martes, 21 de junio de 2016

Federico García Lorca, Vicente Aleixandre

y la desidia de las Administraciones.

Entre el recuerdo y la indignación.

En el número 3 de la calle Vicente Aleixandre, antes Velintonia, sigue existiendo, como un milagro, la casa del último Premio Nobel de Literatura nacido en España.

A las 8 y media de la tarde del viernes 17 de junio, la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre había convocado un homenaje a Federico García Lorca. Más de doscientos admiradores de ambos genios, poetas, historiadores, actrices y actores, editores, gestores de asociaciones culturales, traductores, familiares de Vicente Aleixandre, admiradores de ambos genios,  en definitiva, nos dimos cita en el jardín de la que fue casa del Nobel.

Allí, entre esas paredes, en el mismo jardín en el que nos acomodamos, se escribieron cientos de poemas, se habló de poesía, de política, de arte. Por aquella casa pasaron autores inmortales por más que las tornadizas veleidades del azar la tengan ahora olvidada para el gran público y, desde luego, para los poderosos.





Tuve el privilegio de estar presente en el acontecimiento con mi mujer, sobrina nieta de Vicente Aleixandre. Me senté bajo el cedro que en tardes memorables dio sombra a pláticas asombrosas del anfitrión con los colosos de la generación del 27, y con otros nombres que llevaron las letras hispanas  a cumbres que sólo mirando al Siglo de Oro pueden encontrarse.

Mi imaginación me hizo ver bajo ese mismo cedro a Pablo Neruda, a Juan Ramón Jiménez, a Federico, a Miguel Hernández a... ¿Para qué agotar el catálogo? ¿Alguien tiene noticia de otro árbol en cualquier lugar del mundo bajo cuyas ramas hayan conversado tres Premios Nobeles de Literatura, y otros, como Federico, como Miguel, que bien podrían haberlo sido?

Fueron casi cuatro horas. Nadie se movía de los asientos. La noche refrescaba, nos protegíamos como podíamos del relente de Madrid, pero allí seguíamos todos.

La voz de Vicente Aleixandre llegó hasta nosotros. Dos grabaciones nos trajeron el eco de sus palabras sencillas, profundas (oí a mi mujer decirme que recordaba, sobretodo, el timbre de la segunda, correspondiente a unos tiempos en los que ella visitaba a su tío acompañando a su padre).

Y Charo López nos regaló su voz cálida, grave, sugerente, contenida, leyendo la prosa del Nobel mientras la tarde caminaba hacia el ocaso.




  Después... Francisca Aguirre, el maestro Ian Gibson, Amaya Aleixandre, Vicente Molina Foix, Gabriele Morelli, Javier Lostalé, Manuel Rico, Miguel Losada, Juan de Loxa, tantos nombres señeros de las letras, de la poesía española, desgranaron sus recuerdos de Federico, de Vicente, leyeron textos de los dos grandes de la poesía española, mientras escuchábamos las notas de "La Tarara" y fragmentos de "La leyenda del beso" con Rosa Torres-Pardo al piano.



Hablaban bajo el cartel que pendía de la balconada de la casa de Aleixandre, frente al cedro, ante los más de doscientos asistentes que seguíamos atentos, sin respirar casi, esperando que la palabra de quien nos deleitaba con sus intervenciones, se mezclara con el rumor del verbo de quienes años atrás conversaban en el jardín.

Allí, prendidas en las ramas del cedro, escondidas entre los arbustos de ese jardín que había conocido tiempos mejores se escondían los ecos de otras voces. El timbre cascado de Neruda, la voz luminosa de Federico, el tono encendido de Miguel, ¡tantos otros!

Y los asistentes, atónitos, olvidamos la precariedad del escenario, más próximo a la penurias de "La Barraca" que a los fastos reservados para los teloneros de la cultura, los voceros del Poder que siempre han disfrutado de las sinecuras que se adjudican a los turiferarios de cualquier avatar de la política pequeña y miserable.

La noche seguía camino del siguiente día cuando Patxi Andión, primero, y Amancio Prada, después, cantaron a Federico. Voces de siempre, voces que siguen ahí, al servicio de la Cultura Grande, manteniendo sus trayectorias, lejos de los triunfos reservados a los pelafustanes rascatripas  beneficiarios de éxitos coreados en escenarios multitudinarios





Fueron cuatro horas ¡Cuatro horas! de homenaje a la palabra eterna, la que llegó al corazón de lectores apasionados que mantienen en los cuatro puntos cardinales la memoria viva de Dioses que nos regalaron la belleza, la queja, el inconformismo, el amor por el amor, el camino nuevo hasta el cielo de la poesía que llega directa al sentimiento, que ennoblece la razón, que eleva al que es capaz de saborearla hasta las cumbres que sus autores descubrieron.

Nadie abandonaba su lugar. El silencio, la absorta atención al verso bien dicho, la comunión con las emociones de quienes vivieron momentos mágicos junto a los colosos que se recordaban esa noche, no parecían prestar atención al tiempo transcurrido.

Fue una velada memorable. Una más de las que nos ha regalado el afán constante, el trabajo ímprobo de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Una organización cuyos logros lo son por el quehacer diario de quienes luchan contra la incuria, el olvido, la dejadez imperdonable de quienes deberían suplir con sus abundantes medios la carencia de recursos de un grupo de seguidores entregados a quien tanto nos dio.

La desidia del Poder.

Escuchamos varias y fundadas quejas sobre el estado tambaleante de la casa de Velintonia 3. Alejandro Sanz, Presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre y muchos otros de quienes intervineron, clamaron pidiendo ayudas que no llegan.

Creo que ninguno de los presentes se ha extrañado nunca de que el Régimen salido del Golpe Militar del 18 de Julio, llegado el caso se hubiera olvidado de Velintonia, que olvidara a Federico, que no prestara atención al paso de Juan Ramón, de Neruda por la casa de Vicente. ¿Cómo hubieran podido homenajear a Federico quienes terminaron con él de tan mala manera? ¿Qué razón habría para salvar del olvido a los que fustigaron su trayectoria, a quienes jamás se arrodillaron ante las botas del vencedor? Hasta habría que agradecerles que, por una vez, olvidaran sus furores y dejaran morir en paz a quien vivió siempre libre.

Luego... Luego nos convencieron de que había llegado la democracia. Vicente Aleixandre murió en 1984 ¿No era el momento de remediar tanta inquina? No, al parecer no lo era.

Madrid ha tenido desde entonces muchos Alcaldes y de muy distinto color. Vicente Aleixandre se fue con sus Dioses, se reencontró, allá donde esté, con sus amigos muertos, pero aquí, entre los mortales, todo siguió igual.

Pasó por la Alcaldía alguien cuyo único mérito había sido ser el segundo de a bordo de quien murió en el cargo, otro que manifestó más preocupación por la marcha en la Liga de Fútbol de los equipos madrileños que por la tragedia de los Balcanes; un superviviente de la Transición de difícil recuerdo, y un megalómano que consumió cientos de millones en procurarse una sede a tono con su ego; después, una Señora cuyo mérito principal fue el de ser esposa despilfarró caudales buscando unos Juegos Olímpicos para Madrid; tampoco ocuparse de la casa de Vicente está siendo tarea digna de atención para la Alcaldesa actual.

Presupuestos Municipales cercanos a los cinco mil millones de Euros, no parecen ser suficientes para dedicar un puñado de monedas a recuperar la casa que dio cobijo a poetas y estudiosos de varias generaciones, desde los precursores de la Generación del 27 a Los Novísimos. A recuperarla y destinarla a algún fin cultural que la ponga al servicio de los madrileños, de los españoles, del mundo entero. 

Hubo dinero, 500 millones, para remodelar la sede del Ayuntamiento; no faltaron recursos para mantener una flota de 267 coches oficiales, o para pagar a 260 asesores conmilitones de quienes mandaban. Una y otra vez se malgastaron recursos para traer a Madrid una Olimpiada que nunca llegó. ¿Y para el gran templo de la poesía? ¿La poesía? ¿Cuántos votos acarrea la poesía?





Y, por lo que se refiere a la Comunidad de Madrid, (¿necesitamos esa Institución?) tampoco ha habido un resquicio donde colocar una partida que atienda a Velintonia dentro de un presupuesto de casi veintiunmil millones. Hay dinero para levantar polideportivos cuyos aforos son superiores al padrón municipal, para subvencionar festivales donde cuatro haraganes dicen que cantan, para el día de la bicicleta, y para la maratón, la media maratón y el cuarto de maratón; y para lo que a cada cual se le antoje. Y para engordar las cuentas de la nutrida nómina de sinvergüenzas que saquean a diario el bolsillo de quienes asistimos perplejos a tanto despropósito.

Es asombroso que un acto como el del viernes dependa del entusiasmo de cuatro alucinados que siguen pensando que España está en deuda con sus poetas. Es asombroso que hasta las monjitas vecinas de Velintonia 3 hayan colaborado permitiendo que el consumo eléctrico de reflectores y equipos de sonido se carguen a su propia red. Es asombroso que en plena efervescencia electoral nadie, ningún Partido, ningún político dedique un segundo de su tiempo a velar por la supervivencia de un símbolo, del sustrato físico del prodigio que se vivió en ese jardín descuidado, porque no hay medios para mantenerlo.

Sólo personas como Alejandro Sanz y sus asociados, como Amaya Aleixandre, siguen en la brega diaria de mantener en pie  el templo de la poesía.

Sí, es asombroso, pero explicable. Los valores, las ideas, el modo de estar en el mundo de quienes homenajeábamos el viernes nada tiene que ver con los intereses de quienes pretenden convencernos de que son la encarnación de la democracia. 

Y, sin embargo, somos legión los que seguimos creyendo que la poesía es un arma cargada de futuro, de que si muere el cantor...

Pese a todo, quiero ser generoso y dedicar a los responsables de tanto olvido un sencillo poema de Leonard Cohen, autor varias veces citado el viernes: 


"Te dedico esta canción
a ti, señor del mundo,
que lo tienes todo, 
menos esta canción" 

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