sábado, 16 de mayo de 2020

¿Alguna idea sobre cuánto nos falta?
(16 de mayo 2020)

Mientras esperamos recuperar algo parecido a lo que antes entendíamos por normalidad, permitidme un soplo de optimismo: un relato bien distinto de los últimos que he venido publicando.
El relato vio la luz el verano de 2018, pero vuelvo a publicarlo porque creo que cumple con mi intención de insuflar un hálito de buen humor en los espíritus contritos que andan, andamos, penando enclaustrados.
Puedo asegurar que la historia que viene a continuación se la escuché a uno de los protagonistas, en concreto al dueño de la casa donde transcurre la acción, en el verano de 1967. 
Es tan delirante, y el gracejo de quien la contaba tan magistral, que apenas he necesitado añadir algún retoque secundario, nombres, apodos, detalles de biografías de figurantes y nada más. El reso es memoria estupefacta.



 La sueca

No hay nada como el amor de una mujer casada. 
Es una cosa de la que los maridos no tienen la menor idea. 
(Oscar Wilde).

 Esta criaturita puede palmar de un momento a otro.¿Qué hacemos, tú?
—Pues se me hace que lo primero, llamar al Médico, digo yo, que lo demás, lo que sea, puede esperar.
—¡Ya, el Médico! Don Braulio se marchó la semana pasada a la playa, como cada verano, y ése no vuelve hasta septiembre.
—¡Coño, Pepe, pues es verdad! ¡Pues al boticario! No es lo mismo pero sabrá más que nosotros ¿no? Y al Alcalde, y a la Guardia Civil, que también tendrán algo que decir, me parece a mí.
—¡Niño! 
    Paco gritó "¡Niño!" desde el zaguán de la casona, en penumbra a esa hora ya avanzada  de la mañana. Cuando lo hizo no había ningún zagal a la vista, pero al conjuro de su voz compareció un badulaque, apenas sobrepasados los diez años, boina ladeada, pantalón de dril corto, sandalias desgastadas y camiseta que bien podría ser blanca aunque no hubiera manera de averiguarlo.
—¿Tú de quién eres, chaval?
—Soy Tasio, el de la Merenciana.
—A ver, Tasio, ya puedes salir volando calle abajo hasta la botica y le dices a Don Godofredo…
—¿Al "Fredo"?
—¡A Don Godofredo, niño, un poco de respeto! Que deje lo que esté haciendo y se venga para acá a escape. -Tasio apuntó un trote largo, pero…- ¡Espera! Te me acercas después al cuartel, preguntas por el Sargento y le dices de mi parte, que tiene que venir ahora mismo, que es muy urgente, que ya le explicaré cuando venga. Luego buscas al Alcalde. A estas horas igual está en el Ayuntamiento. Si no, pregunta dónde para y te vienes con él. Cuando vuelvas, te daré un duro por las carreras ¿Estamos?
—¿Un duro? Ahora mismo estoy de vuelta.
—¿Te acordarás de todos los “mandaos”?
—¡Ea! Primero, Fredo, o sea Don Godofredo; después el Sargento y de remate, el Alcalde, esté donde esté.    
  Y salió como alma que lleva el diablo. Pepe García, aceitunero de pro, terrateniente respetado en Añora, y Paco Alcántara, su compadre se habían encontrado con un verdadero problema entre las manos, sin habérselo comido ni bebido. Cuando volvían del campo, antes de darse una vuelta por el bar que solían frecuentar cada mañana así que daban las doce, habían pasado por la casa del primero. Allí, en la penumbra del zaguán se habían encontrado con “La Sueca”, también conocida como “La Rubia” o como la fulana del Grabiel, “El Niño de la Tana”. La mujer, que hasta donde ellos sabían atendía por Birgitta (-“¿Birgitta? Ésa tiene el virgo en el cogote desde antes de tomar la Primera Comunión, se llame como se llame, mire usted, que no sé yo por qué no puede llamarse Brígida si es que a su padrino le dio por ahí, en vez de eso de Birgitta que ya son ganas de confundir al personal como si no supiéramos de qué pie cojea”-) era una sueca de pura cepa, natural y residente en Upsala, bióloga, 40 años mal cumplidos, alta como una torre, opulenta como una walkiria bien alimentada, con una cabellera rubia y ondulada única en todo el Valle de Los Pedroches y hasta puede ser que en la entera Provincia de Córdoba, un busto y unas caderas de las que gustan a la mayoría de los varones no importa de qué raza, edad o condición, y una voz de cazallera contumaz que desmentía sus posibles hechuras de ninfa Wagneriana. Era cierto el nombre, Birgitta, Birgitta Pedersen, aunque ni los compadres, ni nadie en el pueblo tuviera noticia de su apellido, salvo “El Niño de la Tana”.
    Lo que los asombrados amigos vieron cuando entraron en el umbrío zaguán, fue a la citada vikinga, derrengada en el escaño, (despatarrada, sería menos fina pero más precisa descripción) la cabeza sobre el asiento, como el resto de su cuerpo, menos una de las piernas que colgaba hasta el suelo. Su vestido, blanco, abierto por delante hasta medio muslo, en parte recogido en la cintura mostraba cuatro quintos de muslo y permitía, incluso, entrever la entrepierna y la prenda que cubría sus vergüenzas. 
—¿Qué coño hace aquí esta jaca? ¡Oiga, Señora! ¡Eh! ¡Despierte! Paco, ¡leche!, que está privada. ¿Estará ya borracha a estas horas? Igual le dura la tranca de anoche, que la vi en el baile con el cantamañanas de “El Niño de la Tana” amarrado a su cintura dándose el lote.
—Sí, pero fue al principio. Luego se quedó sola y anduvo dando tumbos por ahí.
—La cosa es que no me explico cómo ha llegado hasta aquí, ni cuándo, que esta mañana, cuando salí al campo, no estaba.
—Espera, déjame a mí. 
    Paco se le acercó. Muy considerado, le subió el vestido para taparle sus carnes y, sin mayores miramientos, la agarró por el brazo derecho, le arrimó un meneo y le dio cuatro voces nada amables por si “La Rubia” había pensado que ya era hora de despertar. Apenas un ronroneo, un sonido inarticulado salió de su boca entreabierta. Una espuma densa, blanca, empezó a escurrirle por la comisura de sus labios hasta media barbilla. Otro meneo, esta vez sin improperios, y el mismo nulo resultado.
—No es por nada, Pepe, pero p’a mí que tenemos un problema. La babilla esa que se le escurre de la boca no me da buena espina. Esta tía está más p’allá que p’acá. Igual venía de su pensión, se sintió perjudicada y entró en la primera puerta que vio abierta.
—Sí, joder, la mía, mira tú por dónde. A poco más que hubiera caminado habría llegado a la botica, o a la iglesia.
—¡Ea!
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Y yo qué sé? Pero algo habrá que hacer, digo yo.  
    Fue entonces cuando decidieron lo que antes ya se ha comentado: llamar en su auxilio a las fuerzas vivas de Añora. 
   No era el mejor día para pedirle a nadie demasiados esfuerzos. Los tres días de fiesta grande habían terminado la víspera, así que aquel 28 de agosto de 1965, quien más quien menos estaría intentando recuperar la normalidad. Resacas, agujetas y, en todo caso, esa vaga sensación de melancolía que invade el ánimo cuando terminan celebraciones que se sabe que tardarán todo un año en volver.      
    En esas estaban cuando llegó Don Godofredo, el boticario. Rondando los sesenta, Fredo, aunque era oriundo de Porcuna, llevaba ya cerca de treinta años en Añora. Allí llegó en el 39, recién terminada la guerra civil para ocupar la vacante dejada por su predecesor, muerto de una rociada de tiros cuando una partida de incontrolados, dicen que de la FAI, decidió que tenía demasiado dinero para seguir vivo. Fredo llegó al pueblo, conoció a Generosa, se casó con ella y con sus olivos, engendró cuatro mozos a cual más rozagante y obtuso y siguió a lo suyo, la botica, la partida de julepe, los finos antes de almorzar, las correrías por las fiestas de los pueblos próximos, y los homenajes domésticos con los que pretendía llevarse al catre a las sucesivas sirvientas que iban recalando por su casa. Unas le hicieron caso y otras no, pero a todas fue despachándolas Generosa con viento fresco que, además de un más que respetable bigote, tenía la señora de la casa una perspicacia y un mal genio dignos de ser tenidos en cuenta.
—Esto no pinta bien. -Fue el fundamentado diagnóstico profesional de Fredo, que, mientras miraba a la mujer de arriba abajo, aprovechó para verificar si seguía con vida por el socorrido procedimiento de buscar los latidos del corazón metiendo su mano derecha entre el sostén y la epidermis de la sueca- ¡Y encima, hoy, sin Médico en el pueblo!
—No, si eso ya lo habíamos supuesto Pepe y yo. La cuestión es que… ¡Oiga, Fredo, buena manera de tomarle el pulso a “La Rubia”! ¿Eh, amigo? ¿Qué hacemos ahora, la llevamos a su pensión, la dejamos aquí o nos la llevamos al ambulatorio?
—Pues no sé qué le diga. Yo no la movería, no vaya a ser que se nos quede en el traslado ¿Habéis llamado a alguien más?
—Sí, hombre, desde luego. Hemos mandado por el Alcalde y por el Sargento. ¡Qué, Fredo! ¿Late o no late el corazón? Que lleva media hora con la mano debajo del sostén. Digo, no vaya a ser que se le corte a usted la circulación de la sangre en la mano.
—¡Ah! bueno, eso está bien pensado. Lo del Alcalde y el Sargento, digo. Ésta tiene el ritmo cardíaco acompasado. -Y sacó la mano de las interioridades de la paciente, no sin cierta pena- Cuando lleguen ya veremos qué decidimos entre todos. Mientras tanto, Pepe, tráete un buen vaso de agua. ¡No, mejor una jofaina y un vaso!
—¿Y eso?
—¡Que beba! Por si tiene que vomitar.
—¿Y por qué tendría que vomitar?
—Mire, Don Paco, yo no soy médico, pero algo sé de estas cosas. Para mí que aquí, “La Rubia”, está intoxicada. Por la espumilla blanca ésa que le sale de la boca, así que si vomita mejor.
—Pues espera que voy por un capacho y una palangana para que si pota no me ponga todo el zaguán hecho un Cristo. 
    Dijo Pepe, y estaba por desaparecer en el interior de la vivienda cuando en ese preciso instante hicieron su aparición Don Rafael el Alcalde, y Romero el Sargento de la Benemérita. (El Sargento se llamaba Guzmán Romero Panceto, pero siguiendo las inveteradas costumbres del Instituto Armado, siempre era llamado por su apellido, salvo por su señora que le llamaba “Gus”) Don Rafaé, así, como suena, elidiendo la “ele” final, que llevaba camino de convertirse en Alcalde vitalicio de la villa, era un lugareño alto y ancho como un armario ropero, con bastantes más luces de lo que sus trazas de gañán hacían suponer. Cincuentón bien conservado, tal vez por su escaso apego al trabajo, llevaba la regiduría de la villa con notable mano izquierda sin sobresaltos apreciables ni con el vecindario ni con los sucesivos Gobernadores Civiles de Provincia a los que visitaba cada cierto tiempo para surtir sus despensas de embutidos de su propia producción y de alguna garrafa de aceite que procuraba fuera aportado por vecinos como Pepe, Paco o semejantes. En cuanto al Sargento, era un salmantino de Pedro Toro, un pueblín minúsculo a menos de una legua de Ciudad Rodrigo. Llevaba tres años en el puesto y, aunque no intimara con nadie, procuraba mantener relaciones cordiales con los presentes, con el Médico, con el Secretario del Ayuntamiento y con el Juez de Paz. Como era de esperar, el resto del vecindario, salvo los dos curas, Párroco y Coadjutor que atendían a la feligresía, estaba compuesto para su particular modo de ver el mundo por sospechosos o aspirantes a serlo.
   El zaguán era grande, así que tampoco estaban incómodos. Todo lo contrario, se distribuyeron en semicírculo alrededor de la yacente figura de la dama nórdica que ahora, de vez en cuando se rebullía un tanto, emitiendo unos extarños sonidos guturales poco tranquilizadores. Con el Alcalde y el Sargento, en su estela, había vuelto también Tasio el de la Merenciana, el chaval que había ido a buscarlos. Se mantuvo en un discreto segundo plano. Lo que de verdad le interesaba al rapaz era cobrar el duro que le habían prometido, pero hasta el momento nadie hablaba de eso, así es que esperó acontecimientos intentando, de paso, verle las bragas a la sueca, mirando con disimulo entre los corpachones del Sargento y el Alcalde.
—¿Qué ha pasado aquí? -Preguntó el Guardia Civil-
—Ya nos gustaría saberlo, mi Sargento, -dijo Pepe García- Ésta, que nos la hemos encontrado ahí donde usted la ve, despatarrá y sin conocimiento, cuando hemos llegado Paco y yo. Les hemos llamado a ustedes, y aquí, al boticario, que dice que igual está intoxicada.
—Por la espumilla esa -intervino el pildorero- ¿Ve, mi Sargento? Está medio ida, pero sigue viva, que el corazón le late firme y acompasado.
    Fue curioso, pero en cuanto el Sargento engoló la voz y preguntó “¿Qué ha pasado aquí?”, todos dejaron de llamarle Romero. El atávico temor de cualquier civil ante las fuerzas del orden les llevó a “mi Sargento”.
—Ya veo. Intoxicada. ¡O envenenada!
—¿Envenenada? ¡Quite allá, hombre! Esta mala pécora se ha intentado suicidar ¿no ve cómo va vestida?
    Como salidas de la nada, entraron en escena Jesusa, la mujer del Alcalde y Generosa, la del boticario. La conocida propiedad de rápida transmisión de la que gozan las malas noticias había llevado hasta sus oídos el alifafe que sufría su más declarada enemiga, la desvergonzada extranjera que no sólo era rubia y quién sabe si protestante, porque jamás portó por la Iglesia, sino que no tenía el menor empacho andar por ahí sin faja, ni en fornicar a destajo con Gabriel (perdón: "Grabiel", según la prosodia del lugar) “El niño de la Tana”.
—Pero, vamos a ver Jesusa, no empieces que te conozco. ¿Qué tiene que ver la ropa con el suicidio? Y, según tú o según vosotras ¿cómo va vestida?
—Ahí la tenéis, ¿pero es que no la veis? -Se sumó Generosa- ¡De blanco, como si fuera mocita, medio desnuda, que a poco que te asomes se le ve tó, y con el pelo suelto!
—Ya. Y por eso se ha suicidado ¿verdad? ¿Por qué no os volvéis por donde habéis venido y dejáis este asunto a los hombres?
—Yo lo que digo -terció Jesusa- es que anoche se bebió medio cántaro de vino por pura rabia, cuando “El Niño de la Tana” la dejó plantá en mitad del baile y se marcó unos cuantos agarraos, pero que bien agarraos, que yo no les quitaba ojo, (“me lo creo”, murmuró Pepe) con Rocío la del Pellejero.
—¡“El niño de la Tana”! A ver, chaval, ¿dónde te has metido?
—Aquí, Señor Alcalde - Dijo Tasio el de la Merenciana, saliendo de su medio escondite- esperando mi duro.
—Sal pitando, y vuelve con “El Niño de la Tana”
—¿Y el duro?
—¿Qué duro?
—El que me debe Don José por los mandaos de antes.
—Que te vayas, te digo, ¡leche! Vuelve con quien te he dicho, y además del duro de Don José, tendrás dos pesetas más que te daré yo.
   Era el momento de hacer algo, así que, por unanimidad, decidieron que la sueca estaba intoxicada, se debiera a accidente o a suicidio, y había que proceder en consecuencia. El boticario indicó que un buen remedio era empapuzarla de aceite de oliva templada, rezar un credo para dar tiempo a que la purga hiciera efecto, y ponerla luego cabeza abajo para que vomitara cuanto antes. 
   La concurrencia seguía aumentando. Había entrado Benita, la dueña de la casa, que volvía de la calle con Rosa, su criada. Mandó a ésta por el capacho y la palangana para proteger el suelo (es de hacer notar la coincidencia de criterio en el seno del matrimonio en cuanto a las medidas a tomar para mantener la limpieza doméstica, lo que bien a las claras hablaba de la sintonía de la pareja) y ella salió y volvió a entrar al instante con una jícara de aceite de su propia cosecha doméstica (-“Para que luego digan que soy rácano -se dijo Pepe para su coleto- de mi cosecha y de primera extracción, que digo yo que si ha de vomitarla, habría valido con el de orujo”-) y un embudo para suministrarle el tratamiento a Birgitta, que, por el momento, seguía en los borrosos límites entre la inconsciencia y la empanada.
    Paco, cuya mujer aún no estaba presente, se ocupó de levantar un poco la cabeza de la moribunda, y el boticario con una mano metió el tubo del embudo entre los labios y con la otra fue vertiendo el aceite en su boca. Después, no sin antes devolver jícara y embudo a la Señora de la casa, como había hecho poco tiempo antes para saber si su corazón latía, deslizó su mano derecha entre los botones del vestidito y empezó a masajearle el estómago y el impreciso espacio que va desde el ombligo hasta las ingles, lo que provocó un significativo cruce de miradas entre las tres mujeres.
—Esto se hace para que el aceite haga efecto antes -explicó el farmacéutico, sin que nadie le hubiera preguntado nada-. Ahora tendríamos que rezar el credo o medir tres minutos de reloj y luego ponerla patas arriba para que vomite mejor. Esto… bueno, que quiero decir que a lo mejor no es mala idea ponerle además un supositorio para que limpie las tripas.
—O sea, -dijo el Sargento- por orden: primero a esperar a ver el efecto del aceite, después ya veremos. ¿Alguien está midiendo los minutos?
—Sí, mi Sargento, -Paco, a lo que se ve, era el más organizado de la partida- un servidor.
—¿Y han pasado…?
—Pues tres. La verdad es que han pasado ya los tres que dijo aquí, el boticario.
—Pues, ¡Hale! ¡Al toro que es una mona! Usted, Fredo, ya puede dejar de meterle mano a la interfecta, que se ve que no pierde comba, hombre. A ver, Señor Alcalde, usted que está fuerte, se me sube en la banca, agarra a esta tía, quiero decir, a esta señora por los tobillos y me la sube hasta que la cabeza se le quede colgando y en vilo ¿Estamos?
    Rafael subió al escaño agarró a Birgitta por los tobillos y tiró de ella hacia arriba. Como era de esperar el vestido, por el aquel de la Ley de La Gravedad, o tal vez por su propio peso, se deslizó pantorrillas y muslos abajo y acabó por taparle el tronco y la cabeza. Tres alaridos de las tres gargantas de las tres mujeres atronaron el zaguán. La grotesca maniobra del Alcalde había dejado a la vista las minúsculas braguitas de la sueca que ni siquiera eran blancas ni negras, únicas variaciones que las comadres presentes conocían, sino de un delicado color azul purísima con vivos blancos y unas florecitas monísimas al frente azul marino y blancas. En honor a la verdad, cualquier entendido en la materia podría haberles aplicados calificativos tan encomiásticos como primorosas, sugerentes, insinuantes, finas o elegantes. El trío vociferante, sin que nadie les hubiera preguntado, las adjetivaron en sus respectivas mentes como desvergonzadas e indecorosas, aunque cuando tocó expresarlo a viva voz, el dictamen final fue más contundente: guarras. 
    Lo peor no fue la discrepancia sobre la pertinente denominación del modelo de las bragas, sino que, como si lo hubieran ensayado, las tres guardianas de la moralidad local se abalanzaron al unísono sobre el dúo Alcalde-sueca dando con los dos en el santo suelo. Menos mal que el Sargento, el boticario, Paco y Pepe que estaban al tanto y no perdían ripio, pudieron parar en parte el batacazo, aunque el Alcalde, el terrateniente, la sueca y el Sargento terminaron por los suelos. Las mujeres, no. Ellas sólo habían pretendido volver a subir el vestido y sujetarlo para que durante el tiempo que durara el tratamiento las interioridades de “La Rubia” no ofendieran la sacrosanta moral del domicilio, pero el resultado fue diferente del previsto.
    El Sargento se levantó más dolido en su orgullo que en su esqueleto, así que, una vez que se alisó el uniforme y se ajustó el cinto, se enfrentó a las tres comadres, carraspeó y sin levantar demasiado la voz las conminó a desaparecer.
—Señoras, ustedes tres están impidiendo el normal desarrollo de las operaciones, así que ahora mismo se vuelven a sus ocupaciones habituales.
—Oiga, Sargento, que yo estoy en mi casa -Dijo Benita-
—Que es lo suficientemente grande como para que pueda esconderse donde mejor le cuadre. Aquí hay una investigación en marcha, así que lo dicho, dicho está y no voy a repetirlo. ¡Arreando! Espero que no tenga que llamar a un par de Números para que las conduzcan al Cuartel hasta que todo esto termine.
   Obedecieron refunfuñando, pero obedecieron, con lo cual los hombres respiraron. A todo esto, entre Paco y el boticario habían vuelto a poner a la sueca tendida en el escaño, esperando la vomitera que no terminaba de producirse. Entraron el chiquillo y “El Niño de la Tana” que venía muy peripuesto, pelo ensortijado embadurnado con abundante brillantina, patillas en hacha, pantalón negro ceñido hasta las rodillas y acampanado hasta el suelo, botines relucientes, camisa blanca desabrochada hasta el ombligo, medalla de oro de la Virgen del Rocío sobre la tabla del pecho, pañuelo estrecho ciñendo el talle en lugar de cinturón ¡y guitarra al hombro!
—Aquí me tienen para lo que gusten mandar.
—¿Y la guitarra?
—El chavea no me ha dicho para qué me buscaban, así que me he traído la guitarra por si acaso.
—¿A estas horas? 
—¿Y yo qué sé? Hay gente p’a t’o, que dijo "El Guerra" ¡Ostia, la Birgitta! ¿Qué le pasa, está muerta?
—No hombre, no, no seas cenizo. Indispuesta, o intoxicada, suponemos. ¿Barruntas lo que puede haberle pasado?
   Tasio el de la Merenciana había empezado a tirar de la manga de la camisa de Pepe, reclamando su duro. Se lo dio, el Alcalde vio la maniobra y se adelantó a la reclamación.
—Acércate a la botica. Cobrarás mis dos pesetas a la vuelta, y en tanto estemos con esto, quédate a la mano. Fredo ¿no habías dicho que a lo mejor necesitabas supositorios? Escríbele un billete al mancebo y manda al chaval por ellos.
—¿Quién paga?
—Quién paga ¿qué?
—Las medicinas, que aquí, como en la feria de Valverde, que el más pone más pierde.
—De momento el Ayuntamiento, sin perjuicio de la oportuna repercusión a la interesada cuando, Dios lo quiera, esté en condiciones de obrar.
—Hablando de obrar: Pepe, para cuando los supositorios hagan efecto, vamos a necesitar a las señoras, que alguien tendrá que llevarla al retrete o sentarla en la bacinilla. 
—Pues eso, en su momento. Por ahora, prefiero que le hayan hecho caso al Sargento y no que anden por aquí metiendo las narices en todas partes.
—Bueno figura -El Sargento se encaró con el tocador de guitarra- Explícame ahora qué ha estado pasando entre tú y ésta desde que llegó al pueblo, y qué pasó anoche.
    En síntesis, el relato del cantaor se remitía al día en el que Birgitta bajó del autobús de línea en la plaza del ayuntamiento, hacía de eso poco más de un mes; a mediados de julio, para ser precisos. Aquella tarde él estaba con otros dos colegas sentados frente al bar a la sombra de la parra con unas cervezas delante. La vio bajar y quedarse parada con una maleta gigantesca a su lado, mirando en derredor, desamparada, dando muestras de no saber cuál habría de ser su siguiente paso. Allí estaba él con una oliva a medio camino entre el plato y su boca y aquella desconocida, rubia, espléndida, como una aparición, pidiendo a gritos que alguien la ayudara. 
   Él se acercó, la escuchó unas cortas frases en un español penoso lindante con lo indescifrable. Supo luego que era sueca, que atendía por Birgitta y que tenía la intención de quedarse algún tiempo, no sabía cuánto, en Añora. Necesitaba un sitio donde alojarse ¿Qué hotel podía recomendarle? Así que cargó con la maleta y la llevó hasta la casa de su tía Genara que en ocasiones, después de enviudar, había dado en alquiler la planta superior de su domicilio: el dormitorio que había sido el del matrimonio, la sala que daba a la calle y el excusado que hacía las veces de cuarto de baño. Esperó a que se acomodara, la acompañó a cenar ¡a las 8 de la tarde! y esa misma noche la convirtió en su amante. Fue sabiendo más tarde que Birgitta era bióloga, (aunque reconocía que el término no le dijo nada), que vivía en Upsala en cuya Universidad su marido era Profesor Titular de no supo recordar qué disciplina y que, pese a las apariencias, no estaba peleada con su marido.
—O sea, “Niño”, que te estabas tirando a una casada.
—Bueno, sí, pero extranjera, y con su marido a tres mil kilómetros o más, que no es lo mismo que las casadas del pueblo.
—No, si ya me hago cargo. Con el marido en Suecia… Oye, y digo yo si no habría que llamarlo, o ponerle un telegrama, o algo ¿no?
—Sí, pero ¿en qué idioma? Que no es cosa de ir a telégrafos y decirle “Que te vengas p’acá, que “La Rubia” está a punto de palmarla, si no lo remediamos”, porque no iba a entender ni media. ¿Y mandarlo a dónde?
—Eso sí puedo arreglarlo yo, mire usted. Lo del telegrama, digo, que sé dónde guarda la documentación, y la dirección del marido, que hasta me ha enseñado fotos suyas vestido de catedrático. Y se me ocurre que igual el telegrama podría escribirlo Curro, el sobrino del Médico, ¿sabe quién le digo? que habla o dice que habla inglés.
—Pero ésta y su marido son suecos.
—Sí, pero creo que hablan inglés, como todos los extranjeros.
—¡Qué cosas!
—¡A ver, tú! -(Intervino de nuevo el Sargento a quien las hechuras y andanzas de “El Niño de la Tana” siempre le habían parecido poco recomendables) Sí, tú, el de la guitarra. Te acercas al cuarto de ésta y vuelves con su documentación y, si la encuentras, con la dirección y el nombre del marido. Si la patrona pone cualquier inconveniente, le dices que vas por orden de la Autoridad ¿Está claro? Y deja aquí la guitarra, que éstas no son horas de andarla paseando.
—Sí, mi Sargento, y pierda cuidado que “La Rubia” se aloja con mi tía Genara, o sea que no me va a decir ni mu.
   Llegó de nuevo Tasio el de La Merenciana con los supositorios. El boticario pidió que le dieran la vuelta a la enferma que, por cierto, estaba soltando unos regüeldos de viajante, lo que fue interpretado por todos como un buen síntoma, se aplicó a quitarle las bragas y guardárselas en el bolsillo de su camisa junto a las gafas de sol y un bolígrafo, y una vez que entre Paco y el Alcalde le pusieron las posaderas en pompa, le introdujo el supositorio y se volvió muy ufano como quien acaba de rematar con éxito un trasplante de riñón.
—Oiga, Fredo -advirtió el Sargento- yo, en su lugar no me guardaría las bragas de aquí, “La Sueca”. Es posible que esta señora las eche en falta en cuanto vuelva en sí.
—Huy, perdón, en qué estaría yo pensando.
—Eso me pregunto yo también. Sigamos. 
—Ahora ya sólo hace falta esperar que el aceite y el supositorio hagan su efecto.- Dijo el farmacéutico.
   Cosa que ocurrió al cabo de un cuarto de hora. Ahorremos los detalles. Todo empezó con una serie interminable de ventosidades fétidas con los que la sueca obsequió a los presentes.
—¡Joder con “La Rubia”! Comerá gloria, pero huele a rayos. Tú que la conoces, “Niño” ¿esto es normal?
—No, Señor Alcalde, Birgitta siempre ha sido muy comedida en este terreno. 
   Terminada la traca, la enferma empezó a expulsar por cuantos conductos pudo disponer todo lo que llevaba en su aparato digestivo, incluida la abundante ingesta de vino de la víspera y, por lo que luego se supo, el medio tubo de somníferos que había tomado esa mañana apenas levantada. La idea del suicidio le vino del ataque fulminante de celos, de la desesperación de ver a su amado en brazos de una lugareña, bastante ordinaria para su gusto, que se había pegado a él como hiedra a la pared. Después de una noche entera en blanco vagando de acá para allá como vaca sin cencerro, a primera hora de la mañana, desayunó una buena porción de hogaza con aceite, café con leche y tres tejeringos y se tragó los barbitúricos.
—¡Oiga! ¿y no le parece extraño que si ya había pensado irse al más allá se pusiera hasta las trancas de pan con aceite y churros?
—Pues no, mi Sargento. ¡A saber! Digo yo que igual pensó que el viaje era largo y convenía ir con la andorga llena.
  Dejó pasar otro buen rato llorando y compadeciéndose de su desgracia, y terminó por tragarse lo que le quedaba del tubo de somníferos a los que era medio adicta. Había salido a la calle, eso contó al día siguiente una vez repuesta, con la romántica idea de ir a morir bajo la reja de su amante, pero las fuerzas la abandonaron a la altura de la casa de Pepe García y allí se quedó. Un inciso: lo de morir bajo la reja de su novio, a más de una idea romántica, cargaba su buena dosis de mala uva porque, a no dudarlo, su muerte bajo la ventana habría de complicarle la vida a su galán, pero así de compleja es la mente humana, en Upsala y en Añora. 
    Decidieron dejarla descansar unas horas (-“Pero no en mi cama, no faltaría más, clamó Benita. Si tiene que quedarse, que siga donde está que si ella eligió el sitio, por algo sería”-) tiempo que aprovechó el Sargento para seguir averiguando lo que pasó la víspera entre la fracasada suicida y su amante.
    Volvía el guitarrista con los papeles que había encontrado entre las cosas de Birgitta. El Sargento, se quedó con ellos y se encaró con el muchacho.
—A ver “Niño”. ¿Cuánto tiempo llevas amancebado con aquí la presunta suicida?
—Desde la noche que llegó, mi Sargento, hasta ayer que discutimos y me fui con otra.
—¡Motivo de la discusión!
—La tauromaquia, mi Sargento, que no se le ocurrió mejor cosa que tacharnos de bárbaros y sanguinarios, por pagar dinero para ver martirizar a un toro, que creo que además lo llamó herbívoro, o algo así, que ya son ganas de molestar al bicho. Yo, usted verá, me sulfuré ¿a quién se le ocurre llamar herbívoro a un morlaco de quinientos y pico kilos? y le dije que para bárbaros ella y su putísima madre, que desde siempre se ha sabido que los bárbaros son los del Norte, que, ahora mismo, siguen comiendo la carne cruda como las alimañas. Ella se encabronó aún más y yo, por no soltarle un par de sopapos a la remanguillé, que era lo que estaba pidiendo a gritos, le hice un corte de mangas y me puse a bailar con Rocío la del Pellejero que siempre me ha puesto buena cara.
—¿Cuándo estaba pasando todo eso?
—A primera hora del baile en la plaza. Pongamos que fueran las 11. Luego… Bueno, luego me ausenté…
—Te ausentaste u os ausentasteis.
—¿Usted qué cree, mi Sargento?
—Que al siguiente subterfugio te arrimo semejante guantazo que te espanto el Ángel de la Guarda. ¡Contesta!
—Ea, que nos fuimos los dos juntos , yo y quien venía conmigo, que eso no hace al caso, y hemos estado fuera de la circulación hasta que nos despertó la campana llamando a Misa de 8. No sé nada de Birgitta, se lo juro, mi Sargento.
—Bien. Ésta parece que se ha quedado tranquila, así que ha llegado el momento de mandarle un telegrama al marido.
    Así se hizo, no sin debate previo, que Pepe García y su compadre eran partidarios de llevársela a Pozoblanco donde podría ser mejor atendida y el boticario llegó a sugerir que prefería llevársela a su casa para poder atenderla mejor. El Sargento echó en cara al  terrateniente las ganas que tenía de quitarse el mochuelo de encima y al boticario, lo contrario: su insana manía de manosear a “La Rubia” con cualquier disculpa. Al fin, la traspuesta sueca terminó en un dormitorio de Pepe García, pese a las protestas de su mujer, y el texto del telegrama lo compuso el Alcalde, no sin antes haber tenido que reclamar para sí ese privilegio, que para eso era el Regidor de la Villa, eso dijo.
   “Birgitta grave accidente. Urge su presencia en Añora. Pregunte por el Alcalde”, decía el escueto texto. Llamaron al sobrino del médico, el que decían que era angloparlante (lo de “angloparlante”, como es de suponer, no lo dijo ninguno de los presentes, es una licencia del redactor de la historia) y lo tradujo en los siguientes términos: “Birgitta, serious accident. Stop. Require inmediate presence. Stop. Enquire for Añora´s Major”.
¡Ea! Ya está, aquí lo tienen, en inglés de arriba abajo.
—Suena bien. ¿Seguro que dice lo que te hemos dictado?
—¡Digo, pues claro! Si tampoco es tan difícil. Serious accident, o sea accidente serio. Require immediate presence, hasta un niño sabe lo que quiere decir, que se requiere su presencia inmediata. Enquire for Añora´s Major, ¿Ve? Esto ya son palabras mayores, pero, en cristiano quiere decir que pregunten por usted, o sea, mayormente por el Alcalde de Añora.
¡Añora’s Major!  Pues casi suena mejor que Alcalde.  
   Dos días después, Axel Pedersen, 47 tacos recién cumplidos, cerca de dos metros de Doctor en Filología Inglesa, Profesor en la Universidad de Upsala, casi albino, ojos medio transparentes de puro azules, marido, como ya habrá supuesto el sagaz lector, de Birgitta, la fallida suicida, aterrizaba en Barajas, recorría a pie los escasos 70 metros que separaban el DC 9 de la SAS de la terminal internacional y se aprestaba a recuperar su somero equipaje. Recibido el pintoresco telegrama que le remitieran desde Añora e interpretado su contenido, se puso en camino de inmediato. Esa mañana cuando el avión despegó de Estocolmo, el termómetro marcaba 22º. (-“Temperatura ideal. -pensó el Profesor- Veremos qué me encuentro en España”-). Pues 34, esos eran los grados que marcaba el termómetro cuando Axel cruzó el espacio entre el avión y la terminal. Le esperaba un día cualquier cosa menos fresco. 
    Salió, tomó un taxi, y con el papelito en la mano donde había apuntado la dirección exacta -no importa lo que dijera el telegrama él sabía dónde se alojaba Birgitta- pidió al taxista que le llevara a Añora, Córdoba, a la calle que ya le diría cuando llegaran al pueblo.
—¿Añora? ¿En Córdoba? O sea ¿La Córdoba de toda la vida? ¿La de la Mezquita?
Yes, Sir, Añora, Córdoba. 
   El castellano de Axel no daba para demasiado, pero fue suficiente para confirmar a su interlocutor, un profesional del taxi, treintañero oriundo de la periferia madrileña, que, en efecto, quería ir a Córdoba, Andalusia, y que, además, tenía mucha prisa. El taxista pensó que le había tocado la Lotería. Un viaje de más de 340 kilómetros, más el cobro del retorno sólo pasaba una vez al año y no todos los años, así que, silbando, metió el bolsón de su pasajero en el maletero, puso el motor de su SEAT 1.500 en marcha y arrancó. 
    Eran las 2 de la tarde y Axel desde las 5 de la mañana en que salió de Upsala, sólo había ingerido el somero desayuno que la SAS le había suministrado a bordo, así que, como pudo, le pidió al taxista que, cuando tuviera ocasión, parara para almorzar. Añadió que sería su invitado. Aquél pensó que un día es un día, que la suerte seguía con él y que conocía una venta cerca de Puerto Lápice, donde podría comer y beber mejor que de costumbre. No había llamado a su mujer, si bien era más que probable que antes de medianoche estuviera de vuelta, así que ya le daría las explicaciones cuando llegara.
    La temperatura seguía subiendo, 40º por el momento, y el SEAT, negro como ala de cuervo, no contaba con aire acondicionado. Axel probó a bajar la ventanilla pero comprobó que, pese a todo, la temperatura interior era algo más baja, conque volvió a subirla. Se despojó de una cazadora de gabardina que llevaba puesta, desabrochó la camisa y se dispuso a sobrellevar el verano manchego como Dios le diera a entender. Cuando se detuvieron en “El Aprisco”, el termómetro del coche marcaba ya 42º. Axel se preguntó hasta dónde llegaría. El comedor, por contraste, le pareció soportable, umbrío y tranquilo. No había aire acondicionado, pero dos grandes ventiladores instalados en el techo hacían girar sus aspas estableciendo una corriente continua de viento en todo el local. Se dejó aconsejar por el taxista y fue consumiendo un plato de jamón, cuyo sabor no conocía pero que mereció su aprobación, un tazón de gazpacho helado que le reconcilió con la vida y unas migas con huevos y chorizo frito que encontró grasientas y arrasadas de ajo. Pidió un café con hielo, una botella de agua mineral para el camino, pagó e insistió al taxista para que se apurara. Éste, por su parte, se había zampado media botella de un vino del que Axel no quiso saber nada, un café negro como el alma de Judas, una copita de anís "Machaquito" y, para coronar el almuerzo, salió del comedor encendiendo una Farias, tan feliz. 
    Cuando el sueco descorrió las cortinas que protegían la puerta de entrada de “El Aprisco” se encontró el sol en la cara, un sol cien veces más luminoso que el que él conocía en su tierra. Una bofetada de calor amenazó con dejarlo incrustado en el empedrado de cantos rodados que decoraba el espacio ante el local. Se sintió desamparado. Miró el reloj y calculó que aún le faltaban no menos de tres horas para llegar a su destino, así que, a buen paso se llegó hasta el coche y se derrumbó en el asiento trasero. Minutos después, pese a la calorina, dormía (Iba a decir que dormía “como un bendito”, pero, teniendo en cuenta que Axel era protestante, mejor lo dejamos en que dormía, sin más). El efecto combinado del madrugón y la digestión del almuerzo le habían sumido en un sopor del que despertó cuando el taxista le zarandeó.
Míster, que ya hemos llegado. Esto es Añora. Estamos delante del Ayuntamiento. ¿Quiere que busque la dirección o sabe usted ir?
—No conozco lugar. Pregunte esta dirección, please.
    Eran las 6 y media de la tarde cuando, por fin, Axel hacía su entrada en la alcoba donde Benita había alojado a Birgitta. Los dueños de la casa entraron tras él. Y la criada. Y minutos después, Paco. Y al cabo de un cuarto de hora empezó a llegar tanta gente que Pepe García los fue acomodando en el patio, bajo los arcos, que a esa hora de la tarde aún hacía un calor infernal. Rosa, la criada, sacó unos catavinos, una botella de Moriles y un par de platos de olivas, y allí se quedaron todos esperando quién sabe qué, un comunicado, la salida en procesión del matrimonio sueco, el asesinato de la infiel a manos del marido vengativo, cualquier cosa, que las fiestas habían pasado, el verano es muy largo y no abundan las novedades en Añora. Al cabo, bajó Pepe García y cuantos extraños estaban en la planta superior. De la mejor manera que supo, convenció a los asistentes de que se marcharan a sus casas, porque el matrimonio necesitaba algo de tranquilidad para cambiar impresiones.
—Pero, bueno, Pepe, déjate de monsergas ¿la mata o no la mata?
—No, no la mata.
—Claro hombre -terció otro- Si todavía no sabe que lleva cuernos.
—¿Y qué vais a hacer con ellos?
—Ahora, nada. Que hablen, que buena falta les hace. -dijo Pepe- Cenarán aquí y luego se irán a la pensión, que ella ya está para andar.
—Pues yo en tu lugar, tendría a mano al Sargento, hazme caso, porque en cuanto ése se entere del puteo de “La Rubia” con “El Niño de la Tana”, se la lleva por delante. ¡Normal! ¿O no?
—¡Y yo qué sé, Dimas, yo qué sé! Esta gente, estos extranjeros, no son como nosotros. A lo mejor lo ve normal. O lo ve mal pero le da por perdonarla. ¿No ves que son protestantes? 
    Serían cerca de las 8 de la tarde, el sol ya había empezado a declinar, cuando apareció Axel, cariacontecido, en el patio. Sentados en círculo, frente a otra botella de Moriles y un platito de embutido, estaban los mismos que habían participado en el episodio mañanero de la “salvación” de Birgitta: Pepe García y Paco Alcántara, su compadre; Fredo el boticario, Rafaé, el Alcalde, y el Sargento de la Guardia Civil. Mujeres, ninguna, aunque para la cena contaban con la anfitriona, Generosa, la mujer del boticario y Jesusa, la del Alcalde. Carmela, la mujer de Paco estaba fuera de Añora y con la esposa del Sargento no se contaba en saraos de esta clase. Faltaba “El Niño de la Tana”, pero había habido unanimidad en considerar poco apropiada la presencia del amante de “La Rubia” en la misma habitación que su marido, cuando cabía la posibilidad de que ya estuviera al tanto de los devaneos de la bióloga.

+ + +

—Y dígame, Don Paco, que me tiene en ascuas ¿en qué paró todo aquello?
—De ver y no creer, Don Froilán, lo que yo le diga. El sueco, buena gente, de verdad, aunque tuviera que llevar sobre sus espaldas la pesada cruz de la infidelidad de su señora, por lo que nos dijo estaba… ¿Cómo decir? Acostumbrado a las espantás de su Birgitta.
—O séase, que no era la primera vez.
—Al contrario. Por lo que dijo aquella noche, ella se había venido a España para curarse las cicatrices que le dejaron en su alma pecadora sus amores con un marinero noruego, con el que anduvo enredada medio año. Un mal día el novio la dejó por otra más joven y ella quedó destrozada. Axel, el marido, estaba al tanto, porque ella se lo había dicho y fue quien le aconsejó que viajara.
—¿Sí? ¿Se lo había dicho? ¿Y él?
—Pues que parece que ella, que además de otras cosas que saltan a la vista, debe tener buena labia en su lengua, le endosó el cuento de que lo quería muchísimo, que era el hombre de su vida…
—¿El marido o el marino?
—El marido, hombre, y no me interrumpa tanto, que nos van a dar las uvas. El marido, sí. Que el otro, o sea el marino, sólo era amor físico, una pasión carnal, para entendernos. Si se fija, es lo mismo decimos aquí los maridos cuando nos pillan, que “lo nuestro es amor de verdad y esto otro una pasión pasajera, una ventolera de la que ya ni me acuerdo”. Parece, no obstante que había quedado tocada del ala y le pareció de perlas tomarse unas vacaciones lejos de su marido para recomponer su ego.
—Perdone Don Paco, pero ¿Qué dice usted que tenía que recomponer?
—Su ego, que viene siendo lo de dentro de la cabeza, la personalidad, el enredo, o sea, el ego, ¿Puedo seguir? ¿Sí? Y mire usted por donde, acababan de asistir a una representación de “Carmen” en Upsala y a ella se le metió en la cabeza o donde fuera que el mejor sitio para olvidar sus amores con el marinero noruego era España, Andalucía. ¡Y no me pregunte por qué Córdoba y no Sevilla o Añora y no Cabra, o Puente Genil, porque le juro que de eso no llegué a enterarme!
—…
—Lo que pasa es que, oiga, fue llegar y besar el santo. Es un decir, porque al que besó la sueca, “El Niño de La Tana”, de santo tiene muy poco. Lo del suicidio ya lo sabe usted con pelos y señales ¿verdad? Pues todavía le falta por enterarse de algo que no pasó pero que pudo haber pasado y que tiene su guasa.
—¡Que el marido casi mata al amante!
—¡Que no, hombre, que no! ¡Qué manía tiene usted con apiolar al personal! El sueco era un caballero capaz de entender que su señora se encamara con otros con cierta facilidad. Usted no lo entenderá, yo tampoco, pero él decía que “era sólo sexo” y que Birgitta era muy buena chica y lo quería mucho. Un poco adúltera, o sea, una adúltera de tomo y lomo, pero buena persona.
—¡Ya! Más puta que las gallinas, y él… un manso de competición. ¿O no?
—¡Hombre! la verdad que el encuentro entre el sueco y el cantaor fue un poco tenso, pero no por Axel sino porque “El Niño” no se fiaba de tanta tranquilidad y en todo el rato que duró la conversación no sacó la mano del bolsillo donde llevaba la navaja preparada, que el sueco parecía un cabestro de campeonato pero medía dos metros. Lo que quería contarle era la historia del burro.
—…
—Hasta que llegó a Añora él sólo había visto pollinos en un parque zoológico que había visitado no recuerdo dónde, así que se quedó muy sorprendido cuando aquí se los encontró por todas partes. Preguntó cuatro cosas y cuando supo lo que costaban se empeñó en hacerse con uno y llevárselo a Suecia. El personal se hacía cruces de semejante disparate, pero él, erre que erre, con que le hacía ilusión llevarse un asno a Upsala. Al final, lo dejó por imposible cuando hizo números y vio lo que le iba a costar llevarlo hasta allí. Se quedó muy triste.
—Oiga, Don Paco, y, si no es indiscreción ¿qué pasó con “El Niño de la Tana”?
—Ahí es donde se ve que esta gente no es como nosotros. Tienen sangre de horchata, que se lo digo yo. ¡Estuvieron a punto de llevárselo con ellos!
—¿Como el burro?
—Pues más o menos, que igual los cantaores flamencos son también ejemplares de museo en Suecia. Lo que pasó es que el marido, vista la penita que le daba a su mujer romper con su amante, le propuso al Niño que se fuera con ellos a Suecia, que ya se preocuparía él de buscarle trabajo en algún local de espectáculos.
—Pero no se fue.
—Tentado estuvo, pero entre el problema del idioma y que se enteró que allí en invierno se pasan una pila de meses sin ver el sol y a no sé cuántos grados bajo cero, pues lo pensó mejor, y se quedó aquí. Creo que le dieron una cena de despedida en la que terminaron llorando los tres.
—¡Ea! pues mucha gracias por todo, dele recuerdos a su señora y hasta más ver.















sábado, 9 de mayo de 2020

Entre la fase 0, o sea la I, y la I que es la II
(9 de mayo de 2020)

Un relato triste como corresponde al sábado en el que la Comunidad de Madrid, en términos golfísticos, "no pasó el corte".
Podría haber cambiado de registro y recordar que ayer fue el aniversario de la rendición de Alemania en la II Guerra, pero… eso pasó hace demasiado tiempo. Ahora estamos en otras.
Dije hace semanas que, de momento, no hablaría de política y no voy a hacerlo. Sólo unas preguntas de carácter más bien sociológico: ¿Es razonable, responsable, lógico, maduro, sensato el proceder de mucho más que una minoría de ciudadanos? ¿Perciben el riesgo o es que se creen inmortales? y, sobre todo ¿Quién les asegura que ustedes, lectores y yo lo somos?
  
Un sin techo

Perder la vida no es lo peor que puede pasarte. 
Es peor perder la razón de vivir. 
(Jo Nesbo)

Volví a ver a Marcos. Quería verificar por mí mismo si era cierto lo que me habían contado; necesitaba tener mis propios elementos de juicio para dar crédito a las noticias tan preocupantes que me habían llegado sobre él. Marcos, mi antiguo colega, el más brillante de todos nosotros, el hombre que hace algunos años era considerado como el más prometedor funcionario de la Fiscalía, el Don Juan a su pesar, capaz de llevarse prendidas en su estela a tantas mujeres deslumbradas por su mera forma de mirar, de estar sobre el mundo, pedía limosna a la puerta de la Catedral.
   Ajado, con la mirada cansada resbalando distraída sobre cuanto había a su alrededor, ajeno, incluso, a quienes podrían socorrerle, vestido con ropas inverosímiles de origen incierto, viejos pantalones de dril rotos por varios sitios sujetos a la cintura con una cuerda de esparto; una camiseta gris con el logotipo de cierta marca de electrodomésticos, sucia, descolorida, tres tallas más grande de lo debido; un incongruente pañuelo multicolor de gasa al cuello por más que la época del año lo hiciera innecesario; cachucha roja en la cabeza bajo la cual se escapaban greñas grises, también grasientas como la pequeña mochila que llevaba al hombro. Parecía, quizás lo era, la representación más acabada del vagabundo, del sin techo que pudiera haber compuesto un experto en maquillar secundarios para una película sobre los bajos fondos.
    No me vio, o me vio pero no hizo nada que demostrara que me había reconocido. Llevaba un vaso de plástico con algunas monedas en la mano derecha, que hacía sonar con perezosos movimientos verticales para llamar la atención de los fieles que entraban o salían del templo. Era su forma de pedir limosna. Estuve observándole durante algunos minutos. No parecía importarle si alguien le hacía caso o no. Me di cuenta de que ni miraba a sus posibles benefactores, ni agradecía los donativos cuando los recibía. No parecía importarle nada, ni una cosa ni su contraria. Siempre me había llamado la atención la personalísima manera que Marcos había tenido de mirarnos a los demás. De frente, con una mirada curiosa, luminosa, cordial pero inquisitiva, interesada en cuanto pudiera ver en ti. Una mirada que era como una pregunta que te animaba a hablar, a hacerle partícipe de confidencias que jamás solicitaba. Sus ojos ahora no es que estuvieran apagados, pero parecían perdidos, vagaban sin control, o, al menos, sin prestar atención aparente por cuanto pudieran observar. Estos ojos que yo estaba viendo habían perdido el interés por lo que ocurriera más allá del cerebro de su dueño.
    Minutos después, sentado ante una cerveza, acompañado por otro de los compañeros de aquel tiempo en el que Marcos era nuestro más conspicuo colega, conocí muchos de las peripecias que le habían llevado hasta el estado que acababa de comprobar. El relato nos llevó el tiempo suficiente como para prolongar el encuentro durante el almuerzo y buena parte de la tarde. Fascinado por la historia que estaba escuchando, fui incapaz de separarme de mi colega y de su mujer hasta bien entrada la tarde.
—Siempre fue diferente a todos nosotros, y, ahora que ha pasado todo lo que estás oyendo, uno llega a la conclusión de que quizás había algo en su cerebro que no funcionaba como el de los demás. 
—Sí, era más inteligente, y más culto y más sensible. Tanto que podía llorar ante un poema o enfurecerse ante cualquier amago de injusticia que a los demás nos dejaba fríos.  
    El Marcos que yo recordaba había leído más que nadie, conocía autores de los que sólo los expertos habían oído hablar mucho antes de que llegaran al gran público. Recuerdo, por ejemplo, que cuando Elytis recibió el Nobel, año 79, no sólo sabía quién era sino que fue capaz de recitar uno de sus poemas, excusándose porque no recordaba con exactitud alguna que otra palabra. Y había visto más teatro que ninguno, y escuchado más conciertos que los demás, y visitado museos de los que muchos ni siquiera habíamos oído hablar. Era, además, la fuente del conocimiento profesional más fiable de que disponíamos a nuestro alcance; no sólo acumulaba conocimientos jurídicos enciclopédicos, sino que tenía criterio necesario para interpretar lo que su memoria guardaba de la forma más conveniente para aplicarlos al asunto que nos trajéramos entre manos. Tenía, en resumen, una inteligencia, un bagaje y una capacidad de trabajo muy por encima de la media. 
   Por lo que a mí respecta, disfruté de su amistad y de una cierta complicidad indulgente cuando se trataba de enjuiciar las no siempre correctas conductas de algunos otros colegas. Recuerdo una tarde en la que yo estaba despotricando contra cierto conocido común cuyo comportamiento nos había complicado a todos la vida, no por maldad, ni siquiera por negligencia, sino, nada más, por falta de inteligencia. Me puso la mano en el hombro y me dijo algo así como que “con frecuencia el sentido del humor es la única puerta de escape para hacer llevadera la estupidez ajena. No todos tienen el privilegio de disponer de tu inteligencia. El verdadero problema es que si no consigues ponerte a su altura, jamás te comprenderán, y eso, rebajar tu propio nivel para nivelarte con él, no siempre es fácil”. Y se encogió de hombros como si, por otra parte, dudara de que la fórmula que me proponía valiera para algo. 
    Dejé de verle hace ahora algo más de diez años. ¡Diez años! sólo eso, diez años y le encontraba hecho una ruina. 
—Todo empezó cuando se enamoró de la que luego fue su mujer. Tú no llegaste a conocerla ¿verdad?
—No, no la conocí. Recuerda que yo me marché a Bristol en el 84. Lo que sí recuerdo es que hasta entonces el Marcos que yo conocía vivía siempre con alguna mujer al lado. Mujeres bellísimas y, por añadidura, interesantes.
—Cierto, y tampoco pueda decirse que fuera un predador sexual, ni mucho menos.  Al contrario; sería más correcto que fue presa sucesiva de más de una coleccionista de amantes. Simplemente, tomaba lo que se le daba como un regalo no pedido; siempre había alguna mujer hermosa a su lado, con la que luego, cuando todo terminaba, continuaba una buena relación. Marcos no necesitaba hacer nada; se limitaba a dejarse querer y a ser amable con quien estuviera cerca. Bien, eso cambió cuando apareció Estela.   
   Me decían que esa mujer estaba en las antípodas de las habituales acompañantes de Marcos. Era fea, gruesa, ordinaria y desapacible. Vestía con un gusto deplorable, faldas estrechas demasiado cortas para sus volúmenes, combinaciones imposibles de colores, cabellera mal teñida de rubio barato, componían una imagen nada atractiva. No se salvaba ni el timbre de su voz, ni su acento provinciano, ni su vocabulario. Acababa de llegar a la ciudad, procedente de… De lejos, ¿que más da? Nadie sabe cómo pero encontró trabajo en la Fiscalía. Se decía que su padre, por extraño que pudiera parecer, tenía influencias en el Departamento de Justicia y que alguien le hizo el favor de colocar a su hija en un puesto que, por otra parte, tampoco tenía demasiados aspirantes. Servir cafés, hacer fotocopias, atender minucias varias e ir de un lado para otro contoneando su orondo trasero era lo único que se le veía hacer durante la jornada, mientras se quejaba, o se pavoneaba de lo atareada que estaba, de la descomunal carga de trabajo que descansaba sobre sus espaldas y de lo mal retribuidos que estaban sus desvelos.
    En menos de seis meses, Marcos pasó de ser visto de vez en cuando con ella tomando una cerveza al salir del despacho, a ser su asiduo acompañante y, al fin, su marido. Se casaron en el verano del 87. No aquí sino el lugar de donde ella era oriunda, que nadie me supo concretar con exactitud. Fue una sorpresa mayúscula. Ninguno de los que yo conocía fueron a la boda, no por desprecio o por desconsideración, sino porque no fueron invitados, pero después, cuando la pareja volvió, todos fueron pasando por la casa de los recién casados. Almuerzos o cenas que dejaron a los asistentes con el ánimo contrito y la convicción de que Marcos, por razones inexplicables, se había metido en una trampa de la que le iba a resultar muy difícil salir. Por primera vez se enfrentaba a un problema cuya solución no se vislumbraba por parte alguna.
   Desde el primer momento Estela empezó a comportarse como la dominadora absoluta de la voluntad de Marcos. No sólo consiguiendo cuanto quería, sino, por añadidura, alardeando del poder que ejercía sobre su marido. Las veladas se convertían, así, en espectáculos grotescos en los que las salidas de tono de su mujer dejaban en evidencia, humillaban, incluso, a Marcos. Él, paciente, refugiándose en su sentido del humor procuraba salir como podía de las cada vez más desagradables situaciones en las que se veía inmerso. Los colegas, poco a poco, dejaron de acudir a sus invitaciones, así que fuera de las paredes de la Fiscalía, él se fue convirtiendo en el mero apéndice de Estela, en el ejecutor de sus caprichos.
—Lo asombroso es que no se le alteró el carácter. Pasara lo que pasara en su casa, Marcos, entre nosotros, siguió siendo el de siempre. Inteligente, erudito, afable, magnífico compañero, aunque si estabas atento, empezó a mostrar una cierta tristeza. Por momentos se quedaba callado, absorto, con la mirada perdida. Luego, sacudía la cabeza, sonreía y todo volvía a la normalidad. “Cosas mías -decía-. No pasa nada”. 
—…
—Tardamos algún tiempo en darnos cuenta de que había empezado un nuevo capítulo, el penúltimo del drama. Había olvidado decirte que, como era de esperar conociéndola, Estela había dejado de trabajar en cuanto se casó. El día que se marchó, recorrió hasta el último rincón de la Fiscalía presumiendo de su suerte con todo el personal. A partir de ahí, supimos que empezó a dedicar una parte cada vez mayor de su tiempo al juego. Primero fue el bingo, después se aficionó al casino, ruleta y sobre todo Black Jack. Podría decirse que eso, la afición al juego de Estela y sus desastrosas consecuencias para la economía familiar, fueron el principio del fin.
    Muy pronto, cuestión de meses, las reservas económicas del matrimonio pasaron de las cuentas corrientes de la pareja a las mesas de juego. Un día, Marcos solicitó en la Fiscalía, por primera vez en su vida, un anticipo sobre su sueldo. Causó una cierta extrañeza pero se le concedió, no faltaría más. El dinero se esfumó unas cuantas horas después, y ésa fue también la primera vez que se vio borracho a Marcos. La sensación de ser incapaz de controlar la situación, de poder revertirla le fue llevando a refugiarse en el alcohol, cada vez con mayor frecuencia. Meses después, se supo más tarde, hipotecó su casa, esa mansión de la que tan orgulloso se había sentido siempre. El respiro también duró poco, porque Estela iba incrementando sus pérdidas en la misma medida en la que podía disponer de dinero fresco. Y en la misma medida fueron aumentando las borracheras de Marcos en frecuencia y en intensidad. Algunos le vieron ebrio, tambaleante, buscando un taxi, incapaz de manejar su vehículo. Fue una decadencia rápida que al cabo de poco tiempo empezó a repercutir en el quehacer profesional del que había sido la estrella rutilante de la Fiscalía.
    El capítulo de la vida profesional de Marcos se cerró el día en el que él mismo confesó el desfalco del que había sido autor cuando Estela le amenazó con abandonarlo si no cubría la deuda que había contraído unos días antes con uno de tantos buitres que merodean por los aledaños del juego. El prestamista la asediaba cada vez más amenazador y ella encontró inexplicable, o más bien juzgó intolerable que Marcos no hiciera lo que fuera preciso para sacarla del atolladero (“Pues atraca un banco, roba, mata, haz lo que sea, pero líbrame de esta sanguijuela, que para eso eres mi marido”). Podría haberla puesto en la calle o tirarla por la ventana, pero no hizo nada parecido. Tiempo después seguía diciendo que la quería. Abandonó la Fiscalía, renunció a su puesto para evitar el deshonor de una expulsión infamante, no sin antes haber liquidado su fondo de pensiones y saldar el percance. Dos meses después, agotadas las reservas familiares hasta el último céntimo, Estela le abandonó, como se deja un juguete inservible en el cubo de la basura. El banco ejecutó la hipoteca y Marcos, sin trabajo, sin casa, medio alcoholizado, entró en el infierno en el que yo lo había encontrado. Ella, sencillamente, desapareció. Ninguno de quienes les conocían hizo el menor esfuerzo por averiguar qué podía haber sido de ella. Importaba tan poco en el mundo de Marcos que tanto habría dado que volviera a su tierra, como que se hubiera mudado de barrio o descendido a los infiernos.
    Fue una conmoción. Marcos era el más apreciado de cuantos trabajaban en la Fiscalía. No era sólo su inteligencia, sino su permanente disposición a ayudar a quien lo necesitara, su carisma, su endiablada habilidad para llevarse bien con todo el mundo, ya fuera El Gran Jefe o el más humilde de los becarios recién contratado. Se habló de cómo ayudarle y durante meses, sus colegas se fueron turnando de manera que cada domingo, alguien se hacía el encontradizo con él, le invitaba a su casa, lo sentaba a su mesa después de haberle proporcionado la ocasión de asearse y hasta de dejar en casa de su anfitrión los harapos que llevara puestos y saliera de nuevo bien vestido. Al principio dicen que durante los almuerzos volvía a hacer gala de su ingenio, de sus dotes de conversador excepcional. De nada valió. El alcohol siguió haciendo estragos crecientes en su organismo. Perdió poco a poco su legendaria agudeza, su capacidad ilimitada para las citas literarias, las réplicas fulgurantes, las metáforas imposibles, las argumentaciones insólitas, sus análisis políticos legendarios, los que hacían de él un contertulio inigualable y se fue hundiendo en el silencio, el abandono, la tristeza, la irascibilidad, incluso.
   Un domingo se negó a aceptar la invitación de quien aquella semana se hubiera encargado de remediarle. No dio explicaciones; nada más se negó. Durante un tiempo faltó a su cita con las limosnas piadosas, dejó de ser visto en los lugares habituales, bajó, podría decirse el penúltimo escalón de la jerarquía social. Cuando creyó que sus antiguos colegas podrían haberse cansado de sus caridades, volvió a su puesto junto a la puerta de la Catedral. Como había supuesto, los viejos amigos dejaron de ocuparse de él. Unos a otros se tranquilizarían diciéndose que era un caso perdido, que era él quien así lo quería, que nada se podía hacer si era Marcos quien los rechazaba, que, por incomprensible que a ellos les pareciera, había que respetar su modo de vida. Es tan fácil tranquilizar la propia conciencia… Supongo que habría quien dijera que él se lo había buscado, que siempre fue algo raro; encontrarían quién sabe qué disculpas para mirar para otro lado y dejarlo solo en su propio abismo.
    Para mí, todo aquello era nuevo, de manera que me sentí obligado a buscarle, hablar con él y ver qué podía hacer para remediar lo que los demás juzgaban ya un caso sin solución. Volvían a mi memoria tantos recuerdos de nuestras andanzas profesionales que no alcanzaba a entender cómo los demás colegas se habían olvidado tan pronto de él. Marcos había sido mi maestro, aunque fuera dos años más joven que yo. Me condujo por los vericuetos del Departamento de Justicia, me enseñó mucho de lo que él sabía, me ayudó a preparar docenas de casos, aquellos en los que yo dudaba por dónde empezar, me salvó en media docena de ocasiones de fracasos que de no haber sido por él habrían puesto en riesgo hasta mi continuidad en la Fiscalía, fue testigo en mi boda, y de haber seguido juntos habría apadrinado a mi primer hijo. No hubo caso porque para entonces yo ya no estaba allí, pero, en todo caso, siempre fue alguien a quien el término “amigo” le venía estrecho.
  Lo encontré, desde luego. Ni siquiera fue difícil. Media docena de preguntas en los sitios adecuados, Policía Municipal, organismos de asistencia social, algunas monedas gastadas con indigentes, y di con el lugar donde pasaba las noches. Nuestra sociedad tiene una especial habilidad para hacer invisibles sus propios deshechos; necesita ocultar a aquellos individuos que, por las razones que sean y no importa cuál haya sido su historial, han dejado de ser productivos, o nunca van a serlo. Marcos había pasado de ser eso que en algunos países llaman “un pilar de la sociedad”, a ocupar un espacio insignificante en el inframundo que tenemos bajo nuestros pies e ignoramos sin el menor atisbo de malestar. Uno más de los que sobreviven agarrados a la desesperanza como único sustento. Seres invisibles, sin identidad, sin presencia en los cientos de miles de registros que vertebran la sociedad actual, sin cuentas corrientes, sin documentación, sin domicilio, sin tarjetas de crédito, sin presencia en las redes sociales, sin teléfono inteligente, sin dirección electrónica, sin más pertenencias que las que caben en el carro de un supermercado, en una mochila, en una bolsa de basura. Asiduos, muchos de ellos, a los comedores sociales, a las instalaciones de las organizaciones que se ocupan de paliar la marginación social, a los albergues temporales para los deseherados, los homeless, como ahora insisten en llamarles quienes prefieren utilizar un término foráneo cuyo significado desconocen. 
    Aún podría decirse que dentro de ese último peldaño de la sociedad existen clases, la última de las cuales la conforman quienes han rechazado ya la posibilidad de pernoctar en refugios para indigentes o de acudir a los refectorios de la beneficencia pública o privada; la clase de los que de grado o por fuerza se han desencarnado de tantas necesidades superfluas que viven instalados en el filo de la muerte.
    Allí, en el silente mundo de los que nada tienen y nada necesitan, ni bienes ni afectos, se había acomodado Marcos. En el semisótano de una antigua empresa abandonada, un taller de lencería, en concreto. Un lugar siniestro en un barrio marginal. Ventanas sin cristales, paredes a medio derruir, puertas desvencijadas, suelos destripados, fuegos encendidos en bidones o sobre el suelo, que daban algo de luz y hasta servían como insólita cocina. Y, lo que de verdad me impresionó, un espacio ocupado por una asombrosa colección de despojos humanos que me veían pasar apenas con un atisbo de curiosidad en sus rostros vacíos. Olores nauseabundos a orines, a efluvios de pulmones alcohólicos, a excrementos humanos, a materia orgánica en descomposición. Había algún que otro chucho escuálido merodeando entre los que se recostaban contra las paredes o yacían entre cajas de cartón tapados por ropajes indescriptibles, junto a algunos carritos de autoservicios, o a cajas de cartón, con ratas trotando sin ningún temor, escurriéndose hasta la oscuridad. Me llamó la atención el frecuente movimiento de protección de las misérrimas pertenencias de los desheredados a mi paso entre ellos. Nadie es tan pobre que no tenga algo que guardar y defender de los demás, porque el atavismo del sentido de la propiedad no es, por fuerza, un privilegio reservado a quienes lo tienen todo.
    Allí, en el último nivel de aquel infierno, en un rincón oscuro, lejos de cualquier ventana, estaba mi amigo Marcos. Me vio llegar, me reconoció, lo sé, pero no hizo ademán ni gesto alguno de salutación, de bienvenida. Resbaló su mirada sobre mí y la perdió mucho más allá, lejos, quién sabe dónde. No contestó mi saludo, ni se inmutó, ni hizo demostración alguna de que mi presencia le provocara alguna emoción. Sólo, cuando le sugerí que podríamos almorzar algo juntos, se levantó sin mirarme, revolvió entre las tres cajas de cartón que le servían de fronteras de su mísero territorio y se quedó en pie, silencioso, esperando, supongo, que yo marcara el rumbo.
   Le llevé a un restaurante modesto de los alrededores donde me había asegurado la víspera de que sabían cocinar y de que la presencia de Marcos sería tolerada sin problemas. Una vez dentro, fue él quien escogió la mesa, la más alejada de la puerta de entrada, lejos de los demás, y se sentó de espaldas a la sala. Tuve la impresión de que no era vergüenza sino desagrado lo que le alejaba de los demás. Se sentó ante mí y por primera vez me miró a la cara. Siguió callado. Sus ojos, tan azules como yo los recordaba, eran dos simas de las que no se veía el fondo. Me pareció que mi antiguo colega había muerto en algún momento, que quien ahora ocupaba su envoltura carnal era un extraño, y que el cerebro que se asomaba a esos ojos azules era el de un desconocido. No porque no me hablara, sino porque presentí que ya nada teníamos en común. Le ofrecí una cerveza, asintió con la cabeza y cuando llegó el camarero la bebió de un trago. Pedí otra y esta vez la dejó sobre la mesa. Le ofrecí un cigarrillo, lo encendió, pero cuando le puse a su alcance el resto del paquete y le insinué que lo guardara, lo apartó con la mano. Ya estaba fumando y no parecía tener interés por quedarse con los restantes cigarrillos. Fue un almuerzo extraño. Le pregunté alguna cosa, nimiedades, ¿cómo te encuentras? ¿Puedo hacer algo por ti? No me contestó. Estaba muy lejos, sólo su apariencia, su presencia corpórea me acompañaba, pero el verdadero Marcos andaba por alguna otra parte.
    Lo intenté hasta el último  momento. Tomamos café y una copa, un brandy en concreto y cuando me convencí de que no había ninguna cosa que yo pudiera hacer por él, levantamos de la mesa. A punto ya de volver a la calle le dije algo así como “está bien, Marcos, no insistiré más, pero quiero que sepas que sigo siendo tu amigo. Si me necesitas, búscame. Siempre podrás contar contigo”. Se paró en seco, giró la cabeza, me miró, su mirada se endureció al borde de la ira. Luego vi que los ojos se le llenaron de lágrimas. Giró sobre sí mismo y, sin volver a la vista atrás, sin decir nada, emprendió un trotecillo trastabillante hasta perderse entre los transeúntes. 
 Y fue entonces cuando creo que le entendí. Marcos había llegado al final. Se había desprendido de tantas cosas, primero las materiales, después los afectos, que había alcanzado el estadio en el que ni necesitaba nada, ni quería nada. Había dejado de temer al futuro, porque esperaba la muerte en silencio, sereno, seguro de que nada de lo que le rodeaba tenía la menor importancia. Ni siquiera él mismo. No es lo mismo no temer a la muerte que dejarla llegar sin curiosidad siquiera. Desconozco cuál había sido el camino, pero Marcos había logrado evadirse de la práctica totalidad de las necesidades que nos agobian a los demás. Había alcanzado un nihilismo vital más próximo a las desencarnaciones místicas orientales que al ascetismo religioso occidental. Mi única duda es hasta qué punto había sido un proceso reflexivo, aunque ¿qué importaba eso? Mientras me alejaba, de vuelta a mis supuestas comodidades, pensé que acababa de perder de vista a un hombre libre; a alguien que ya estaba por encima de todas las cosas porque había dejado de ser su prisionero. Ni las posesiones materiales, ni las convenciones sociales, ni las obligaciones legales iban con él. Había prescindido de todo y esas postreras lágrimas que le vi derramar bien pudieran haber sido el último extemporáneo signo de debilidades pasadas. Por eso corrió para alejarse de mí, porque temía que alguna emoción residual le conmoviera hasta el punto de hacerle vacilar. No sé si puedo calificarlo de privilegio o de infortunio, pero es posible que yo le hubiera provocado una de sus últimas emociones convencionales.
     Volví a verle alguna otra vez. Había cambiado su “plaza” de pedigüeño. Dejó la puerta de la Catedral y se apostó junto a la del cementerio, como si quisiera estar más cerca de su próxima residencia, si es que eso le importaba, cosa que dudo. 
   Cuando me dijeron que había muerto ya era tarde para acompañarle en su último recorrido por este mundo que tan mal le trató.













        




  

sábado, 2 de mayo de 2020

Hoy hace 212 años
(2 de mayo de 2020)

El 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se echó a la calle para hacer frente a las huestes invencibles del amo de Europa. Perdió  la batalla aunque su gesta le valió un lugar en la Historia.
Hoy, dentro de tres horas, Blanca y yo vamos a echarnos también a la calle porque, por fin, tenemos permiso para desafiar al más peligroso enemigo que está acogotando al mundo entero desde hace meses. Un enemigo insidioso, invisible y mortífero, con nombre futurista: Covid 19.
Para tan señalada ocasión, aunque no sea gesta comparable a la de hace dos siglos y doce años, he elegido un relato ficticio al que le cabe la consabida muletilla de que "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia". 


Niebla en el alma

Cuarenta y siete años es mucho tiempo en la vida de cualquiera. No importa quién o cómo fuera entonces, no puedes esperar que alguien haya soportado el paso de medio siglo sin que su huella deje cicatrices en la piel y en el alma.
    Ése era el tiempo que llevaba sin ver a Lola, cuarenta y siete años. Antes de empujar la puerta, atisbé el interior de la boutique. Me pareció verla al fondo. Estaba de perfil hablando con una mujer más joven que ella; una cliente, sin duda. La expresión corporal de Lola mostraba indicios de que necesitaba agradar. El abecé del oficio de vendedora. Mejor así. Entré y esperé a que la mujer con la que hablaba se fuera.
   La presencia de la cliente me permitió observar a Lola sin que se diera cuenta. El tiempo había pasado sobre ella, pero no se había ensañado. Conservaba una figura más que aceptable; notable, me atrevería a decir. No era el cuerpo que yo recordaba pero seguía pareciendo joven y ágil. Recordaba su pelo un par de tonos más oscuros y una piel perfecta que ahora mostraba ya pequeñas arrugas junto a las comisuras de la boca, y en la frente. Sus ojos, sin embargo, seguían siendo los de siempre, verdes con reflejos dorados o dorados con reflejos verdosos. Percibí un ligerísimo temblor en su mano derecha, y un tono algo cansino en una voz que siempre había sido un prodigio de vitalidad y optimismo.
—Buenas tardes, Lola. ¿Te acuerdas de mí?
   Estaba de espaldas, pero antes de que se volviera supe que me había reconocido. Y por el modo en que contrajo los hombros y alzó su mano hasta su boca, me pareció que mi presencia no era de su agrado. No tenía la menor idea de por qué, pero cuando por fin la tuve frente a mí, verifiqué que era cierto. El tono de su voz era inequívoco: hubiera preferido seguir ignorando mi existencia.
—Carlos. Carlos Bravo. ¿De dónde sales tú ahora?
    No hizo el menor intento de aproximación. Peor. Dí un paso y ella retrocedió dos, hasta encontrarse el mostrador a su espalda. Me detuve. La tienda, la boutique, un alarde de diseño vanguardista, volúmenes limpios, líneas rectas, iluminación exacta, colores pensados como complemento de las prendas, apenas media docena, que estaban a la vista, estaba vacía. Sólo Lola y yo y una tenue música intemporal, (¿"Wonderland by night"?) una vieja melodía reinterpretada en versión instrumental.
—¿Te encuentro en mal momento? No pareces alegrarte mucho de verme.
—Lo siento Carlos. No creo que pueda dedicarte mucho tiempo. Estoy ocupada.
—¿Ocupada? ¡Estás sola! ¿Qué te ocurre? Llebamos casi medio siglo sin vernos. La verdad es que no esperaba este recibimiento
—¿No? ¿Y qué esperabas? Fuiste el responsable de la muerte de Silvio. Sí: ha pasado mucho tiempo, pero no el suficiente para que hayan cambiado las cosas. Prefiero que te vayas.
    Me quede atónito. ¡Lola estaba echándome en cara la muerte de su marido! No pude decir ni hacer nada. Lola pasó ante mí, a punto estuvo de apartarme de un manotazo, abrió la puerta salió casi corriendo y la vi perderse en el amplísimo vestíbulo del hotel en el que estaba su tienda. Perplejo, yo también salí; la busqué pero había desaparecido, así es que di la vuelta, salí a la calle, subí al coche y me alejé.
   Me senté ante una mesa frente al mar, pedí un güisqui y traté de procesar lo que acababa de pasar. Intentaba comprender qué había querido decir cuando me culpaba de la muerte de su marido.
   Hasta donde yo sabía, Lola y Silvio se habían casado dos o tres años después de que ella y yo dejáramos de vernos, cosa que, eso sí lo recuerdo, había ocurrido el año en que yo terminé Derecho. De eso hacía ahora ¡cuarenta y tres años! Repito: desde entonces no habíamos vuelto a vernos, ni antes ni después de que se casara; ni antes ni después de la muerte de Silvio.
   Yo seguí mi camino, me fui a Madrid, di varios tumbos y terminé de pasante en el Bufete del que años después acabé siendo Socio Director. Un verano, creo que en una playa del Algarve, un amigo común de los tiempos de la Facultad me comentó que Silvio se había matado en un accidente de circulación, sin que pudiera darme más detalles. Recuerdo que intenté localizarla para… lo que suele hacerse en esos casos, pero o no puse demasiado empeño o no sirvió de nada, porque la verdad es que el tiempo pasó y con el transcurrir de los años su recuerdo fue difuminándose poco a poco.
    La tarde se hundía en el mar, mientras una luna inmensa rielaba sobre el Mediterráneo. Pedí un segundo güisqui. La vieja memoria me devolvió la Lola que yo había conocido. Era cuatro años menor que yo; la vi crecer verano tras verano como una estrella rutilante en el micro firmamento en que nos movíamos docena y media de adolescentes que nos encontrábamos siempre, cada verano, cuando empezaban las vacaciones.
    En el ranking oficioso de las bellezas locales era firme aspirante a cualquiera de los puestos de honor. No había unanimidad pero sí el consenso básico de que Lola era… Lo que cada uno de nosotros quisiera regalarle. La recuerdo como la "novia" eterna de Silvio. Ahora diríamos que era su chica, o su pareja; entonces decíamos "novia" aunque faltara una eternidad para que pudiera hablarse de matrimonio.
   Para mí, y para todos ella era coto vedado: la novia de Silvio sabíamos que era inaccesible porque él era un rival formidable, si es que a alguno, no era mi caso, se le hubiera ocurrido entrar a competir para desbancarlo en los sentimientos de Lola. 
    Luego yo entré en la Facultad y ella llegó dos años después. Silvio también acabó por matricularse en Derecho, pero un año más tarde. Nunca fue un buen estudiante; pésimo para ser sincero. Así que durante todo un curso, Lola en su Residencia y yo en la mía, coincidimos en la Facultad, con Silvio en su casa, allá en el pueblo donde los tres pasábamos los veranos.
    Un aviso de mensaje de mi teléfono interrumpió mis cavilaciones "Perdóname, Carlos. No me he portado bien contigo. Te debo una explicación ¿Te importaría que nos viéramos? ¿Dentro de media hora en "Cappuccino"?". "Allí, estaré, Lola, cuenta con ello". Miré el reloj, llamé al camarero, pagué, dejé mi segundo güisqui sin probar y marché a la cita. Andando, esperaba tardar más o menos el tiempo que faltaba. Me vendría bien el paseo.
  Llegué un par de minutos antes de la hora, pero Lola ya estaba allí. Había elegido una mesa al fondo del espacio ajardinado, lejos de la primera fila, junto al Paseo Marítimo. Me vio, se levantó y se adelantó un par de pasos. Cuando llegué junto a ella, me abrazó, mantuvo el contacto unos segundos, se separó, me miró, bajó luego la cabeza y se sentó.
—Te agradezco que hayas venido. No tenía ningún derecho a… Ya sabes. Una, a veces, dice cosas que no debería.
—No importa, Lola. No imaginé que tuvieras mi teléfono.
—No lo tenía hasta hace un rato, pero seguimos teniendo amigos comunes. ¿No es así como has dado tú conmigo?
—Tienes razón.
    Nos quedamos callados. Ninguno de los dos sabía cómo romper el hielo que había creado la abrupta despedida que habíamos protagonizado esa misma tarde. Llegó el camarero; dejó sobre la mesa el té que había pedido Lola y mi güisqui. Al final fue ella la que se decidió a hablar.
—¿Qué sabes de la muerte de Silvio?
—Muy poco. Recuerdo quién me lo contó pero sólo sé que había muerto en un accidente.
—Sí. Era diciembre. El 18 de diciembre. Salió de casa pasadas las 8. Ya era de noche y había una niebla bastante espesa. No volvió. A las cinco de la tarde del día siguiente vino a casa la Guardia Civil para decirme que habían encontrado su cadáver en la sierra, en el fondo de un barranco. Tenía cuarenta y un años. Su moto…
—¿Su moto? No sé por qué, siempre había creído que había sido en coche.
—No, fue en la moto. Fue todo muy penoso. No murió del golpe, sino de frío. Derrapó al tomar una curva; quizás la niebla… Cayó por el barranco, debió perder el conocimiento y murió congelado. Se supo por la autopsia. 
  Hizo una pausa. Parecía concentrada en endulzar su té, dando vueltas con su cucharilla a la pizca de azúcar que había vertido en la infusión. Yo la miraba y trataba de ver en ella a la adolescente que tanto me había gustado. Era muy guapa, seguía siéndolo y entonces muy alegre. Iba a decir que distinta a todas, pero eso es una simpleza: cualquiera es distinto a todos los demás, aunque no sea una belleza.
    Nunca en aquellos lejanos veranos había hecho el menor intento de acercamiento, más allá de nuestra condición de miembros de la misma pandilla. Tardé años en reconocer que si no lo había intentado siquiera era por mi convicción de que "la novia" de Silvio no estaba al alcance de nadie que no fuera él, el más golfo, el más divertido de todos nosotros.
—Lo siento, Lola. Me imagino lo que tuvo que ser para ti…
—No, no puedes. Nadie puede saberlo. Lo cierto es que sólo empecé a preocuparme cuando al día siguiente no llegó a comer. No era la primera vez que pasaba la noche fuera de casa. Silvio era… Todos sabíamos cómo era ¿verdad?
—Ya, bueno, siempre se exagera. Cuando alguien tiene fama de algo…
—¿Fama? Silvio ha sido el único hombre en mi vida. No era el más guapo de vosotros, ni el más inteligente, ni el más trabajador. Pero ha sido mi único hombre. El único, Carlos, y era un indeseable: mujeriego, borracho, desleal, manirroto… Yo lo quería por encima de todos sus defectos. Me hacía añicos a diario y seguía queriéndole, perdonándole antes de que me humillara una vez más con la enésima de sus infidelidades. Así que no hace falta que intentes disculparlo. Esa extraña solidaridad masculina no la necesito, ni me sirve para nada; ni ahora, ni entonces.
   Volvió a callar. Creí que era el momento de preguntarle por la acusación de que me había hecho objeto un par de horas antes.
—Perdóname si estoy removiendo viejos dolores pero ¿por qué me acusaste de haber sido yo el causante de su muerte?
   Se quedó mirándome. Luego tomó la taza, bebió un sorbo y se quedó absorta. Ví sus ojos perdidos en algún punto imaginario, por encima del té, de las cabezas de los clientes, hasta descansar la mirada en el mar que se presentía en la noche, cincuenta metros más allá. Suspiró, dejó la taza en la mesa y retomó su relato. Se había recostado en el respaldo del silloncito que ocupaba y ahora tenía la vista fijada en el firmamento.
—Aquella tarde, antes de que saliera dando un portazo, habíamos discutido. No. Fue más que una discusión: habíamos tenido una bronca formidable. No había sido la única, pero sí la más fuerte. Al menos yo la recuerdo así, aunque quizás es, nada más, que fue la última. Tal vez fueron sus efectos lo que, con el transcurrir de los años, la han ido haciendo más grave que las demás.
   Calló. No quise interrumpir su silencio. Me pareció que estaba a punto de decidir si continuaba o no. 
—Discutíamos por ti.
—¿Por mí?
  Hizo un gesto con ambos brazos como quien intenta explicar algo increíble
—Silvio estaba celoso de ti. -Debí de componer un rostro de asombro tan escandaloso que levantó la mano para acallar mi voz antes de que saliera de mi garganta.- ¡No! ¡Cállate, si es que quieres saber por qué! Nunca he hablado de esto con nadie. Durante años ha sido para mí artículo de fe, y ha sido esta tarde, cuando te he viso cruzar la puerta de la boutique, cuando el mundo se me vuelto del revés. Te vi antes de que entraras, escudriñando la tienda, supongo que tratando de saber si yo estaba dentro o no. Luego… Bueno, ya viste cómo te recibí. Ha sido después, en estas dos horas cuando decidí que tenía que poner orden en mis recuerdos. Lo de excusarme contigo y pedirte que nos viéramos no ha sido más que encontrar la forma de sacar del fondo de mi memoria todo lo que llevaba royéndome el alma todos estos años. Ya está bien de refugiarme en una… en una mentira, por muy conveniente que me resultara. 
—¿Por qué no me…?
—Espera, ten un poco de paciencia ¿Recuerdas el año en que coincidimos en la Facultad mientras Silvio aún seguía en casa? Yo llegué a la Residencia envenenada. Dos días antes de que empezara el curso, Silvio me había humillado una vez más. En esa ocasión lo había encontrado en mi propia casa, en la cama de mi padre con nuestra criada. Una serrana gorda y basta, treinta años mayor que él. Seguro que si te dijera el nombre la recordarías porque tenía fama de haberse tirado a medio pueblo y seguro que habíais hablado de ella más de una vez. Ni siquiera intentó pedir perdón. Nada más dijo, mientras se vestía, que él era así y que yo ya lo sabía. Juré que se lo haría pagar, aunque estaba convencida de que no sería capaz. Empezó el curso, tú y yo nos vimos algunas tardes y salimos cuatro o cinco veces. Quizás alguna más
—Sí, claro, todo eso lo recuerdo muy bien. Bailamos en más de una fiesta; recuerdo que te llevé a la de principio de curso de un Colegio Mayor, salimos de vinos por tabernas que conocíamos sólo los iniciados, paseamos por plazas solitarias donde una noche escuchamos rondar a una desconocida, estuvimos en algún recital de poesía, fuimos al cine un par de veces; la segunda vimos o sentimos media película cogidos de las manos. Una noche nos besamos; había luna llena y el tiempo se paró… Y eso fue todo.
—Sí, así fue; lo has contado muy bonito ¿Recuerdas qué película fue la segunda?
—"Luna de papel" de Peter Bogdanovich, con Ryan y Tatum O’Neil.
—Sí, yo también me acuerdo. ¿Ves? Sé que si yo hubiera querido habríamos llegado bastante más lejos. Pero no quise. Yo sólo quería tener un motivo para que Silvio viera tambalearse la insultante seguridad con que jugaba con nuestra relación. Lo lamento, Carlos.
—Ya. Vaya, así es que eso fui yo. Un arma en un combate en el que yo no intervenía más que como una simple herramienta en tus manos.
—Sí. Lo siento. Lo siento mucho, pero lo siento ahora. Entonces fuiste nada más un instrumento que además tardó mucho en hacer efecto. Tanto que llegué a dudar si habría valido para algo y que al final se volvió contra mí.
—¿Por qué yo, Lola?
—Porque eras el más indicado. Durante los veranos tú no eras nadie. Bueno, no, no es eso; quiero decir que en verano eras uno más de la pandilla; otro de los que tratabais a Silvio como si fuera un Dios. Pero en la Facultad, y por tanto en toda la ciudad, tú eras uno de los líderes.Te habías hecho notorio por tus intervenciones en las Asambleas, por tu capacidad de análisis, por tu determinación cuando había que enfrentarse al Decano, por tu influencia entre todos nosotros. Para que nada faltara tenías, además, un expediente académico brillante… y éxito, mucho éxito entre las chicas. En fin, que eras un tipo notable. Mucho. Alguien cuya proximidad a mí podía inquietar a Silvio.
—Sin embargo, recuerdo que cuando él llegó al curso siguiente, más de una vez salimos los tres juntos. Solos o con más gente, pero…
—Desde luego. Era parte del plan. Lo primero que yo quería conseguir es que Silvio se diera cuenta de quién eras tú en el nuevo ambiente que él todavía no controlaba. Era un novato, aqsí que tu nuevo papel, nuevo para él, se agrandaba. Pasadas dos semanas eso estaba conseguido. Recuerdo el día en que me dijo que le parecía mentira que tú, que en vacaciones pasabas tan inadvertido, fueras "un figura", así te llamó, en la Universidad.
—Ya, bueno, entendido. Silvio empezó a verme de otra manera, pero de ahí a que yo despertara sus celos…
—Si recuerdas, hubo un momento en el que dejaste de acompañarnos. Es posible que ni siquiera te dieras cuenta, pero así fue. Yo necesitaba que oyera, y que lo oyera más de una vez, que muchos de sus nuevos amigos nos habían tomado a ti y a mí el curso anterior por algo más que amigos.
—Y tú hablaste de mí delante de Silvio y más de uno terminaría preguntando que cuándo lo habíamos dejado o cosas por el estilo.
—Eso es. Así fue…
    Me quedé mirándola mientras seguía hablando, dando detalles, en qué mesón estaban cuando aquel atontado que estudiaba Medicina dijo que era una lástima "con la buena pareja que hacíais", qué tarde otro dijo que él creía que ella y yo "íbamos en serio", hasta un gracioso, mirando a Silvio dijo que "la mancha de una mora con otra se borra". Para eso había quedado, para borrar mi memoria. 
   Así que Lola no era tan ingenua como yo había supuesto. Había querido darle una lección a Silvio, y me había elegido a mí como puro instrumento. Lo de menos era la inocencia enternecedora del mecanismo, porque todo había sido un juego de malentendidos, pero, ¿es que no ésa la esencia misma del fenómeno de los celos? Cuenta siempre y sólo no lo que haya ocurrido, sino el material  tóxico, que discurre por la mente enfermiza de la víctima, Silvio en este caso.
—Lo más curioso es que durante mucho tiempo, años, de verdad, estuve convencida de que mi estratagema no había valido para nada. Tú desapareciste…
—Terminé la carrera, me fui a Madrid y, sí, también empecé a pasar las vacaciones en lugares nuevos. Me aficioné a los viajes a lugares llamativos, estancias cada vez más frecuentes aquí… En fin, que no volvimos a vernos hasta hoy. ¿Y vosotros?
—Ni Silvio ni yo terminamos la carrera. Yo… Problemas familiares que ahora no vienen al caso. Silvio porque jamás se lo tomó en serio. Al tercer año de perder tiempo y dinero, tiró la toalla y se hizo o le hicieron un hueco en el negocio familiar. Ambos volvimos a nuestros orígenes y nos casamos muy jóvenes. 
   Todo siguió igual que siempre: él con sus correrías, yo, con mis disgustos a cuestas. Una noche, cuando llegó a casa con cien copas de más y oliendo a mujer discutimos. Como tantas otras veces. No, no como otras veces: aquella noche fue distinta. Fue la primera vez que me dijo que yo también tenía cosas de las que debería avergonzarme. Supe enseguida que se refería a ti. De pronto me di cuenta de que se había activado la trampa; que, sin yo saberlo, durante años él había sufrido el mordisco de los celos y que tú eras el rival al que había temido desde aquel otoño.
—¿Y tú?
—Me comporté como si hubiera sido cierto: lo negué al principio y terminé diciendo algo así como que si hubiera sido verdad, poco era en comparación con las veces que él se había ido con otras. Luego, y eso fue definitivo, hice como que me había acorralado y terminé admitiendo que sólo nos habíamos dado un beso. Como era de esperar, no me creyó. Es decir: creyó que el beso había sido el prólogo de lo que él había estado imaginando todo aquel tiempo interminable. Y vi el dolor en su rostro. Por primera vez era él quien lo estaba pasando mal.
    Me resultaba asombroso: Lola, había preparado con todo detalle una venganza sutil para devolver una parte del daño recibido. ¿Una parte? ¿Quién había sufrido más? ¿Cuánto tiene de subjetivo el sufrimiento? Lola había asumido desde el principio que seguiría con Silvio hiciera éste lo que le diera la gana y tantas cuantas veces se le ocurriera. Para soportarlo habría tenido que llegar a un pacto consigo misma a la hora de integrar su comportamiento y seguir con él; es más que probable que se hubiera convencido de que "todos los hombres son así" y que al menos Silvio tenía una gracia especial para hacerse perdonar; trataría de creer que las aventuras de su marido eran sólo un juego; qué sé yo cuántos subterfugios más. Silvio, por su parte, durante años habría convivido con la sospecha primero y el convencimiento más tarde de que "aquella mosquita muerta" le había engañado como a un pardillo, no importa cuántas veces hubieran sido, que había estado en la cama con otros, conmigo desde luego pero ¿por qué no con más? Que, en definitiva, Lola había hecho de él otro cornudo más. 
   Así que el día que se lo echó en cara, Lola afrontó la acusación con una dosis de malicia tal que convirtió sus excusas o sus negativas en confirmación de sus sospechas. A partir de ese momento, se habían sentado las bases para lo que tiempo después terminaría en tragedia.
—Poco más me queda por contar. La tarde en la que todo terminó, habíamos discutido como tantas otras veces. Él te sacó a relucir otra vez, yo volví a decirle que estaba loco de celos por algo que fue una cosa sin importancia y que, además, había pasado hacía tantos años que ya ni me acordaba de tu cara, él me miró como si fuera a rajarme de arriba abajo, no, jamás me puso la mano encima, dio un bufido y salió dando un portazo, como te dije. El resto ya lo sabes.
    Permanecimos en silencio un tiempo que se me hizo larguísimo. Dijo que tenía que marcharse, le pregunté si podía hacer algo por ella, me dijo que no; quise saber si le gustaría que volviéramos a vernos y también se negó.
—No, Carlos. Siempre que te viera recordaría que fui yo la que desencadené la tragedia: tanto tiempo soportando los desmanes de Silvio y ahora, al cabo de los años, he terminado por entender cuál fue mi parte de responsabilidad en su muerte.
—Como quieras, Lola. No volveremos a vernos, si eso es lo que prefieres. Creo, no obstante, que deberías seguir pensando en todo aquello hasta que termines por entender cuál fue, también y sobre todo, el tanto de culpa que hay que cargar en la cuenta de Silvio.  Espero que esta conversación, aunque sea la última, haya despejado la niebla de tu alma ¡Cuídate!