jueves, 17 de enero de 2019

Las cosas por su nombre (II) Hablemos de Vox

Examinando a Vox

Tal como comentaba en mi último post, estoy intentando analizar los planteamientos teóricos de Vox y de Podemos, extremos por uno y otro lado del arco parlamentario andaluz, por el momento, y, con toda probabilidad del panorama nacional a partir de las próximas elecciones generales.

Por lo que se refiere a esta entrada, tras un examen genérico sobre el uso más o menos correcto del términos “fascista”, cada día más un insulto antes que un referente político concreto, comentaré qué puede extraerse de los documentos producidos por Vox, para lo cual, entre hoy y la próxima entrega, analizaré los siguientes capítulos.

  • El modelo de Estado (en este post)
  • Las libertades
  • La economía
  • Mujer y familia
  • Las relaciones internacionales
  • La Historia

Para terminar con un pequeño capítulo de conclusiones, antes de ocuparme de Podemos.

¿Es correcto tachar a Vox de fascista o nacionalsocialista?

La formación de moda en el panorama político español carga o disfruta, que de todo hay, con una amplia gama de calificativos. En esta España tan aficionada desde siempre a definirse por sus fobias más que por sus filias (Los bandos enfrentados en la Guerra Civil  se definían por el odio al enemigo, más que por amor a su causa, con lo que todo acabó en una contienda de antifascistas contra anticomunistas) tan frecuente es oír ensalzar a Vox por lo que tiene  de anti izquierdismo, como vituperarla por su anti feminismo.

El problema a la hora de calificarla con la mayor exactitud posible es que hasta el momento sólo contamos con declaraciones programáticas o con manifestaciones verbales, muchas de las cuáles han sido hechas al calor de una campaña electoral. Falta la prueba de la verdad: su comportamiento en el ejercicio del poder o sus hechos concretos si de lo que se trata es de oponerse a una ideología rival.

Quizás lo más parecido a lo que echamos en falta es el modo en el que Vox ha pactado con el PP en Andalucía y el resultado escrito de ese pacto. ¿Es o puede ser significativa la cesión de terreno de que ha hecho gala Vox desde su maximalismo inicial hasta el contenido del documento firmado? ¿Táctica o debilidad? Y también un par de declaraciones recientes que muestran una preocupante tendencia a falsear la realidad si con ello se apuntala el programa.

No se puede decir, por ejemplo, que la Junta de Andalucía protege a “más de 52.000 inmigrantes ilegales” sin dar la menor prueba de lo que se pregona. No se puede asegurar que por cada cuatro mujeres víctimas de lo que Vox llama violencia doméstica, hay un hombre, marido o amante, maltratado por su pareja, añadiendo a continuación que “lo que pasa es que estos datos se ocultan”. Si se ocultan y pese a todo se conocen, o se demuestra el dato, o estamos autorizados a pensar que el que lo dice miente.

Para intentar aclarar si es correcto o no calificar de fascista a Vox, contamos, pues, con un buen rimero de declaraciones, un pacto suscrito en Andalucía con el Partido Popular y, sobre todo, con el documento elaborado por el Partido denominado “Cien medidas para la España viva”. Habrá, por tanto, que comparar los postulados teóricos de Vox con los fundamentos básicos del fascismo o del nacionalsocialismo.

Un inciso: en aras del principio de economía del lenguaje, a partir de ahora englobaré en el término “fascista”, tanto el fascismo propiamente dicho, es decir, el régimen nacido en Italia en los albores de la década de los años 20, como al nacionalsocialismo alemán, aún siendo consciente de las notables diferencias entre ambos.

Si se trata, en definitiva, de establecer los límites entre derecha democrática y  fascismo, habrá que empezar por definir los elementos característicos del segundo. Sin ánimo académico alguno, he aquí algunos de estos elementos definitorios:

  • Totalitarismo. El fascismo entiende que el Estado fascista tiene que ser capaz de dar solución a la totalidad de los problemas que afectan al ciudadano y al país, y que, por tanto, tiene no el derecho, sino la obligación de intervenir en todos y cada uno de los aspectos de la vida, no sólo en el ámbito político o público, sino, en ocasiones, en el privado. No obstante, como luego comentaré, el concepto de “totalitarismo” en sentido estricto no es monopolio del fascismo. Desde el extremo contrario también se aspira a solventar la totalidad de los problemas individuales y colectivos.
  • Supeditación del individuo al Estado, lo que comporta la capacidad de éste para eliminar todo aquello que pueda obstaculizar la consecución de los objetivos políticos (supresión de libertades públicas -Partidos y Sindicatos- desaparición de la libertad de prensa, de reunión, de asociación, de manifestación, subversión de los principios generales del Derecho…)
  • Eliminación de la división de poderes. Los Tribunales y el sucedáneo del Poder legislativo, cuando exista, dependerán del poder ejecutivo, ejercido por el Partido único, a cuyo frente, como un Dios, hay un líder que todo lo gobierna, encarnación viva de todos los poderes e identificado con el Estado, con el pueblo que lo forma y con la Historia que, siempre, se ha reescrito a su servicio.
  • El Derecho es una herramienta más al servicio del ideal fascista. Desaparecen conceptos básicos cuya conquista costó siglos de evolución: la irretroactividad de las leyes penales, la presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo, la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley, por ejemplo.
  • Racismo: con distintos matices y grados de intensidad, fascismo y racismo van de la mano, ya sea en su versión extrema (caso del nacionalsocialismo) o en el más moderado ejemplo italiano. La raza es señal de identidad del grupo dominante y no respetar su pureza es, sencillamente, delito de alta traición.
  • Militarismo imperialista: el destino universal del pueblo elegido es tan evidente, que el papel del resto del mundo, de los pueblos que lo forman, no es otro que el de servir a los intereses sagrados de ese pueblo, cuya raza es la culminación del proceso evolutivo de la especie humana.
  • Subordinación de la economía y de totalidad de las fuerzas productivas a los intereses de la nación entendiendo por tales, los que así define el líder supremo, llegando a considerar delito de lesa patria cualquier actividad contraria a esta concepción, como la huelga, por ejemplo.

Todos estos elementos -la lista no es exhaustiva- estaban en los documentos programáticos fundacionales de los movimientos fascistas del período de entre guerras, o en textos legales tan tempranos como el Fuero del Trabajo español (véase a este respecto, en cuanto al papel de la producción en el Estado Nacional Sindicalista la Declaración VIII, 3 y la XI, 1). Pasaron los años, pocos por cierto, y cuando los Partidos fascistas llegaron al poder, los pusieron en práctica.

Veamos, de una vez, qué propone Vox a la ciudadanía española y hasta qué punto merece o no ser catalogado como un movimiento fascista. Una última observación: ni antes ni ahora pretendo utilizar el término “fascista” como insulto, sino en su sentido estrictamente político.

Las 100 medidas vistas en su conjunto y algunas que muchos aceptarían.

Son tantas, 100, que tiene que haberlas para todos los gustos. No creo que haya programa político alguno, sea el que fuere, que no incluya alguna propuesta que goce del beneplácito del más acérrimo de sus detractores. El documento, por otra parte, mezcla propuestas de gran calado, sean de nuestro gusto o nos saquen de quicio, con otras de mucho menor fuste.

Entre las primeras:
  • Desarticulación del Estado de las Autonomías y vuelta a un Estado centralizado (Punto 6)
  • Política restrictiva en materia de inmigración (Puntos 14 al 16, 26 y 59, entre otros)
  • Euroescepticismo manifiesto, que nos pondría a un paso del “Hispabrexit” (Punto 33, y 96)
  • Posición anti feminista, por más esfuerzos que se estén haciendo para tranquilizar a la ciudadanía (Punto 70)
  • Neoliberalismo económico (Puntos 39, 40, 42, 45, 46, 47, y 53, este último, relativo al sistema público de pensiones, especialmente significativo)

Y entre las segundas:
  • Publicación de datos sobre origen y nacionalidad de delincuentes (Punto 31) 
  • Protección de la caza y la tauromaquia (Puntos 67 y 68)
  • Control de lobbys, oligarquías y caciques (Punto 83)

Una posible relación de medidas que recabarían una aceptación generalizada, podría incluir:
  • Defensa de la lengua española (Punto 4)
  • Reforma del sistema electoral (Punto 11)
  • Diseño de un nuevo Plan Hidrológico (Punto 34)
  • Reducción drástica del gasto público (Punto 35)
  • Sistema centralizado de compras de la sanidad pública (Punto 58) 

Carencias llamativas
  • Las relaciones con la Iglesia Católica. No hay duda alguna de que el ideario cristiano es la fuente de inspiración de varios de los puntos del programa, pero una cosa es el cristianismo y otra la Iglesia católica como organización, y es la falta de referencia alguna al modo de relacionarse el Estado con la Iglesia lo que me ha llamado la atención.
  • El papel de los medios y redes de comunicación social y la forma de relacionarse con ellos. Tampoco hay punto alguno que se refiera al importantísimo mundo de los medios de comunicación. Ni una palabra sobre qué esperaría Vox del papel, por ejemplo de los medios de comunicación en manos públicas o sobre la necesidad o no de algún género de control sobre las redes sociales.

El modelo de Estado

El programa de Vox, propone desmantelar el Estado de las Autonomías y la vuelta a lo que se denomina “Estado de Derecho unitario” (punto 6, ya citado). Hay, además, una referencia explícita al caso catalán, promoviendo “la intervención de la Generalitat hasta que el separatismo haya sido derrotado sin paliativos y se hayan depurado responsabilidades”. Esta propuesta es la número 1, lo que indica que es algo más que una posición coyuntural.

Supongo que los dirigentes de Vox saben que volver a “un solo Gobierno y un solo Parlamento para toda España”, exigiría una reforma de la Constitución, por el camino largo, es decir el que exige mayoría cualificada en el Parlamento, referéndum, convocatoria de elecciones generales, etc. Ocurre, no obstante, que son tantas las propuestas que terminarían exigiendo una reforma constitucional, que es algo que debe darse por descontado.
Habla Vox de un paso previo: Hasta tanto se alcanza el ideal de Estado centralizado, conseguir la “devolución inmediata al Estado de las competencias de Educación, Sanidad, Seguridad y Justicia limitando en todo lo posible la capacidad legislativa autonómica”
Hay un problema no pequeño en la ejecución de este aperitivo, salvo se acuda a la ya citada reforma constitucional, algo que, si se trata de un paso preliminar, no parecería lógico: el Título VIII de la Constitución, no tiene previsto el procedimiento para “devolver” competencias al Estado. Lo que no significa que no pueda pedirse o, incluso, hacerse, pero ¿De qué forma? ¿Habrá que ir modificando todos y cada uno de los Estatutos? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué mayorías espera tener Vox en cada autonomía hasta que el paso previo quede concluido? 
Bien, ésta es la propuesta. Clara, concisa, fácil de entender, y complementada por algunas otras medidas que, de suyo, estarían incluidas en la mayor. Me refiero a la supresión del cupo vasco o del régimen foral navarro. Una medida que, de alcanzarse, supondría un vuelco histórico en la trayectoria que se inició hace cuarenta años.
Pregunto por primera vez: ¿Es esto fascismo?
No necesariamente. Al menos a mí no me parece una conclusión evidente. El centralismo político y administrativo es una opción tan admisible y tan democrática como su contraria. Francia, por ejemplo es ferviente defensora del modelo. El centralismo será democrático o totalitario no en sí mismo, sino en función de la relación entre el Poder y el ciudadano y entre los tres poderes del Estado entre sí.
El federalismo, mayoritario entre las potencias occidentales, tampoco es garantía de democracia: la Unión Soviética fue, al menos en el papel y según sus textos constitucionales, una  Federación, por asimétricas que fueran las relaciones entre el poder central y según qué repúblicas soviéticas.
Por lo que se refiere a nuestro país, sería una simpleza histórica inadmisible identificar centralismo y franquismo. España, con la excepción de la primera República y, tímidamente, de la segunda, ha sido históricamente desde el advenimiento de los Borbones un Estado centralizado. Antes una Monarquía absoluta. Antes… ¿Era España en el sentido moderno del termino?
Mi impresión en cuanto al modelo de Estado, es que el programa de Vox en este punto concreto, no es fascista. Algo que no equivale en absoluto a homologarlo con las derechas europeas o españolas que alardean de centristas. Cuando la derecha alemana o francesa necesita pactar, lo hace a su izquierda, no a su derecha.
Cuestión diferente es cuál pudiera llegar a ser el comportamiento del Partido si tras una hipotética llegada al poder, saltara sobre los requisitos constitucionales para modificar el texto de la propia Constitución. Pero eso sería aventurar una hipótesis que ahora mismo no hay que dar por supuesta.
Como advertí, dejo para posteriores capítulos el examen del resto de los puntos que cité, y, como es natural, mis opiniones finales sobre lo que a mí me está pareciendo VOX hasta el momento. 















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