sábado, 8 de agosto de 2020

El Rey que rabió

Penúltimo capítulo de una vida en claroscuro

Don Juan Carlos I, el Monarca Emérito, está escribiendo estos días, a sus 82 años, el que podría ser uno de los últimos capítulos de su complicada existencia.

El tobogán de la historia le ha traído y le ha llevado desde rincones incómodos hasta cumbres donde ha brillado la estrella de su bien hacer sobre acontecimientos en los que de grado o por fuerza ha tenido que ser protagonista.

Destino ya veremos si fausto o infausto que la vida no ha dicho aun la última palabra, pero en cualquier caso, notable. Pocos ejemplos habríamos de encontrar de Reyes nacidos fuera de su patria que al final de un reinado al que su voluntad puso fin terminan sus días también lejos de su propio Reino.

Creció Don Juan Carlos bajo la férula de un usurpador, soportó durante años la malquerencia de los sectores más duros que apoyaban al dictador, acertó cuando olvidó juramentos impuestos y ayudó a que su país entrara por la senda que la historia le reservaba, volvió a acertar el día que frenó en seco el grotesco intento de invertir la marcha del tiempo y aun tuvo margen para que hubiera de agradecérsele su papel como abanderado de la nueva realidad que él mismo había colaborado a crear.

Luego… Todo se torció, como si el destino estuviera esperándolo en el recodo del camino maldito reservado a los perdedores. Erró una y más veces. Llegó a pedir perdón a la ciudadanía en un gesto que la mayoría entendió en todo su valor, aunque a otros les pareciera impropio de la realeza.

Tengo para mí que mientras los errores afectaban sólo a su imagen y a la relación con su augusta esposa, cuando sus correrías podrían parecer un tributo a la turbulenta condición dinástica de reyes rijosos, la ciudadanía habría estado dispuesta a dar por hecho que eso era algo que no afectaba a "la cosa pública", y que aunque nada que trascienda del Jefe del Estado es estrictamente doméstico, podría ser condescendiente con las debilidades de quien había prestado tan buenos servicios a su país.

Los devaneos, las desavenencias conyugales se mantuvieron, por lo tanto, en zona de sombra, alimentaron cuchicheos, no beneficiaron a nadie pero tampoco pusieron en peligro mayores intereses. 

El carrusel de la historia

Pero hubo un punto de no retorno. Se conocieron noticias alarmantes. Rastro de dineros cuantiosos vinculados a actividades de difícil justificación en un Jefe de Estado. 

Sospechas inquietantes sobre más que posibles incumplimientos de obligaciones ineludibles con Hacienda, localización de caudales de orígenes inciertos en paraísos fiscales, relación de damas de fortuna relacionadas con personajes a la sazón encarceladas por indicios de múltiples delitos.

Ya no eran chismes de alcoba, aunque también. Ahora estábamos entrando en zona de alto riesgo. Ya no estaba sólo en cuestión la armonía conyugal, ni siquiera la honorabilidad del primer salpicado por conductas que investigaban autoridades de terceros países. Sea justo o no, empezaba a estar en riesgo la esencia misma de la institución.

Una abdicación oportuna; y ahora… ¿Cómo denominar el último movimiento de Juan Carlos I? ¿Marcha, exilio, huída? No es lo mismo, pero hagamos como que eso, la elección del término exacto, no importara demasiado. 

El viejo Rey Emérito se ha ido de España. No ha sido el primero de su dinastía. Algunos se fueron para no volver: Isabel II, Alfonso XIII; otros fueron de ida y vuelta: Carlos IV, Fernando VII. En dos ocasiones, la salida de España del Monarca dio paso a nueva forma de Gobierno, en otras sólo fue un paréntesis. ¿Y ahora? ¿Qué ocurrirá ahora?

Algunas puntualizaciones que nunca vienen mal

La necesaria diferenciación entre las instituciones y quienes las encarnan. 
  • No es lo mismo Rey que Monarquía, como no es lo mismo Sacerdote que Iglesia, Capitán que Ejército o Juez que Judicatura.
  • Lo sabemos todos, así es que cuando un juez prevarica, cuando un cura abusa de un menor o un capitán se extralimita en sus funciones, esperamos que afronten las consecuencias de sus actos pero no se nos ocurre clamar por la supresión del ejército, la iglesia o los tribunales de justicia. Cuestión distinta, desde luego, es admitir el derecho a profesar ideas antimiltaristas, o anticlericales. Son planos distintos
  • La misma regla deberíamos aplicar cuando se trata de enfrentarnos a un hipotético comportamiento inadecuado de un monarca. Habría que pedirle cuentas sin que ello equivalga, necesariamente, a cuestionar la Monarquía. Lo que en absoluto pone en cuestión el derecho de cualquier ciudadano a profesar ideales republicanos.
  • Pese a lo dicho, es también cierto que el prestigio de las instituciones que he citado como ejemplo sufre cuando el comportamiento de alguno de sus representantes no es el correcto. También está fuera de duda que en el caso que nos ocupa, Juan Carlos I ha dañado ahora el prestigio de la Monarquía, como en el pasado lo fortaleció. 
La obligación de actuar dentro de la Ley no decae por méritos  contraídos
  • No importa lo excelsa que haya sido la trayectoria pasada de cualquier servidor del Estado, no hay patentes de corso que laven su futuro.
  • Cabe, pues, reconocer los méritos de quien ha hecho mucho por España y, a renglón seguido, pedirle cuentas de cualquier movimiento posterior mal hecho. La Historia está llena de ejemplos: el Mariscal Petain, el "Héroe de Verdún" salvó a Francia en la I Guerra Mundial, pero al final de sus días colaboró con el nazismo, fue encarcelado, juzgado y condenado a muerte aunque la pena fuera conmutada por la cadena perpetua. Sin llegar a situación tan extrema, Churchill fue apartado del poder apenas terminada la II Guerra en la que su papel fue decisivo. 
  • El saldo del reinado de Juan Carlos I lo hará la Historia dentro de bastantes, bastantes años. A nosotros, sus coetáneos se nos permite opinar lo que nos dé la gana sobre su figura, pero a los poderes públicos no les queda otro remedio que aplicar la legislación vigente. Partiendo de la presunción de inocencia, desde luego, pero sin dejar por ello de tratar los hechos que le conciernan como si se tratara de cualquier otro español. Como él mismo proclamó que había que hacer.
El Rey se ha ido ¿Había otras soluciones?

Siempre las hay. Ocurre, no obstante que el debate sobre lo que pudo haber sido y no fue es uno de los más estériles y frustrantes que puedan darse.

No hay duda, me parece, de que la situación estaba volviéndose insostenible. Era evidente que lo único que no podía hacerse era cruzarse de brazos. Los problemas  de este episodio para el actual Jefe del Estado, Felipe VI, hijo, no se olvide, del protagonista, para el Gobierno, para el futuro de la propia institución monárquica y para el propio Juan Carlos I, crecían día a día. 

Repito: cualquier cosa menos no hacer nada. El paso del tiempo no iba a resolver el rompecabezas.

Se optó por una negociación triangular Jefatura del Estado, Rey Emérito y Gobierno. Podría haberse elegido la bilateral, Zarzuela / Moncloa, pero el factor familiar ha debido de pesar lo suficiente como para tomar en cuenta el punto de vista de Juan Carlos I.

Las opiniones sobre el resultado son variadas, como lo son los intereses de quienes las emiten. No es lo mismo lo que pueda pensar un "ciudadano de a pie" que lo que diga el Secretario General de este o aquel Partido.

¿Podría haberse llegado a una solución más gradual? Por ejemplo: 
  • Juan Carlos I abandona el complejo de La Zarzuela pero continúa en España. Sería una prueba inequívoca de que El viejo Rey no ha pensado en ningún momento en zafarse de la acción de la justicia.
  • A partir del momento en el que hayan concluido las pesquisas judiciales, si de ellas se deduce la inocencia del investigado, Juan Carlos I renuncia a su honorífica posición inherente a su condición de "Rey Emérito" y se va donde mejor le cuadre: nadie habría podido pensar que trataba de escapar de los Tribunales.
  • Podría haberse hecho así y también podría haber quien pensara que era una solución menos satisfactoria. En todo caso, recordemos: la medida ha sido el fruto de una negociación a tres bandas. Se buscaba el consenso, no la imposición. 
  • No obstante, abandonar España en este momento puede gustar más o menos, puede considerarse éticamente discutible o políticamente arriesgado, pero en ningún caso y bajo ningún concepto puede ser calificado de ilegal: Juan Carlos I no tiene ninguna causa abierta ante ningún tribunal, no soporta, hoy por hoy, ninguna limitación en su derecho a moverse libremente por donde le plazca.
  • Cuestión también distinta es qué pueda parecernos el secretismo que rodea el destino elegido por el Monarca Emérito ¿Es razonable? ¿Por qué el secreto? ¿Qué gana y qué pierden con ello el Rey viejo, el Monarca reinante, la Institución?
Algunas opiniones discrepantes

Dentro del Gobierno de coalición, la minoría podemita está que trina. No es para menos: me da la impresión de que se han enterado, como usted lector, y como yo, por la prensa, y eso, para quien pretende ser el portaestandarte de la única izquierda verdadera tiene que sentar mal. ¡Qué le vamos a hacer! Es lo que pasa cuando por mucho que estés en el Gobierno, guardas tu bandera republicana debajo de la almohada, pero sigues siendo el socio minoritario.

Tan cierto es que una cosa es socialismo y otra "podemismo unido" que mientras Pedro Sánchez explica a su militancia por qué apoya la Monarquía, Unidas o Podemos, o ambas reclaman la presencia de Felipe VI en el Congreso; una petición con tan nulo apoyo legal que haría sonrojarse de vergüenza al más lerdo de los alumnos de primer curso de derecho. 

Una semana antes de todo esto ya Dª Irene, la más Unida de todas la Ministras, que creen que pueden, había proclamado su aversión a la Monarquía y había puesto en solfa el prestigio de la institución. No parecía entender la diferencia entre Rey y Monarquía, o la entendía pero pretendía hacer pasar su opinión por dogma.

Hay más vestiduras rasgadas, lo que ocurre es que algunas son pura banalidad. El que el independentismo vasco quiera ir un par de pasos más allá o que el inefable activismo del supremacista Torra clame por la abdicación de Felipe VI y exija la proclamación de la III República, me produce un efecto curioso: ¿A qué viene ese repentino interés por un Estado del que quieren irse? Apenas hace un mes no tenían el menor empacho en soltarse el pelo y declarar en pleno Parlamento que la gobernabilidad de España les traía sin cuidado. 

Lo entiendo, que para eso claman por la secesión, pero si es así, ¿qué más les da que en España, nación a la que dicen no pertenecer, haya Rey, Presidente de República, Copríncipe, Sátrapa o Sultán? Lo único cierto de tanto exabrupto es que cualquier cosa que desestabilice a España lo considerarán una bendición.

Otras corrientes de pensamiento parten del axioma de que no maldecir a Pablo Iglesias y Cía por sus opiniones, no excomulgarlos (o sea echarlos del Gobierno) equivale a dinamitar la Monarquía. Bueno, es otra opinión más. Supongo que los que así hablaban dan por sabida la contestación (qué es y cómo funciona un Gobierno de coalición, qué significa que UP y PSOE sean dos Partidos diferentes, etc., etc. Juegos de verano).

En esa orilla han empezado a proliferar encendidos alegatos en defensa de la Monarquía, de Felipe VI y de Juan Carlos I. Bienvenidos sean, que no dejarán de ser, como mínimo, ejemplos vivos de la libertad de expresión y en ocasiones justificadas muestras de lealtad personal al Rey Emérito. 

No obstante veo que con frecuencia se incurre en los mismos errores que los cometidos por quienes arremeten contra lo que estos defienden: también confunden Rey con Monarquía, a veces argumentan que los aciertos pasados deberían compensar cualquier error posterior y, en no pocos casos, me entran dudas razonables de si se trata de defender al Rey Emérito o de atacar al Gobierno; especialmente cuando veo cómo se confunde socialdemocracia con comunismo, se hace un atadillo con todo y se da por supuesto no sólo que los errores atribuidos al Rey Emérito no existen, sino que todo es obra de un plan perverso para llevar a España a la orilla de Venezuela.

¿No habrá llegado el momento de darle un repaso a la Constitución?
  • Podríamos eliminar la prevalencia del varón sobre la hembra en el orden sucesorio, salvo que Vox opine que las cosas están bien como están y que lo contrario  es ideología de género.
  • Tampoco vendría mal trabajar sobre el principio de transparencia. No sé dónde encajarlo pero no parece lo más oportuno que hoy, cinco días después de la partida de Juan Carlos I sigamos sin saber a ciencia cierta dónde está.
  • Convendría mandar al desván de la Historia el principio de impecabilidad del soberano tal como ahora está tratada. Para algunos historiadores, la Edad Media terminó con el descubrimiento de América; para otros con la toma de Constantinopla por los otomanos 49 años antes. Hace más de cinco siglos en cualquier caso. Hasta el Monarca actual estoy seguro de que lo consideraría razonable.
  • El problema es que en cuanto toquemos esas teclas, saltará la gran cuestión ¿Y si nos preguntáramos qué preferimos, si Monarquía o República? Lo que nos lleva a otra previa ¿Está España en estos momentos en las mejores condiciones para afrontar esta opción? 
  • Más allá del manido argumento  de que las dos experiencias republicanas anteriores no resultaron demasiado ejemplares, hay algo confuso en el repentino sarampión de republicanismo: frente a la nítida definición constitucional de la Monarquía Parlamentaria, cuando se reclama un cambio de modelo ¿de qué modelo de República hablamos, presidencialista o parlamentaria; monocameral o bicameral; unitaria, federal confederal, República de Repúblicas o ya-veremos-cuando-llegue-el-momento? Conocer la respuesta a estas preguntas también se me antoja previo a cualquier paso por esta senda. 

























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