sábado, 7 de noviembre de 2020

Trump en la noche interminable

Una noche electoral que puede durar semanas o meses

Tal como prescribe su Constitución, el primer martes después del primer lunes de noviembre, los votantes norteamericanos acudieron a su cita con las urnas.


No, no es del todo exacto: un mes antes ya habían votado cerca de siete millones de ciudadanos, que se habían multiplicado por diez el martes 3. Sumen a esa cifra la de quienes utilizaron su privilegio de votar en presencia antes del día previsto y tendrán una foto más exacta de lo que pasó el día de marras.


Han transcurrido ya cuatro días y seguimos sin saber quién será el próximo Presidente. Cosas del país que se proclama, sin fundamento por otra parte, la democracia más antigua del planeta. Consecuencias de una legislación compleja en la que la regulación del proceso electoral se rige por normas no solo propias de cada uno de los cincuenta Estados federados, sino, en algunos aspectos, diferentes según de qué Condado hablemos.


Añadan los procesos judiciales que ya se anuncian y verán que lo único seguro es que el 20 de enero del 2021, día de San Sebastián, por cierto, alguien se sentará en el Despacho Oval, sea Joe Biden o siga siendo Donald Trump.


No debemos olvidarlo


¿Tanto tiempo para saber quién ha ganado? Sí, tanto tiempo. No deberíamos rasgarnos las vestiduras. Hablamos de las elecciones norteamericanas, no de las francesas, ni de las alemanas, ni de las nuestras. Son las suyas, tienen sus normas, las aplican y hasta ahora no les ha ido mal: siguen siendo "El Imperio".

 

Olvidamos con frecuencia que Estados Unidos es más que Manhattan, que San Francisco, que Harvard, que el "Washington Post". USA es también Texas, y Alabama, y los Apalaches, y Detroit. La nación que tal vez sea la más poderosa de la Tierra, soporta unos porcentajes de pobreza ¡superiores a los España! Tiene algún millón que otro de obreros blancos en paro y recibe cada año cientos de miles de inmigrantes irregulares; padece, además, problemas de integración difíciles de resolver sobre los que carecemos de suficiente información (como decía Winston Churchill "en los países habitados por una sola raza es fácil tener ideas generosas y elevadas sobre las cuestiones raciales"). Los Estados Unidos de Norteamérica son el Este y el Oeste y también, sobre todo, el centro del país, el territorio profundo del que tan poco sabemos por acá.


Allí, en ese país inmenso, cada vez más polarizado, tal vez perplejo desde el sorprendente resultado de la Guerra de Viet Nam se han enfrentado por la Presidencia dos personajes antagónicos. Un fanfarrón vocinglero, desaprensivo y sin escrúpulos y un abuelete apacible con el mismo tirón popular que una tostadora de segunda mano. 


Quien más, quien menos, todos teníamos nuestro pronóstico. Estoy a punto de verificar que me había equivocado. No importaba lo que dijeran los grandes medios de comunicación, de qué lado se decantaran los actores y actrices más conocidos, qué nos gustara a nosotros los cultísimos y pretenciosos europeos, el combate me parecía tan desproporcionado que daba por inevitable la repetición de los resultados de hace cuatro años.


Si, como parece, gana Joe Biden, debo interpretarlo como muestra de una reacción popular con la que no contaba. Daba por cierto que otra vez más la osadía, el descaro, el uso sistemático de la mentira habrían de ganar la partida. Los últimos datos indican que no va a ser así.


Gane quien gane, el protagonista ha sido Donald Trump


Como no podía ser de otra manera. Ha agitado las aguas desde antes de empezar la campaña; en realidad, siempre y sólo ha estado en campaña. Desde que anunció su candidatura hace cuatro años hasta que abandone la política, cosa que ocurrirá cuando deje de ser la estrella del espectáculo que él mismo ha montado.


Desde que entró en combate, ha dicho cuanto se le ha ocurrido y aunque el "Washington Post" le lleve la cuenta de las mentiras que pone en órbita cada día, hay millones de compatriotas que creen en él como si fuera el Mesías redivivo. 


¿Alguien se extraña? Lean Historia: en tiempos de zozobra siempre habrá multitudes dispuestas a creer en quien le dice alto y claro lo que él no se atreve a decir. Trump es fiel a sí mismo; sus contradicciones son predecibles; es un oxímoron con corbata y tupé. 


Piensen un momento: cuando alguien se proclama ganador de las elecciones a mitad del escrutinio y, al mismo tiempo, denuncia fraude electoral ¿a quién está acusando de tramposo (he dicho "tramposo" no "Trumposo") a su contrincante que según él ya ha perdido, o a él mismo que dice haber ganado?


Cuestión distinta es si su protagonismo es beneficioso o perjudicial para el país que tanto dice amar. Porque lo cierto es que ha desprestigiado el proceso que le llevó al poder, está enfangando las bases mismas del sistema que le ha puesto donde está, arroja sombras de sospecha sobre todo y sobre todos, la prensa, el proceso electoral, el mismísimo poder judicial que ha tratado de manipular, todo, en fin, para mantenerse en el candelero cuatro años más. ¿O la reelección no era más que el penúltimo paso en su egolátrica carrera? ¿O pensaba en cambiar la Constitución para llegar a ser el Primer Emperador Vitalicio de América del Norte?


¿Qué habríamos hecho nosotros, Europa o España?


Permítanme un cambio de tercio. Europa, España también, acostumbra a adoptar una actitud condescendiente frente a los Estados Unidos y a sus ciudadanos: nosotros, los clásicos, los sabios, los cultos, la inteligencia, la clase, frente a ellos, paletos infantiloides enriquecidos. 


No es la primera vez que ocurre en la Historia: fue la actitud de Grecia y los griegos frente a Roma. Injusta entonces y ahora porque ni nosotros somos tan cultos ni ellos tan simples. La Hélade hace dos mil años y Europa ahora era y somos un pequeño rincón del mundo, dividido, contradictorio, ingobernable, pendiente sólo de sí mismo, carente de perspectiva histórica frente a un poder con vocación imperial.


Y, por otra parte ¿estamos seguros de que cultura es igual a garantía de comportamiento lógico? Alemania entregó el poder a Hitler cuando era el país más culto, más desarrollado del planeta.


Ser la sede de las más prestigiosas universidades no garantiza el sentido del voto del ciudadano medio.


Tengo la desagradable convicción de que el fenómeno Trump va a ser un chute de vitaminas para todos los movimientos populistas europeos, también los españoles: no importa las barbaridades que se pongan en circulación por estos andurriales, los populistas locales van a encontrar millones de oídos que agradecerán el disparate porque ya lo tenían en sus cerebros aunque no hubieran sido capaces de descubrirlo. Trump es un ejemplo de que el juguete funciona. Es como un muñeco diabólico, pero capaz de lograr sus fines.


Algunas claves de lo que ha pasado, algunas certezas que no lo eran


Trump ha sido el destinatario del voto del enojo. Lo que es anormal. Lo habitual es lo contrario: la indignación, la frustración, la ira suelen ir con la oposición, no con el Poder. La habilidad del magnate republicano ha sido convertirse él mismo en oposición. Oposición al establhisment como si fuera un desheredado, a la prensa como si no tuviera voz, a "los multimillonarios" él, precisamente él, a la clase política. como si no estuviera participando en el juego. 


¿Les suena la música? Es el truco de atraerse a quien objetivamente es tu contrario, hablando mal de tus mismos colegas. En tiempos de crisis se daba por supuesto que la moderación seguiría siendo sinónimo de fracaso, así que Biden iba a perder.


La noche electoral, si recuerdan, el discurso de D. Trump no era el del Presidente, sino el del aspirante enrabietado que ve trampas, manejos turbios, conspiraciones del Gran Poder por todas partes. No salieron bien sus cálculos.


En 2016 la clase trabajadora que había sido fiel al Partido Demócrata se sentía abandonada por éste que había girado hacia presupuestos más culturalistas, más… "universitarios". Era más fácil identificar al Partido Demócrata con la progresía cultural que con el sindicalismo obrero. La degradación social del parado blanco industrial lo llevó hasta los arrabales del fascismo y allí lo encontró Trump.


Funcionó hace cuatro años. Ahora, los efectos de la pandemia, los desajustes del programa económico, (resultó que el "America first" estaba encareciéndolo todo), y el rebufo del último estallido de conflicto racial han trastocado el escenario. Si las cosas siguen el curso que parece inevitable, sería de esperar que hasta los mismos cuadros de  Partido Republicano abandonen a su suerte a quien podrían considerar un riesgo para el inmediato futuro del viejo Partido.


Nos extrañamos de ciertos fenómenos porque olvidamos que los valores europeos y los norteamericanos difieren bastante. Europa cree en la sanidad y la educación públicas, por ejemplo. USA no; más aún, la mayoría de los ciudadanos del otro lado del Atlántico ven en nuestras costumbres peligrosos genes socialistas, es decir, comunistas, o sea, satánicos. Así que no sabemos cómo interpretar sus cosas.

  • Estados que votaron a Trump hace cuatro años, viejos feudos demócratas perdidos entonces por Hillary Clinton, han vuelto al redil. Yo creo que lo extraño fue lo ocurrido entonces, no lo de ahora. 
  • El voto latino ha sido importante, pero se ha repartido. Pues claro. Es que no todos los latinos son iguales. El venezolano, el cubano de Miami viene huyendo de regímenes asquerosos y apoyará a quien vea más alejado de quienes lo echaron de su casa. Votaron a Trump. Por el contrario, los descendientes de los espaldas mojadas, los chicanos, los centroamericanos hijos de inmigrantes ilegales votaron a Biden. Votaron, es ha sido la clave, frente a su abstencionismo tradicional.
  • ¿Queremos verlo con gafas españolas? ¿Creen ustedes que piensan lo mismo los venezolanos, los colombianos residentes en el barrio de Salamanca que los dominicanos, peruanos, ecuatorianos de Usera, de La Latina, de Vallecas? ¿A quién votarían unos y otros si se les diera ocasión?
  • El voto negro (¡Huy, perdón! el voto afroamericano ¿en qué estaría yo pensando?) se ha vuelto absoluta, completa y declaradamente desagradecido: no han entendido el mensaje de Donald Trump; o lo han entendido pero no han creído en él. ¿Recuerdan? "Nadie ha hecho más que yo por ellos desde George Washington". Bueno, pues han votado a Biden. O sea, que creen que está más cerca del Ku Klus Klan que de ellos. Vuelve a ocurrir lo mismo: es otro de los colectivos en los que se ha detectado un mayor porcentaje de incremento en el número de votantes. Y claro, votando los negros (perdón de nuevo: los afroamericanos) no hay manera.

Lo que nos espera

  • Una tensa incertidumbre agitada a diario por el Gran Farsante. Ya ha puesto a sus carísimos abogados a trabajar. Es posible que hasta el 20 de enero no sepamos a qué atenernos. 
  • Probables disturbios que podrían generar brotes de violencia incontrolada ¿incontrolada? Una población en cuyas manos hay más de 500 millones de armas (sí, 500 millones) que está siendo arengada nada menos que por el todavía Presidente de la nación, puede reaccionar a este estímulo y terminar provocando una oleada de episodios cuya gravedad es ahora imposible de predecir.
  • No obstante, Wall Street no parece en absoluto abrumada por el cambio de mandatario. Al contrario. Es como si los grandes inversores respiraran aliviados, porque, a diferencia de Trump, Biden es bastante predecible y eso elimina una de las variables más odiadas por la bolsa: la incertidumbre.
  • Pese a todo, no hay que descartar que el 20 de enero Trump siga en su despacho actual: si así ocurriera, seguirá haciendo lo mismo, gobernando desde twitter, amenazando, fanfarroneando, cediendo luego, diciendo una cosa y su contraria, como hasta ahora, pero sin el freno de estar jugándose su segundo mandato. Para algunos, un horror, para otros, la prueba de que Dios existe y es de Oregón.
  • Si, como parece, Donald Trump será el 5º Presidente desde 1900 que pierde una reelección, Joe Biden va a tener que gobernar un país partido en dos, con el Senado en manos republicanas y, por tanto, con la sensatez que se le supone, moderando su discurso y su actuación. Deshará algunos de los desmanes de su predecesor que el mismo Partido Republicano desaprueba, pero no irá mucho más allá. 
  • Europa está callada porque tendrá que tratar con el ganador, aunque vuelva a ser Trump. Mejor si gana Biden, pero tampoco será fácil la relación porque Europa es poco Europa y porque también hay trumpismo en algunos de los socios. Biden anuncia su interés de sumar a Europa a sus planes de cómo resolver sus problemas con China. No está mal, pero veremos si sus intereses coinciden o no con los de la Unión Europea. Lo que parece evidente es que no es posible que perdiéramos con el cambio.
  • ¿España? Con el Parlamento convertido en una corrala, el Gobierno en un gallinero y el Poder Judicial cerrado por reforma, ni Trump va a venir a salvarnos, ni Biden va a levantar los aranceles el primer fin de semana: nuestro futuro inmediato depende más de Bruselas que de Washington. Aunque alguien me tilde de aguafiestas, si es que Joe Biden, por fin, alcanza la Casa Blanca, quiero recordar a los entusiastas, que su cargo es el de Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, no el de Presidente del Gobierno de España. Quiero decir que igual tarda un tiempo en resolver el asunto de los aranceles impuestos a nuestros vinos y aceitunas. Minucias para quien va a encontrarse con una tarea ingente sobre su mesa. Pónganse en su lugar: ¿Qué firmarían antes, el Tratado de París, la vuelta a la Unesco o el asunto de las olivas españolas? 




                                         


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