La segunda estrella
La alegría de un país
Por segunda vez, dieciséis años después, la selección masculina de fútbol española ha conseguido hacer olvidar a todo un país las amarguras individuales y colectivas que nos acompañan a diario. España ha vuelto a ganar el Campeonato Mundial de fútbol y al compás de las evoluciones de nuestros jugadores, se han emocionado desde los miembros de la Casa Real, hasta el más humilde menestral del último rincón del país.
¡El fútbol! Mucho más que un deporte, cultura, pasión, negocio, seña de identidad en según qué colectivos, dicen que, incluso, religión para algunos países. Vehículo emocional que ha sacado a la calle a cientos de miles, a millones de ciudadanos de toda laya y condición para festejar como propia una hazaña que ha estado al alcance de muy pocos, ocho países para ser precisos, tres sudamericanos y cinco europeos.
Algunos comentarios
- Nuestra selección, veintiséis jugadores con una edad media de 26’73 años, una de las más jóvenes, la sexta entre cuarenta y ocho, ha practicado el mejor fútbol que se ha visto en este interminable torneo.
- Luis de la Fuente, el seleccionador, ha conseguido algo que es muy poco frecuente: diluir las individualidades en favor del concepto de equipo y lograr que en más de dos y de tres casos (permítanme que no dé nombres) sus jugadores hayan rendido muy por encima de lo que acostumbran hacerlo en sus clubes de origen.
- Al mismo tiempo, la columna vertebral del equipo, sus mejores hombres, han sabido estar a la altura de sus mejores tardes. Por ello, los premios al portero menos goleado, al mejor jugador joven y al mejor jugador del torneo han recaído en futbolistas españoles.
- El equipo fue progresando de menos a más para llegar a los dos últimos partidos, ante Francia y Argentina, los dos "cocos" del torneo, con un aplomo y un saber manejar las situaciones magistral.
- Volviendo la vista atrás ¿Recuerdan con qué fruición criticaron muchos a Luis de la Fuente cuando España empató con Cabo Verde el primer partido? Menos mal que algunos recordaron que la primera estrella la ganamos al final de un torneo en el que perdimos el primer partido.
Saber ganar y saber perder
- Argentina, aspirante a su cuarta estrella, un equipo (por utilizar la terminología oficial) con Messi y una cuadrilla en la que abundaban los matones callejeros, perdió el partido y, lo que es peor, perdió los papeles.
- España cortocircuitó a Lionel Messi al que apenas llegaron balones en condiciones de hacer daño y soportó con auténtico estoicismo la agresividad gratuita de una plantilla que no logró tirar ni una sola vez entre los dos palos en los 120 minutos que duró el encuentro. Por eso, porque España jugó mejor, perdió Argentina el partido. Parece que fue demasiado para su soberbia.
- Y lo que es inconcebible en un grupo que se dice profesional, no sólo no se acercó a felicitar al rival que le había dado una lección de fútbol, sino que, terminado el partido, agredió a varios rivales y se fue a contemplar a su hinchada, de espaldas al acto de entrega de trofeos. Hago la expresa excepción del gran Messi, que en ningún momento se sumó a esa actitud.
- Así que la supersticiosa actitud del Presidente Milei, que había prometido un día de fiesta nacional cuando sus muchachos volvieran con el trofeo, se perdió el palco de Trump y quedarse en su casa ante el televisor no le sirvió de nada.
- Leo que la cosa no ha quedado ahí. Negando la evidencia, el mejor juego del equipo español, corren de boca en boca teorías conspiranoicas que pretenden explicar la derrota en base a una siniestra maniobra de la FIFAo de quién sabe que diabólica conjura. ¿Por qué contra Argentina, por qué a favor de España? Eso es lo que no se explica. Hace no tanto tiempo en el gran país hispanoamericano se bebía de fuentes más preclaras, Borges, Sábato, Cortázar, Bioy Casares, Ocampo, Puig… Hoy parece que los oráculos que seducen a los lectores, son los magos muchas veces sin nombre que soliviantan a sus lectores desde las redes sociales. ¡Qué le vamos a hacer!
Trump/Infantino, un dúo peculiar
A estas alturas, ¿qué más da que el Presidente de la FIFA, atendiera la llamada del Sr. Trump y anulara una tarjeta roja a un jugador norteamericano? Ni uno ni otro han conseguido asombrarnos. Hay, no obstante, algunos detalles que nos han llamado la atención (utilizo el plural porque se trata de asuntillos sobre los que he podido comprobar que "hay quorum").
- ¿Se quedarán para siempre las pausas de hidratación? La novedad se ha introducido como obligatoria en todos los partidos del torneo, incluso en los celebrados en estadios con aire acondicionado. Ya sabemos que el trasfondo es estrictamente económico; inyección multimillonaria para la publicidad, cuyos destinatarios finales no conocemos.
- ¿Que hará la UEFA, qué hará la Liga Española? ¿Será imprescindible la pausa en los partidos que, a partir de ahora, se jueguen en lo más crudo de los meses invernales? ¿Se sustituirá el agua por chocolate a punto de ebullición? ¿Quién es, repito, el beneficiario de los ingresos publicitarios?
- No sé a ustedes, pero a mí el descanso en un partido de fútbol, estés en el graderío del estadio, en casa de un amigo, en la tuya o en un bar entre colegas, es el momento adecuado para acudir al cuarto de baño y, después, comentar cómo ha ido el primer tiempo y qué podemos esperar del segundo. ¿Por qué hay que reproducir punto por punto lo que se haga en USA cuando se juega la Superbowl?
- Volviendo al Presidente de los Estados Unidos: viéndole en la entrega de trofeos, tuve la impresión de que esperaba que a él también le dieran algo, una medalla, la copa de campeón, el premio al espectador del año, no sé, cualquier cosa. Porque no había manera de que se fuera de vuelta al palco. Pegado a nuestros jugadores, esperando quién sabe qué, allí seguía, erre que erre, chupando cámara. En fin, peor es el lío en el que nos ha metido a medias con Netanyahu.
Para terminar
- Mi enhorabuena a los campeones y mi agradecimiento a Luis de la Fuente y sus muchachos por habernos hecho olvidar por un tiempo los avatares de cada día.
- Caigo en la cuenta de que en 2030, cuando nos toque organizar el próximo mundial, dos tercios de los que han ganado la segunda estrella, estarán en su mejor momento. Soñar es gratis.
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