viernes, 14 de junio de 2019

La maldita bendición del turismo de masas

El turista 1.999.999

La canción fue un éxito de ventas en 1967. Hablaba de la mala suerte del turista que llegó a Mallorca, creo recordar, minutos antes de lo debido. Un poco más tarde y habría disfrutado de los agasajos previstos para celebrar la llegada del turista dos millones, asombrosa cifra que maravillaba a los españoles de la época.

Razón había para ello, que aunque fuera ridícula comparada con las magnitudes actuales, era, no obstante, la punta del iceberg de lo que años más tarde sería no sólo el más grande pilar de nuestra peculiar economía, sino una de las palancas que colaborarían a mover los cimientos del régimen, en la medida en la que la presencia de gentes de otros mundos (otras galaxias, parecían entonces) nos hizo ver que había otras maneras de estar sobre la Tierra.

¡Qué tiempos! En aquellos lejanos años 60, el turista era una variante un tanto adocenada del viajero, especie humana interesada en conocer lo que había en la siguiente revuelta del camino, que hacía de éste, el camino en sí mismo, algo tan importante como la meta que no siempre estaba definida, porque, como digo, la ruta era trascendental.

Poco a poco, el viajero, fue dejando paso a una turbamulta de nuevos especímenes que se movían sin cesar de un lado para otro amontonados tras banderines, paraguas enhiestos, o cualquier otro artilugio que sirviera para conducirlos, deprisa, deprisa por donde alguien, que había cobrado por ello, hubiera decidido.

El fenómeno se acogió al principio con cierto regocijo, recuerden “Si hoy es miércoles, esto es Bélgica”, película cuyo título sintetiza el largo párrafo que he dedicado al nuevo modo de viajar, hasta que se cayó en la cuenta de que tras él había una veta de oro inagotable, esperando ansiosa el pico y el cedazo de quienes quisieran explotarla.

Y el turismo creció por tierra, mar y aire

Se inventaron los “viajes organizados”, autobuses que vomitaban manadas de seres cariacontecidos en puntos estratégicos de ciudades que alguien había pensado que eran dignas de ser fotografiadas. 

El transporte aéreo mutó hacia fórmulas que avergonzarían a los defensores de los animales si se aplicaran al transporte de ganado. 

Los viajes sobre el mar se llevaron a cabo en rascacielos flotantes que atracaban en puertos milenarios para asombro de las viejas estatuas que siglos atrás adornaron el fondeadero.

Nubes de ciudadanos, apenas conocedores del lugar al que llegaban, se afanaban en fotografiar lo que alguien les señalaba, mientras durante unos minutos justificaba el porqué de las tomas de las cámaras. 

Se empujaban unos a otros, buscaban alojamientos en zonas que antes estaban ocupadas por lugareños poco a poco desplazados a la periferia de sus propias ciudades, ingerían alimentos vagamente semejantes a los que se suponía que eran los clásicos del lugar, o buscaban desesperados los platos que conocían de sus lugares de origen, porque hasta los remedos de localismo gastronómico les resultaban insufribles.

Hasta que la mina sobre explotada acabó contaminando ríos, mares y campos

El Museo del Louvre, el más visitado del mundo, soportó el año pasado la presencia de más de diez millones de visitantes. Así es que tomando en cuenta los habituales cierres de los lunes, cada día pulularon por su salas más de 32.000 turistas. Leo, oigo y veo en algún telediario que el personal del museo se ha puesto en huelga denunciando falta de personal y generalizados cuadros de estrés por sobrecarga de trabajo.

Volví a visitar el Louvre hace algún tiempo. Recuerdo haber visto la parte superior de La Victoria de Samotracia por encima de un mar de cabezas y de manos alzadas enarbolando teléfonos y cámaras fotográficas. De la Gioconda, apenas si vislumbré su sonrisa. Puede ser que sólo fuera impresión personal pero me pareció un tanto molesta por  tanta popularidad. 32.000 bocas expulsan a diario miles de metros cúbicos de aire húmedo y viciado que terminarán por borrarle la sonrisa a la gran dama del arte mundial.

En otra ocasión, ya hace más tiempo, en mi última visita a Roma quise contemplar, una vez más, la maravilla de la Capilla Sixtina tras la restauración. Dos horas y media después de haberme puesto en la cola, llegué, por fin, a la sala embutido en una masa humana que en modo alguno permitían moverme a mi antojo: mi mujer y yo éramos, nada más, una parte inerte de un gran organismo colectivo que se movía como una cosa amorfa.

Acabo de volver de México. Tulum, uno de los sitios arqueológicos mayas con mayor encanto que yo recordaba como unas ruinas coquetas, alzadas sobre un acantilado con dos playitas recoletas de arenas blancas abajo, apenas visitadas hace un cuarto de siglo por un centenar de curiosos, se ha convertido en la meca de un turismo masivo, que llega en oleadas desde Cancún. Autovía, tiendas, cafés, terrazas, puestos de venta de todo lo que la falsa artesanía puede proporcionar como recuerdo hortera de una visita a un lugar del que quizás no habían oído hablar hasta que la Agencia de turno les programó el viaje, habían destrozado el encanto que iba buscando. Comprobé que no se debe volver a los lugares que dejaron alguna huella en tu recuerdo

Y Venecia abarrotada, y el Coliseo y Manhattan y Picadilly y la Isla de los Museos en Berlín, y, también Las Ramblas, o el museo del Prado. Lugares superpoblados de ciudadanos nacidos quién sabe dónde, disfrazados para la ocasión con atuendos inverosímiles impensables en sus lugares de origen que cámara o teléfono en ristre se apresuran a fotografiar lo que otros cientos de semejantes están haciendo con ellos.

Me llama la atención cómo ha cambiado la fotografía viajera de un tiempo a esta parte. El objeto de inmortalización ya no es el monumento famoso, el paisaje fascinante, sino el propio turista. El visitante de hoy busca, antes que nada, dejar constancia de que ha estado en tal o cual sitio, “perpetra” su auto retrato y enseguida lo “cuelga” en las redes sociales que, tal vez, fuera la motivación última del viaje: ser visto en Facebook, en Instagram, ante la Torre Eiffel, delante de las Cataratas Niágara o ante el toro de Wall Street. 

Lo que me faltaba por ver: imágenes verídicas de una riada de turistas creyéndose avezados montañeros, llegando a la cumbre del Everest. Ví también montañas de basura, de desperdicios, latas de refrescos, papeles movidos por el viento, bolsas de plástico mancillando las hasta hace poco nieves vírgenes del Himalaya. En su momento Sir Edmund Hilary alcanzó la fama por haber sido el primer hombre blanco que pisó la cima del mundo. Hoy, se puede contratar lo mismo en ciertas agencias especializadas.

Oí que llegaban a pagarse hasta 80.000 dólares por la supuesta aventura. Y me di cuenta de que ahí, en el precio, en la ganancia, estaba el quid de la cuestión.

Bendiciones y maldiciones

No parecería muy razonable abominar de la posibilidad de que cualquier persona pueda visitar el último rincón del mundo. Sería injusto, pretencioso y snob atribuirse uno mismo la etiqueta de viajero con derecho a disfrutar del placer de recorrer el Planeta y despreciar al resto de sus congéneres como gentecilla carente de méritos suficientes para salir de su pueblo.

Pese a lo que he escrito hasta ahora, la más elemental humildad tiene que hacerme recordar no sólo el derecho a moverse libremente que tiene cualquier ciudadano del mundo, sino la importancia trascendental de tales masivos movimientos en los cambios sociológicos del mundo civilizado, su influencia sobre el futuro inmediato de países en vías de desarrollo y, más que nada, su importancia en la economía mundial.

España, destino para más de ochenta millones de visitantes es buena prueba de ello. La aportación del turismo al Producto Interior Bruto es trascendental. Lo fue además, como dije, en el cambio de régimen y sigue siendo determinante en la evolución del empleo.

No obstante, tendremos que ser conscientes de que algunos países estamos pagando un precio bastante considerable: cambian nuestras ciudades, soportamos la presencia de oleadas de indeseables que vienen a lugares de los que sólo saben que allí podrán emborracharse a precios insólitos y hacer lo que en su país les haría dar con sus huesos en calabozos policiales. 

Algunos, puestos a llevar las aberraciones hasta el surrealismo, terminan sus días saltando desde los balcones de sus habitaciones hoteleras. Tengo un amigo que sostiene la aventurada teoría de que los padres de estos estúpidos suspiran aliviados cuando reciben la noticia. Yo creo que exagera un poco, pero, en todo caso, la semana pasada hubo un muerto y tres heridos graves en Mallorca por semejante práctica.

No existen ni el Bien ni el Mal absolutos

A finales de los años 20 Arnold J. Toynbee escribió un luminoso comentario a propósito de esa idea aplicada a las campañas de alfabetización. Sostenía el autor que la erradicación del analfabetismo era un bien en sí mismo sin que nadie en su sano juicio pudiera sostener lo contrario. Sin embargo, decía, como no es lo mismo alfabetizar que culturizar, los nuevos lectores potenciales, cuya capacidad de comprensión de textos escritos es un tanto somera acabarán provocando cambios sustanciales en el modo de concebir, por ejemplo el papel de la prensa.

Profetizó acertadamente Toynbee que llegaría un día en el que los propietarios de los diarios se darían cuenta de que el periodismo vigente pensado para lectores con capacidad crítica y tiempo disponible para la lectura, se convertiría en otro dirigido a mentes menos evolucionadas, más sensibles a emociones que a razonamientos. 

La prensa buscaría el beneficio y no la excelencia en la información y nacerían, así pasó, los tabloides basados en titulares efectistas en demérito de los editoriales.

Así que ya estamos asistiendo a los cambios que la sustitución del viajero por el turista está provocando en nuestro entorno. Si el turismo es, antes que nada, fuente de ingresos, todo vale con tal de incrementar las estadísticas: nueva concepción de ciertos barrios de ciudades objeto de deseo para el turismo de masas, tolerancia ilimitada con comportamientos incívicos de los visitantes, sustitución de nuestras costumbres por las ajenas, cesión del territorio que antes ocupaba nuestra cocina ante las curiosas preferencias gastronómicas de gentes que cambian de escenario pero prefieren seguir comiendo como si siguieran en su barrio, barbarización del lenguaje autóctono que incorpora a diario expresiones sustitutivas de las de nuestro idioma procedentes del de nuestros huéspedes, aunque en muchos casos no se sepa muy bien lo que se está diciendo.

¿Podrían hacerse las cosas de otra manera?

Es decir ¿podríamos seguir disfrutando de las ventajas del turismo sin tener que soportar sus inconvenientes? Sí, al menos en parte, siempre que:
  • Se entendiera que el verdadero récord que hay que buscar no es el del número de visitantes, sino el de millones de € de ingresos.
  • Se buscara la calidad más que la cantidad.
  • Si el Estado, en su más amplia acepción, diseñara una política al respecto que incluyera desde el cambio de modelo global hasta medidas tan concretas como la formación profesional de quienes han de atender a los visitantes.
  • Si dejara de ser tenida en cuenta la opinión de la minoría que se beneficia del modelo actual (bares de Magaluf, por poner un ejemplo) y se pensara más en quienes soportan sólo los inconvenientes (resto de los habitantes de la misma Nagaluf, y sigue siendo sólo un ejemplo).

Buena parte de Europa será la víctima

Hay quien sostiene que Europa ha perdido la carrera por liderar el desarrollo tecnológico. No es que vayamos detrás del primero, es que la distancia entre Estados Unidos, China, Extremo Oriente en su conjunto, incluso India, y Europa es tan grande y crece tanto la diferencia a diario, que podría ser imposible volver a meterse en la lucha por el liderazgo.

Si eso es así, mucho me temo que la vieja Europa pase a ser, nada más, el referente cultural del mundo que viene, cosa que suena muy bien pero que a mi me parece que significa algo menos deseable: La mayoría de los países europeos, España desde luego, acabarían por ser atracciones especializadas de un gigantesco Parque de Temático visitado año tras año, por masas crecientes de los nuevos amos de La Tierra, ávidos por ver cómo vivían los que un día fueron los dueños del Mundo Antiguo.  














viernes, 7 de junio de 2019

Las curiosas admoniciones del Banco de España

Profecías infalibles

Hoy, 7 de junio, viernes, oigo y veo en cierto telediario que alguien que habla en nombre de nuestro Banco de España anuncia que, según los órganos de estudio de la institución, procede revisar al alza las previsiones de crecimiento antes pronosticadas por el mismo organismo. Nos congratulamos ¡cómo no!

Una corta pausa y el mismo funcionario, hace constar que la institución en la que trabaja, rehúsa rectificar su pronóstico de que el último incremento del salario mínimo español perjudicará la creación de empleo, afirmando que “antes o después” se hará notar el efecto negativo de la, se supone, descomunal e irresponsable subida del salario mínimo.

Me desconcierta que el Banco a renglón seguido de haber dejado establecida su falibildad (el crecimiento previsto hay que revisarlo) se cierre en banda y mantenga su agorera profecía sobre los efectos  nefastos de subirle el salario a los más necesitados. Y que lo haga justo dos semanas después de haberse sabido que la creación de empleo durante el pasado mes de mayo ha sido la más positiva de la que se tiene noticia.

¿Seguimos manteniendo que España es la 5ª economía de la Unión, salvo que ya hayamos sobrepasado a la Italia de Matteo Salvini? ¿Sí? Pues en esa Unión Europea, estos son los salarios mínimos que se abonaron en 2018 en países con los que aspiramos tratarnos de igual a igual:

  • Luxemburgo ………….. 1.998’59
  • Alemania………………. 1.498’00
  • Bélgica…………………. 1.562’59
  • Holanda………………… 1.551’60
  • Francia…………………. 1.480’27
  • Irlanda………………..….1.563’25

Esos eran ls salarios en Europa el año pasado. España, para escándalo del Banco Padre de todos los Bancos, ha alcanzado en 2019 la asombrosa cuantía de 900 €. No nos comparen con Luxeburgo, no: háganlo con Irlanda que también pasó enormes dificultades durante la crisis y que salió de ella, previo rescate, aplicando recetas opuestas a las españolas: reactivación en vez de austeridad.

Hay más países pero ¿verdad que no aspiramos a estar a la altura de Rumanía, Bulgaria, Polonia o Hungría?

Caigo ahora en la cuenta de que, con toda probabilidad, el portavoz del Banco de España tiene razón: antes o después, los salarios altos retraerán el empleo. Antes o después. Como si dijera que antes o después caerá un chaparrón en el desierto del Sáhara. Así que, tal como yo lo veo, el muy difícil oficio de profeta se simplifica bastante si no se pone fecha a los hechos anunciados, con lo que el profeta se coloca a la altura de cualquier sacamuelas de feria.

Hasta alguien tan lego en los secretos de la economía como yo, alcanza a entender sin consultar a los clásicos del liberalismo económico, que si los salarios se redujeran en nueve décimas partes, crecería el empleo. 

Lo que ya no está tan claro es que creciera la economía. Cualquiera que hayamos viajado por países en vías de desarrollo estamos acostumbrados a ver nubes de empleados mal pagados por todas partes. Son tan baratos que ¿por qué no ocupar a doce más?

 La tambaleante economía de estos países no avanza, porque la productividad es otra cosa, como el Banco de España sabe de sobra, y así resulta que en Europa los países que mejor pagan a sus empleados son los que ocupan la cabecera del ránking de países más desarrollados. Lo que, desde luego, tampoco quiere decir que para desarrollar un país hay que empezar por doblar los sueldos. Me temo que es todo un poco más complicado, y ni quiero, ni puedo extenderme más sobre este punto.

Otras regañinas de nuestro Banco

También, en más de una ocasión insiste el Banco de España en la machacona idea de que el actual sistema de pensiones en España es insostenible y hay que tomar medidas para asegurar el futuro de nuestros mayores (¿Cómo no? lo primero es mirar por nuestros viejos, sore todo ahora qu les ha dado por utilizar su tiempo libre en protestar).

Hay otra forma de ver el problema: el sistema de pensiones públicas es sacrosanto y, por consiguiente hay que tomar las medidas necesarias para evitar no sólo su ruina, sino la tentación de entregar tan jugoso bocado a las fauces insaciables de la iniciativa privada. ¿Por qué no se dedica el Servicio de Estudios del Banco de España a trabajar a partir de ese axioma?

Piense en qué cosas pueden mejorarse del actual sistema, desde las fuentes de financiación, a los costes de gestión, sin olvidar ni el fraude ni las caprichosas y casi siempre electoralistas rebajas de costes que suelen establecer ciertos Partidos cuando les viene en gana y deje de alarmar a los nueve millones de pensionistas que viven, mal que bien, del fruto de sus años pasados de trabajo.

Competencias e incompetencias del Banco

No tengo la menor idea sobre la relación legal de materias que son competencia del Banco de España. Para los fines que pretendo, parto de una aceptación y de una suposición: doy por bueno que cuando el Banco opina, advierte y hasta pronostica en materias tan sensibles como salarios y pensiones, actúa dentro de sus competencias reglamentarias.

En otras materias, me arriesgaré a dar por hecho que si no ha hablado es porque no habrá tenido tiempo, pero que, quizás, tal vez, acaso, quién sabe, también podría hacerlo. Materias que podrían afectar positivamente, en mi opinión, a la buena marcha de la economía nacional y que igual hacían innecesario alarmarnos a todos con sus pesimistas pronósticos sobre el empleo si se les paga más a los que menos ganan o sobre de qué habrán de comer nuestros jubilados de dentro de una década si no se nos reducen las pensiones.

Por ejemplo ¿Por qué no recuerdo filípicas del Banco de España a propósito del fraude fiscal, ni formas eficaces de erradicarlo? ¿Cuándo advirtió de que nuestra Administración estaba hipertrofiada y que sobran organismos redundantes, cargos ficticios desempeñados por paniaguados? ¿Cómo es que no se le ha ocurrido comparar las prebendas de nuestros políticos, el número de automóviles oficiales con sus equivalencias europeas? Aunque quizás todo esto esté de más porque no sean materias objeto de la atención del Banco.

De lo que no me cabe duda alguna es de que hay algunas materias que no es que sean de la competencia de nuestro Banco Central, sino que son su misma razón de ser: el estricto control sobre el funcionamiento de las instituciones financieras españolas.

Siendo así:
  • ¿En qué pensaba el Gobernador del Banco de España cuando una buena parte de nuestras Cajas de Ahorros iban camino del despeñadero? ¿O era lo que querían los Grandes? 
  • ¿Qué medidas tomaron los Inspectores del Banco para evitar la catástrofe de Bankia y el perjuicio a tanto inversor engañado?
  • ¿Por qué no le hemos oído reclamar a los Bancos privados, la devolución de los fondos que evitaron sus quiebras? ¿Recuerdan Directivos e Inspectos que, al final, las mismas economías tambaleantes que pagan sus sueldos, las nuestras, han sido las que han terminando pagando el coste?

O sea que
  • La suma de actuaciones y omisiones ofrece un resultado diáfano: la dirección superior del Banco de España podrá ser muy solvente desde el punto de vista técnico, pero está políticamente alineada por el neoconservadurismo militante.
  • Sería muy de agradecer un mayor grado de humildad por parte de quienes desde posiciones privilegiadas son incapaces de asumir que hasta el Banco de España, como él mismo demuestra, no siempre acierta.
  • Sé que el máximo responsable del Banco de España, una vez nombrado por libre designación es, en la práctica inamovible. Sería deseable que esa situación no la confundiera con la impunidad, porque son conceptos distintos.



miércoles, 29 de mayo de 2019

¡Qué noche la de aquél día!

Un domingo de mayo 

Doce horas de urnas abiertas en toda España han bastado para cerrar un ciclo electoral que empezó hace apenas un mes. Imprevistos al margen, el panorama político español está completado para los próximos cuatro años.

El Parlamento Europeo, el nuestro y el Senado español, los Parlamentos de la totalidad de las Comunidades Autónomas y el cien por cien de los Ayuntamientos cuentan ya con sus nuevos titulares. Falta por conocer la composición de las instituciones gobernantes, tanto en Bruselas como en cualquier pueblo de España, y, desde luego en la mayoría de las Comunidades Autónomas.

Noche lenta, abierta a las sorpresas, a las vestiduras rasgadas cada vez que los datos cambiantes contradecían las personales preferencias de los televidentes. Noche propicia para escuchar simplezas enternecedoras a los comentaristas que en bastantes ocasiones se dejaban llevar por su propio estupor y convertían en categoría su peripecia personal. 

¿Ha habido tantas novedades?

No, según mi parecer. Ha habido, es cierto, mucha munición menuda para hablar de cataclismos que no pasan de meras anécdotas que tendrán poca trascendencia en los tiempos por venir.

Las derechas y las izquierdas siguen repartiéndose las preferencias de los ciudadanos agrupadas en dos bloques que suelen estar casi casi a la par. El fiel de la balanza se inclina a la diestra o a la siniestra en función del cambio de opinión de menos de un millón de votantes. Eso no varía, ni va a hacerlo en tanto se mantengan las características esenciales de la sociedad española y nuestros régimen político.

Cambian las organizaciones que representan a unos y a otros, pero eso es accesorio. Nuevos nombres para viejas realidades. Matices, que en política son importantes, pero no decisivos. La derecha o la izquierda pueden ser una o trina, pero seguirán siendo las mismas y recibirán los votos de los mismos.

Fenómenos espectaculares en apariencia, fulgurantes ascensos seguidos de caídas clamorosas, terrores seguidos de agradecidas sorpresas, se han dado y seguirán dándose aquí y en cualquier sistema democrático ahora y siempre.

Recuerdo alguna conversación de hace un par de años o tres con damas aterrorizadas ante la amenazante aparición de Podemos y sus caras de incredulidad cuando aventuré la opinión de que la nueva formación sería flor de un día. Así ha pasado.

Difícil oficio el de profeta, pero tengo para mí que semejante futuro le espera a Vox. Ni uno ni otro extremo del arco parlamentario van a desaparecer a corto y medio plazo, pero no veo la menor posibilidad de que lleguen a ser el buque insignia de la izquierda ni de la derecha.

Otra cosa diferente es si en tal o cual caso concreto, el papel decisorio de alguno de los extremos les permita inclinar la balanza en un sentido o en el contrario en una ciudad, un territorio o, incluso, en el  Gobierno de la Nación. Política pequeña, en todo caso, de la que difícil sería extraer conclusiones de validez categórica.

Ganadores que pueden perder. Perdedores que pueden ganar

¿Y qué? Consecuencias de la legalidad vigente que todos conocían y conocíamos antes de ir a votar y antes de contabilizar resultados. Lejos queda la tabarra de tiempos recientes reclamando el poder para la lista más votada. Gobernará ahora y en el próximo futuro quien más apoyos logre allá donde se plantee la duda. Eso es lo que procede aquí y en cualquier país donde el parlamentarismo sea el sistema político asumido.

Unos y otros, los que pierden ganando y los que ganan perdiendo, deberían tener claro que todas estas fruslerías son el corolario de vericuetos legales, y que, a la largo plazo más cuenta tu masa de votantes que el número de sillones que han de ocupar los tuyos. Porque si conservas a los primeros, el resto acabará dándosete cuando, quizás, pura paradoja, las tornas se inviertan.

Déjenme que hoy no hable de los grandes de siempre, socialistas y conservadores, o sea, PSOE y PP, porque con todos los matices que queramos sus resultados les dejan, más o menos, donde estaban. Un poco mejor o un poco peor, pero qué más da. Prefiero dedicar mi discutible ingenio a examinar qué ha pasado con Vox, con Podemos y, sobre todo, con Ciudadanos.

Vox, asilo de nostálgicos, Meca de un buen número de españoles cuya forma de ver la sociedad coincide con viejos valores, refugio de indignados ante los desaciertos de quienes creían que podrían haber sido sus conspicuos representantes, hogar de ilusionados con derivas identitarias, ha perdido fuelle. 

Lo dije cuando la estrella de Pablo Iglesias parecía no tener techo hasta que tocaran el cielo: no es lo mismo aglutinar a los descontentos que mantener disciplinados a quienes sólo tienen en común lo que les disgusta.

¿Será que, pese a los agoreros pronósticos de timoratos y de entusiastas, que de todo había, España es, por fortuna, menos dada a las exageraciones de lo que piensan quienes nos ven como gentes sanguíneas, coléricas, pasionales? Será.

Podemos, Unidas o sin unir, ha sido, es una certidumbre matemática, el, la, los, las grandes perdedores o perdedoras, o lo que quiera que sean, de la suma de procesos electorales. En lenguaje popular (de La Gente, como a Podemos les gusta decir) han terminado como el Gallo de Morón: sin plumas y cacareando.

Demasiados errores evidentes para todos menos para los y las arrogantes y arrogantas cabezas visibles de esa fluctuante formación: defenestraciones mal explicadas, deserciones forzadas, errores manifiestos en cuanto a su difusa organización mal avenida con los supuestos liderazgos carismáticos, incluso cambios sorprendentes en el nombre del Partido, el Movimiento o lo que quiera que sea el conglomerado que se apelotona detrás de los Profesores, se ha topado con la tozuda realidad: cuenta cada día con menos seguidores.

¿Cuánto pensaban que La Gente tardaría en caer en la cuenta que su complacencia con secesionistas y viejos condenados por pertenencia a banda armada no era de recibo? ¿Por qué pensaban que ser antisistema por la mañana y socialdemócrata por la tarde no acabaría por pasar factura entre unos y otros?

Ahora están donde hace un par de años anuncié: en los arrabales del sistema, cada día más lejos de ser el referente de la izquierda, mendigando la modesta cuota de Poder que el ganador en la izquierda tenga a bien cederles, si es que lo consideran necesario, conveniente u oportuno.

Tal como yo lo veo, la presencia de Vox y de Podemos en las instituciones no sólo no es perjudicial para el sistema, sino todo lo contrario, en la medida en que refleja con bastante exactitud el peso específico de unos y otros, por mucho que extrañe a sus respectivos votantes.

Ciudadanos en la encrucijada (¿O será, nada más, Rivera?)

Perdida la batalla por la supremacía en la derecha, Ciudadanos, cuando interiorice cuál es el auténtico papel que le ha otorgado la ciudadanía, debería, cuanto antes, asumir las consecuencias de los resultados de la cuádruple cita electoral: es la segunda fuerza de la derecha, la tercera en cómputo global y, sobre todo, es la clave para la gobernabilidad de España, de varias autonomías y de cientos de Ayuntamientos.

Ciudadanos puede dar el Poder (o reclamarlo a cambio de sus apoyos) al Partido Popular -quizás su verdadero contrincante- o al PSOE. De cómo se comporte va a depender el futuro inmediato de nuestras instituciones.

¿Qué hacer y cómo acertar? Ésta es una de las ocasiones en las que se corre el riesgo de caer en la perplejidad: pensar que hagas lo que hagas, te equivocarás. Lo cierto es que el no hacer es el mayor de los errores: en política las batallas que no se dan, son batallas perdidas.

¿Pacto unívoco, elección de aliado urbi et orbe o alianzas puntuales, unas a la derecha, otras a la izquierda? En el primero de los casos, puedes acertar, pero el otro espectro político te acusará de frentista o de traidor, según los casos.

¿Si se pacta a la derecha se admite el acuerdo con Vox, o se le considera socio non grato? Pues depende con quién quieras que te identifiquen, si con Macron o con Casado.

¿Si se pacta a la izquierda se exige la exclusión de Podemos de cualquier trato con el PSOE? Como la aversión es mutua, y el pacto Podemos / Ciudadanos parece un acuerdo contra natura, sería, me parece, el menor de los riesgos; más ahora que Podemos va de capa caída.

¿Acuerdos de investidura, de legislatura o de Gobierno? Ya se sabe, a mayor riesgo, mayor oportunidad de beneficio o de fracaso.

¿Ha llegado el momento de que Ciudadanos ocupe poltronas o prefiere seguir de fuerza colaboradora y vigilante desde Parlamentos y Plenos Municipales? Otra vez el riesgo de equivocarse en ambos casos: no aceptar poderes compartidos, puede crear descontentos internos entre quienes se ven ya investidos de autoridad, fama y poder. Gobiernos bipartitos te llevan a una situación en la que, en la próxima cita electoral, tu socio se adjudicará los éxitos y te atribuirá los fracasos (Cosa que, por otra parte, también estarás haciendo tú) 

Oigo que el principal escollo para eventuales acuerdos globales entre Ciudadanos y PSOE estriba en la inquina de Albert Rivera contra Pedro Sánchez. No me consta, pero si así fuera sería lamentable. Rivera debería saber que entre sus obligaciones como político no se encuentra la de hacerse amigo de los líderes de otras formaciones. El Bien Común, el interés de España está muy por encima de sus preferencias o manías personales. La gobernabilidad de la Nación no puede depender de las filias y fobias del Secretario General de un Partido que quiere ser tomado en serio.

La cúpula de Ciudadanos, con Rivera al frente, deberá optar por lo que crea mejor para el futuro de España. Podrá acertar o equivocarse, ya se verá en siguientes citas electorales, pero, desde luego, lo simpático o antipático que le resulte Don Pedro a Don Alberto, es lo que menos nos interesa al común de los españoles.

Porque la mayoría de los votantes del Partido que queramos poner de ejemplo no votan por su líder (dejémoslo en Secretario General, que lo de líder es otra cosa) sino por las ideas que representa esa opción. Más aún: en muchos casos uno vota lo que vota pese a quien en ese momento represente al Partido que elige. 

Este último comentario es válido no sólo para que el Señor Rivera lo pudiera tener en cuenta en el hipotético e improbable supuesto de que llegara a sus oídos, sino para explicar a tal o cual sorprendido ciudadano que observa cómo quien dejó de votar Podemos lo hace ahora por PSOE, pese a Pedro Sánchez. Pues claro ¿qué esperaba? que dejara de votar a Pablo Iglesias para hacerlo por Santiago Abascal? ¿Habría votado a Pablo Iglesias él o ella, de haberse desencantado con Vox?

Fruslerías sin demasiada importancia: Puigdemont y los políticos encarcelados

¿Vendrá a Madrid a recoger su acta de Diputado Europeo sabiendo que será detenido en cuanto pise territorio español? 
¿Alguna instancia europea le otorgará la condición de Diputado sin pasar por tal trámite?
¿Dejará el Tribunal Supremo que los políticos presos acudan a las sesiones del Parlamento Europeo encomendando su vigilancia a la policía belga? 
¿Motivará cada uno de estos episodios nuevos procesos judiciales, aquí y en Europa?

Lo veremos cuando sus Señorías concluyan lo que aún no ha empezado. 

En resumen:
  • Mis parabienes para ganadores y para quienes se sientan como tales.
  • Desde mi más profunda convicción, les deseo a todos, ganadores y perdedores acierto en sus próximas, inevitables y complejas negociaciones.
  • ¿Podría pedirles a todos altura de miras? Recuerden: primero España, después su Partido, y por último, el sillón que aspiran a ocupar.
    






domingo, 14 de abril de 2019

Tambores de guerra.

No estaré y no lo siento.

No es lo mismo no estar que no votar, que para estos casos se previno el voto por correo, pero, ya digo, no estaré y no lo siento. El 28 de abril lo viviré en la distancia que a veces es la mejor forma de observar lo que está pasando.

Una cierta lejanía permite objetivar la percepción de los fenómenos, tan extraños en estas elecciones, que en la inmediatez se muestran confusos, enrevesados, enmascarados por excrecencias sin importancia que enturbian la realidad.

Cofrades o militantes.

Las dos cosas  al mismo tiempo, lo que tampoco tiene por qué extrañarnos. La casualidad o el cálculo, quién sabe, ha hecho que buena parte de la campaña electoral haya de desarrollarse en plena Semana Santa. Tiempo, éste, que antaño fue sinómino de contrita devoción, y ahora es con frecuencia paradigma de vacación festiva.

En todo caso, el ciudadano habrá de pasar sin solución de continuidad del mitin a la procesión, o sea, que pasará de militante a cofrade en cuestión de minutos. Que se deshaga o no de la caperuza para cambiar de ambiente, o que acuda almitin ataviado de penitente, es algo a resolver caso a caso. 

Tampoco es tan grave, ni tan difícil, que si cofrade equivale a andar con los hermanos, militante, el que milita, evoca condición de soldado en quien la ostenta, y el milico, ya se sabe, anda siempre rodeado de iguales.

Bien visto, cofrades y militantes habrán de oír soflamas incendiarias, sea cual sea el disfraz que lleve, desde púlpitos o tribunas, que la campaña se anuncia bronca, desabrida, desaforada, desmesurada. Los unos y los otros (y hasta las “unas” que andan “unidos”) tratan, antes que nada, de amarrar a los que sienten como “los suyos” y evitar que se arracimen con los que tienen al lado. Ya se sabe que no hay peor cuña que la de la misma madera.

Dicen que buscan recuperar votantes que se fueron, y tal vez sea verdad, pero, ya digo, lo primero es evitar que los tuyos te dejen y se olviden de ti. Por eso, lo primero es demonizar al competidor, que hace tiempo dejó de serlo para convertirse en enemigo (¿Enemigo? Más bien alimaña, criminal, traidor, cobarde, asesino, o lo que se le ocurra al predicador de turno).

Y para lograr su empeño, se usará cualquier cosa que valga o que se crea que valga. Se alistarán toreros de relumbrón, generales jubilados, deportistas que fueron famosos, tertulianos llamativos, padres que sufrieron, lo que sea, con tal de que la cara conocida retenga viejos votos y atraiga alguno nuevo. 

Mensajes, algunos ciertos, los menos, puros infundios, los más, saturarán teléfonos y terminales de ordenadores, y uno se pregunta en qué o en quiénes estarían pensando nuestros representantes cuando permitieron, todos a una que en esta fiesta no hubo disidencias, que los Partidos invadieran nuestra intimidad en época electoral.

Uno, atónito, barrunta pufo y se pregunta dónde están los políticos en esas listas oportunistas. No digamos ya los estadistas. Desaparecidos en combate. ¿Quién necesita un estadista cuando el twit sustituye al editorial y el youtube al debate? En el territorio de las emociones en la que todos nuestros candidatos chapotean, las ideas son un estorbo. Para ganar bastan las frases sonoras, porque hemos llegado al punto en el que los que antes llamábamos oradores, manejan las palabras como navajas cachicuernas.

(Una peregrina digresión: ¿cuando Pablo Iglesias dice “nosotros, en Unidas Podemos…”, no está cometiendo un desliz gramatical? A mí me parece, que cuando él, o Echenique, o cualquiera de sus colegas hablan de sí mismos en términos políticos, debería, decir “nosotras en Unidas Podemos” ¿no? O se es o no se es) Dejemos eso ¿qué más da otra patada más a la gramática española?

La primera pregunta: ¿Quién ganará?

Me gustaría pensar que en democracia, por definición, siempre gana el ciudadano, pero la Historia demuestra que con peligrosa frecuencia no es así. La mayoría decide, pero no siempre acierta.

Por mi parte, con más del 40 % de indecisos, ni quiero, ni puedo, ni debo meterme a profeta. Mejor espero a la noche del 28 y, esté donde esté, asombrarme de lo mal que han pronosticado los profesionales.

Porque si de algo estoy seguro es de que los ganadores no serán quienes pronostican los sondeos; al menos en en los términos y proporciones que se les adjudican.

La gran pregunta ¿Quién gobernará?

Lo que la matemática parlamentaria no podrá resolver. Las sumas imposibles.

176. Ésa es la cifra mágica que da la Presidencia del Gobierno a quien la alcance. En solitario o en compañía. Lo que ocurre, creo yo, es que hay sumas inverosímiles que no dan la mayoría, sino pesadillas.

¿Se imaginan? Vox, más Unidas Podemos, más el PACMA (por fin en el Congreso), más Bildu, más el PdeCat, más Foro Asturias, más Unión del Pueblo Navarro, más Coalición Canaria, más la Unión do Pobo Galego, por un extraño milagro, recordemos que la campaña se ha cruzado con procesiones e imágenes milagreras, suman, exactamente, 176 escaños. No habrá Gobierno de Coalición, ni minoritario con o sin colaboraciones puntuales, ni nada por el estilo, diga lo que diga la calculadora de escaños.

Vista la deriva del PP en su versión actual, descarto por completo la posible reedición del acuerdo fugaz que soportó la aplicación del Art. 155. ¿El joven Casado llevando a la Presidencia del Gobierno al "okupa que tiene las manos manchadas de sangre"? ¿Bajo la mirada de José María Aznar y la de su antiguo compañero Abascal? Surrealista, con o sin Rivera en el acuerdo.

¿Entonces?

Estoy convencido de que los discursos incendiarios de mitineros enfebrecidos no impedirán, llegado el caso, alianzas, coyundas circunstanciales, componendas y alianzas que hoy parecen imposibles (la derecha agreste con la derechita cobarde, el de las manos manchadas con el defensor de España en Cataluña, y cualquier otra pareja que al caso venga)

Ya he oído que estas elecciones son el preludio de otras que estarán ante nosotros cuando pase el verano. No lo creo; lo que sólo quiere decir eso, que yo no lo creo, razón o circunstancia insuficiente para garantizar la estabilidad política.

No obstante, hasta donde puedo llegar sin caer en el resbaladizo terreno de la profecía, creo que podría haber sumas que, dependiendo de nuestros votos, podrían saltar el listón de los 175 Diputados sin que los leones del Congreso cayeran de sus pedestales. En esto, precisamente, baso mi predicción de que no será necesario volver a votar tan pronto.

  • Las que algunos han llamado las tres derechas: PP, C’s y Vox. No no engañemos: se están tirando los trastos a la cabeza, se insultan, se amenazan como gallitos, gritan improperios, se miran desafiantes, pero sólo es comedia. Luego, cuando se cuenten los escaños, si la suma cuadra, reeditarán el pacto andaluz. Que sea bueno o malo para España, es algo que ni me toca a mí juzgarlo, ni habrá forma de acordarlo entre quienes les votaron a cualquiera de los tres y el resto de los votantes.
  • La reedición maquillada de la que aún es mayoría parlamentaria en funciones: El PSOE con bastante más presencia que la actual (tanta que hasta es posible que pueda prescindir de sus acompañantes más incómodos), Podemos y alguna de sus “confluencias”, y parte de las formaciones nacionalistas vascas y catalanas. Repito lo que acabo de decir: bueno para unos, demoníaco para otros, el tiempo diría su última palabra. Sólo una duda: ¿sería una coalición estable?
  • Una novedad en nuestra experiencia democrática: una alianza parlamentaria seguida de un Gobierno bicolor, es decir, la coalición de centro izquierda formada por PSOE y Ciudadanos. No importa lo que hasta hora hayan jurado unos y satirizado otros, es una posibilidad más que predecible. Se apelará al servicio a España, al Bien Común, a la exigencia de gobernabilidad, etc., etc. Luego, oiremos lo de que “ya lo decíamos nosotras”,  “han traicionado  España”, etc., etc. 
   
Lo que a mí me gustaría (como si eso importara)

  • Evitar sumandos excluyentes: Partidos que se rodean de muros inexpugnables dentro de los cuales sólo caben “los nuestros”, o que tratan de encerrar a los discrepantes tras barreras insalvables. En definitiva, no me gustan los extremos. Diga la Biblia lo que diga (“a los tibios los vomitará Dios”), en política prefiero la moderación y la tolerancia.
  • Huir como de la peste del abrazo del oso independentista. Votos que encierran trampas tremendas ya conocidas. Fácil de exponer ¿verdad? pero ¿resistirán ciertos políticos la tentación de pactar con el diablo si de ello depende La Moncloa? Por cierto: hay sólo dos tipos de independentistas, los malos y los peores.
  • Rodearse de afines, que, desde mi perspectiva, sólo deberían ser los que asuman, acaten y estén dispuestos a defender la Constitución, con todos sus Artículos, incluyendo el 155 y los que regulan el mecanismo para modificar su texto.
  • Volver a la sensatez, el desprendimiento y la altura de miras que logró llevarnos desde la dictadura hasta la democracia. Pensar en el Partido antes que en uno mismo, y en España antes que el Partido.  

¡Tan fácil de escribir y tan difícil de articular…!