la chusma, como pelotas de goma, botes de humo, porras que ni siquiera son de acero, o chorros inocentes de agua a presión. En vez de agradecer la ducha gratuita, se defienden a palos y pedradas y después denuncian a quienes ellos agredieron.

 

De manera que la Señora Botella, cree que ya está bien de aguantar tanto desmán. Y yo, con ella, pero un paso más adelante: como la Constitución en alguno de sus Artículos sobrantes habla del derecho de manifestación, se trata de arbitrar algún ingenioso método que permita deshacerse de las molestias, sin vulnerar nuestra Carta Magna.

 

Con la excepción de la que hablaré al final, habría que prohibir toda manifestación que no se celebre en los lugares habilitados al efecto:


El Manifestódromo

 

Imaginad por un momento que en el lugar adecuado, el Sur de la Capital, desde luego, para que a los manifestantes les fuera más sencillo y más barato desplazarse hasta él, se construyera una gran avenida, flanqueada por edificios de cartón piedra, al modo de decorado Samuel Bronston, con reproducciones de los más emblemáticos edificios de la Capital, incluyendo, por supuesto, las fachadas de los Ministerios más visitados y por algún que otro escenario propicio.

 

Seguid imaginando que este decorado estuviera dotado con los más modernos medios audiovisuales para poder ofrecer en directo y/o en diferido imágenes de los manifestantes.

 

¿Qué mejor sitio para dar rienda suelta a las legítimas protestas de los despedidos, de las mujeres a las que tan poco les gusta el predecesor de la Alcaldesa, de los sanitarios que prefieren lo público a lo privado, de los estudiantes que no comulgan con el Ministro Vert, a los que una semana u otra se creen agraviados por el precio que les pagan por la leche, las patatas o los pollos, o por las intenciones de los Bancos de echarles de sus casas, cuando, por su mala cabeza, resulta que incumplen sus compromisos y no pagan la mensualidad de la hipoteca. (hago a los lectores la merced de cerrar aquí la lista de posibles manifestantes, porque igual tienen cosas que hacer antes de que amanezca) ¡Y tendrían garantizada su presencia en todos los noticieros de todas las cadenas públicas, privadas y mediopensionistas!

 

El Cuerpo de Manifestantes del Estado

 

Ocurre, no obstante, que digan lo que digan algunos, la mayoría, la inmensa mayoría de los manifestantes son unos aficionados, no tienen profesionalidad alguna y así pasa lo que pasa, que la mayoría de las manifestaciones son auténticas chapuzas.

 

Hay, pues, que crear, el Cuerpo de Manifestantes del Estado. Todos son ventajas:

-  Se crearía empleo, cosa que en la situación que vivimos, no vendría nada mal.

- Dejaríamos la tarea de manifestarse en manos de profesionales que podrían ser formados con cargo a los Fondos Europeos de Formación (Visto lo visto, me parece este destino, mucho mejor que el de engrosar las cuentas corrientes de media docena de desaprensivos).

- Daríamos lugar a una nueva Carrera Administrativa, que, con el tiempo, podría llegar a ser universitaria, con distintas especialidades: Manifestante a pelo (subdivididos en protestones y agentes del orden); Redactores de consignas, Confeccionadores de pancartas, Lecctores de manifiestos, Impresores de pegatinas, Diseñadores de gorros y camisetas alusivas, y puede que hasta media docena de profesiones más.

-  Sería rentable: Los manifestantes se ahorrarían los costes de desplazamientos, no tendrían que soportar los descuentos salariales, porque habrían ido a trabajar (tiempo tendrían de ver su manifestación por televisión a la hora de cenar o en el bar con los de su cuerda). Las empresas ya no tendrían que quejarse de la pérdida de productividad, lo que no sé si daría para subir los salarios, pero al menos mejorarían sus cuentas de resultados.

 

Para acallar las protestas de los manifestantes incondicionales, que haberlos haylos, habría que admitir la posibilidad de manifestantes espontáneos en el Manifestódromo, siempre que sólo asumieran tareas sencillas y que pagaran un modesto canon como precio por ver satisfecha su afición.

 

El espinoso asunto de la financiación

 

Tripartita, como la Seguridad Social: Una parte la pagarían las empresas, que, como ya se ha dicho, mejorarían sus resultados, otra parte los Sindicatos, que, por lo general, suelen estar detrás de casi todas las manifestaciones, y la tercera los vecinos de Madrid en base a un nuevo Impuesto que nadie dudaría en pagar, vistas les inmensas ventajas del novedoso escenario.

 

Eso sí, habría que preguntar antes a Bruselas si se puede hacer o no lo del Impuesto Municipal de Manifestaciones Localizadas, si cabe o no cabe en los Tratados Internacionales, no vaya a ser que acabe pasando como con la pepla del céntimo sanitario. O sea, que Gallardón, que fue el primero en implantar la brillante idea para sufragar la Sanidad, mejor que no diga nada.

 

Esos ingresos "fijos", pagarían los gastos de mantenimiento del Manifestódromo y las nuevas inversiones en tecnologías de última generación, pero, además, como, según mi idea, podrían contratarse distintos modelos de manifestación, los convocantes tendrían que pagar una tasa proporcional al modelo elegido. Por ejemplo.

-  Manifestación pacífica, sin alteración de orden público, media docena de pancartas y 1.000 manifestantes. (No se necesitan tantos como en la realidad actual, porque las cámaras de televisión y los ordenadores, hacen milagros).

 

-  Manifestación de alto nivel de reivindicación, con discreta presencia de antidisturbios, docenas de pancartas, banderas de todos los tipos menos la española, 2.500 manifestantes y gritos enfurecidos durante y al final del evento.

 

-  Manifestación multitudinaria, con serios enfrentamientos con las Fuerzas del Orden, pelotazos de goma (falsa, serían de gomaespuma), botes de humo (con olor a mandarina), quema de contenedores (de cartón), destrozo de lunas y cajeros automáticos y presencia de ambulancias, alguna camilla y un grupo de especialistas del Cuerpo de Manifestantes, sangrando como cochinos en día de matanza. Los comentarios en los telediarios se harían en ese tonillo entre alarmista, indignado y compungido que se guarda para estas ocasiones.

 

Una comisión especial del Ayuntamiento estudiaría las tarifas aplicables, que serían aprobadas en un Pleno Extraordinario.

 

Excepciones a la regla

 

Fuera del Manifestódromo, y en la Plaza de Colón en concreto, sólo se autorizarían las siguientes manifestaciones y/o concentraciones:

 

-  Las derivadas de algún triunfo memorable de Selecciones Nacionales de Deportes mayoritarios.

-   Las convocadas en defensa de valores tradicionales, especialmente si cuentan con la presencia de Jerarcas de alguna confesión religiosa de amplio arraigo, o con la de Miembros relevantes del Ejecutivo.

-  La provocada por el final de la Vuelta Ciclista a España (por el momento, y hasta que se decida que la Vuelta termine en Rodrigatos de la Obispalía, León)

-  La del desfile militar del día de las Fuerzas Armadas.

 

El broche final: la privatización del servicio

 

Pasaría el tiempo, el espíritu fundacional se perdería, los Funcionarios del Cuerpo de Manifestantes se volverían inútiles, y los costes serían inasumibles.

 

En ese preciso momento, el servicio al completo se privatizaría, se reduciría el personal, los gestores privados (la empresa, sólo sería una coincidencia, resultaría ser de un preboste del equipo que en ese momento rigiera el Ayuntamiento) anunciarían grandes mejoras en las prestaciones de la Empresa "Manifestaciones Públicas S.A.", y, en lógica correspondencia, tarifas triplicadas respecto a las que se pagaban hasta ese día.

 

El Alcalde o Alcaldesa de entonces, daría una rueda de Prensa, diciendo que, para empezar, ahora más que nunca, se está garantizando el derecho constitucional de manifestación, y que, además, la medida rebaja los costes del Ayuntamiento, que a partir de ese día Madrid tendría un Servicio como ninguna otra ciudad de nuestro entorno, y que gracias a ella, y pese a los intentos obstruccionistas de la oposición, Madrid está cada día mejor.

 

¿Alguien conoce a la Señora Alcaldesa para hacerle llegar esta sugerencia?