sábado, 27 de enero de 2024

 Veinticuatro días más tarde

Espero que se me disculpe

Retomo el blog  más tarde de lo que hubiera querido. Imponderables con cuyos detalles morbosos no pienso abrumarles.

Cosas que pasan. Un día decides averiguar por qué vienes soportando desde hace tanto tiempo una ronquera cada vez más incómoda, y otro día, el 28 de diciembre, entras en quirófano. 

En fin, que, pese a que, como es sabido, sólo hay dos tipos de problemas de salud, los graves y los que padecen los demás, mi intención, esta tarde en la que los contradictorios efectos de la borrasca Juan se han perdido en el tiempo, y vuelve la primavera en enero, es hablar es de lo que he sentido, visto, oído en estas especiales circunstancias.


Un hospital universitario cuasi venerable

Un centro público veterano, la inauguración se remonta a 1977, por el que se mueven más de seis mil profesionales de todas las escalas de la sanidad, desde celadores a investigadores, a los que podrían sumarse cerca de dos mil personas más, si contamos servicios no propiamente sanitarios pero imprescindibles en una institución de este tipo, cocinas y limpieza entre ellos. Un hospital que, pese a que se le note la edad, sigue siendo uno de los centros de referencia de Madrid. Ahí es donde he estado.


Cuando pierdes la  capacidad de hablar

(¡Y lo que te rondaré morena!) De pronto, alguien como yo que ha considerado la expresión oral, no digo como un arte, ya me gustaría, pero sí como una herramienta profesional de primer orden, o acaso la más formidable vía de comunicación con la que cuenta el ser humano, se ve incapaz de emitir sonido alguno. Créanme: una cosa es saber que va a pasarte y otra verificar en qué consiste.

Docenas de réplicas ingeniosas, mordaces o amables se quedan perdidas, irrecuperables, en algún lugar recóndito de tu sobresaturada memoria. No puedes pedir, ni preguntar, ni sugerir, ni rechazar, ni ordenar, ni comentar: estás mudo. (Por cierto, no sé  cómo habrá que decir "mudo" en este obseso mundo de eufemismos, pero así estás). Ningún medio alternativo, ni la mímica, ni la pizarra, ni soluciones más o menos tecnológicas suplen esa carencia.

Sabes, desde antes de que todo empezara, que podría haber soluciones a partir del dominio de ciertas prótesis que acabarás teniendo, pero, de momento, has entrado en el mundo del silencio. Somos tan dependientes de las formas, que hasta en algún momento me he sentido mal cuando he sido incapaz, por ejemplo, de decir un simple "gracias" a alguien que lo merecía.


Mucho tiempo para escuchar y más para pensar

¿Mucho tiempo? todo el tiempo. He tratado de aprovecharlo. La inmensa mayoría de la humanidad, no sólo la celtíbera, está más interesada (o sólo interesada) en hablar que en escuchar. Supongo que yo era uno más de los parlanchines obsesivo-compulsivos. Llevo más de cuatro semanas escuchando y es ahora cuando caigo en la cuenta de lo que puede aprenderse, de cuántas cosas puede uno enterarse si escucha en vez de hablar.

¡Las noches! ¡Las tremendas noches hospitalarias! Ocho, diez horas en semivigilia. Porque ¿quién duerme de verdad con sondas, cables y viales conectados a máquinas no siempre, casi nunca, silenciosas? Sanitarios que entran a cambiarte el suero, el analgésico, el nebulizador, a tomarte la tensión, medir la temperatura, la saturación… Así que crees que duermes, pero en realidad piensas, o quizás ni eso, a lo mejor sólo son divagaciones que transcurren en ese ambiguo territorio entre el sueño y la imaginación.

De lo que me caben pocas dudas es que en situaciones como ésta, la realidad te impone el examen, ni siquiera riguroso, de qué es importante y qué no. En tu vida, desde luego, y en tu entorno más próximo, y en tu país. Un ejemplo: en la habitación tenía televisión; no la he encendido ni una sola vez. Vuelvo a casa, veo el primer noticiero y me parece la segunda parte, o la continuación, o una versión vagamente retocada del que vi el 27 de diciembre a mediodía. O sea, como lo que podría pasarte si durante catorce meses devoraras cada día el capítulo de une telenovela turca, te fueras de viaje y volvieras cuarenta días más tarde. La telenovela sigue ahí, tranquilizadoramente igual a sí misma.

¿Verdad que se les ocurre lo mismo que a mí? ¿Vale la pena tanta preocupación?


Cuando ronda la muerte

Es su oficio. (El de la muerte, quiero decir). Su cosecha crece día en día, miles de millones de clientes hacen cola esperando contra toda esperanza poder evitarla. No hay forma, lo sabemos, pero lo olvidamos. He vuelto a verla cercana. Por cierto, no hagan caso: no es un esqueleto espasmódico de risa sardónica, vistiendo harapos y blandiendo guadaña. 

Estábamos Blanca, una enfermera y yo. Una de tantas curas, ni más ni menos importante que otras. Un coágulo inoportuno obturó la única vía de respiración existente. El oxígeno no llegaba a mis pulmones, traté de toser, de expectorar, todo inútil. El tiempo corría vertiginoso, me estaba ahogando y los tres lo sabíamos, como si el tiempo se convirtiera en una materia pastosa. Empecé a notar disfuncionalidades cerebrales como si las cosas se ordenaran de otra manera. Sólo dos o tres realidades contaban, mi vida, la expresión aterrada Blanca, qué suponía eso para mí. Puede ser injusto pero la abnegada enfermera que me atendía no entraba entre mis prioridades. Me moría… pero no me encontré con la "catrina" de la guadaña por ninguna parte, sino que nos vi en una playa desolada de arena gris por la avanzaba una lenta avalancha de una materia blanca, espuma espesa, que se acercaba inexorable. Imposible calcular cuanto tardaría en llegar, pero yo sabía que si la espuma me alcanzaba todo habría terminado. Todo lo demás, la habitación, el hospital, no estaban allí, en aquella playa.

Me daba pena la cara de angustia de Blanca a veinte centímetros de la mía. Aseguro que es en lo único que pensaba. Lo de repasar tu vida en un instante, no ocurrió, acaso porque la espuma aún tenía recorrido que agotar antes de engullirme.

Luego… un último fuerzo, otra tos, el enorme coágulo salió disparado y vuelta a la vida. Cuando pasaron los "otorrinos", al tanto ya del episodio, lo calificaron de "un buen susto".


Los apoyos

¡Qué gran ocasión para calibrar a quienes tienes a tu alrededor, familiares y amigos, y el grado de ayuda que puedes recibir, que recibes, de unos y otros! No  van a sustituir a la doctora ni a la enfermera, no van a cambiarte una sonda ni a extraerte esa flema que te está martirizando, pero son de una importancia capital.

En este capítulo he comprobado que soy un hombre afortunado: no he contabilizado ni una sola decepción, no ha habido desertores y, por el contrario, me he llevado más de dos sorpresas absoluta, completa y definitivamente agradables por lo inesperadas. No, no quiero establecer ni un asomo de listado de agradecimientos porque, lo hiciera como lo hiciera, seguro que acabaría siendo injusto con alguien.

Sencillamente, repito -no hay mal que por bien no venga- me he sentido un hombre afortunado. Perdón, una excepción que entenderá, espero, todo el mundo: volvería a casarme con Blanca, mañana por la mañana (esta hora a la que escribo, las 8 de la tarde, me parece poco apropiada para ese tipo de ceremonia).


Rodeado de sanitarios

Muchos, pero pocos. No importa cuál sea su número exacto (alguien, "nóminas" por ejemplo, lo sabrá) son insuficientes en las actuales circunstancias. No me refiero a las consecuencias de los turnos de vacaciones en período navideño, sino a la evidencia de que hay demasiadas vacantes sin cubrir, injustificadas subcontrataciones que en según qué especialidades, rehabilitación por cierto, dejan en precario algunos aspectos de la sanidad pública.

Ellas y ellos trabajan mucho y bien y, en su abrumadora mayoría, haciendo gala de una empatía que incrementa los efectos terapéuticos de su labor.

Hablan. Todo el mundo tiende a ser más espontáneo ante un mudo, Es como si saber que no hay réplica posible relajara el autocontrol. Así que descubres que los sanitarios no son magos, ni brujos, ni hechiceros. Son ciudadanos que, además de su profesión, antes y después de ella, llevan vidas, las suyas, de las que hablan con sus colegas, porque para ellos la enfermedad es casi el campo de juego.

Descubres que Julio, celador, lidera un grupo musical (olvidé, o no entendí en qué género se mueve) pero lo que de verdad le obsesiona es llegar a ser capaz de editar su primer single, dar conocer en solitario su música, en la que cree por encima de su uniforme sanitario. Otra mañana, mientras te curan, apenas sale de la habitación en busca de algo, sus compañeras comentan la pena que les da que Andoni, un mocetón con una planta imponente utilice la totalidad de su tiempo libre en seguir sus estudios, porque sueña con ser neurocirujano ("-Yo lo entiendo, Carmen. -No, si yo también, y los pacientes ganarán un buen médico, pero tú yo yo nos quedaremos sin el mejor auxiliar de clínica"). 

Historias, docenas de historias, tantas como personas llegan a tus alcances, dramáticas, alegres, surrealistas, hijos con problemas, la casita del pueblo ahora semiabandonado, la madre que empieza dar síntomas de trastorno cognitivo, la extraña apariencia de la chica en la que se ha fijado Esteban… tal vez sin entidad suficiente para relatarlas todas, pero, volviendo al principio, un privilegio haber accedido a ellas.


La paradoja de la vuelta a casa

Por fin, una mañana, recibes el alta ¡Vuelves a casa! Estás tan contento, tan deseoso de llegar que prescindes del celador y pese a que vamos materialmente cubiertos de bolsas y paquetes, emprendemos la ruta, desconocida por supuesto, desde nuestros habitación de la 10ª planta a la salida de "urgencias". Empuja Blanca, pese a que sólo tiene dos manos hasta la puerta a la que se acerca mi cuñado Fernando que conduce mi viejo Audi.

Llegas a casa y, casi sin solución de continuidad, apenas dominada la emoción de reencontrarte con tu butaca reclinable, con el espacio tan conocido, tan "nuestro", tan añorado, se encienden todas las alarmas: en este lugar no hay ni un sanitario, ni un aparato que sirva para nada en caso de apuro, ni un timbre que garantice la presencia de un  profesional si reaparece cualquiera de los motivos que han justificado que los llamaras estas semanas pasadas un par de veces por turno.

Pasa la noche, ni mejor ni peor que otras anteriores, y sólo el nuevo sol acaba arrumbando tus malos presagios. A partir de ahora… (Eso es lo que se llama "el futuro" y les aseguro que hoy menos que nunca tengo intención de meterme a profeta).


Aunque me repita

Gracias, gracias, gracias a cuantos os habéis interesado por mi peripecia. A la fantástica criatura que no acabas de entender cómo a su edad insiste en pasar la noche oyendo los estertores de un anciano, a quienes velaron mi sueño aunque la mera presencia de una bata blanca les haya producido siempre un rechazo que creían invencible; a quienes suplieron las imprescindibles ausencias de Blanca reclamada por sus quehaceres habituales, ocupada por las mil cosas que seguían pendientes de su mano; a quienes fueron a verme, a quienes llamaban a mi mujer a veces a diario para interesarse por mi evolución; a quienes con un océano de por medio preguntaban por mí; A aquellos cuyos nombres volví a ver en la pantalla de mi teléfono después de años de ausencia. 

A todos, no cito a Blanca porque se mueve y se ha movido en otra dimensión, mi agradecimiento vitalicio.


sábado, 23 de diciembre de 2023

¡Se vieron el día de la Lotería de Navidad!


Vivimos en una democracia, o estamos convencidos de ello lo que, para el caso, es suficiente. Un sistema cuya virtualidad exige algunas condiciones previas, entre ellas la existencia de un consenso básico sobre las líneas maestras, los pilares sobre los que se sustenta, como la división de poderes, el respeto y la tolerancia entre los actores políticos, la alternancia en el poder, el juego entre Gobierno y oposición… 

Sabemos que rara vez estas premisas son compartidas por todos los ciudadanos, ni siquiera por todas las organizaciones que aspiran a representarlos, pero sí por los Partidos mayoritarios que acogen a la abrumadora mayoría de la población.

Cuando estos cimientos no existen o se degradan, las cosas empiezan a ir mal hasta el punto de que los ciudadanos desconfían de todo, del sistema, de sus representantes, de sus conciudadanos. 

Es en estas situaciones cuando a los actores principales se les pide que den el do de pecho, su capacidad para atender a lo importante y dejarse de pamplinas. Lo esencial no es siempre lo más espectacular. Por ejemplo, se les pide que hablen, que dialoguen, que negocien, que se pongan de acuerdo en algo, siquiera sea para tranquilizar a la audiencia. No parece tan complicado. No es imprescindible (ni posible) que lo arreglen todo antes de Reyes, pero era importante que empezaran ya.

Me hago estas reflexiones a mí mismo hoy, 23 de diciembre, víspera de Nochebuena, veinticuatro horas después de que ¡por fin! el Presidente del Gobierno y el líder de la oposición se hayan encontrado y hayan comprobado que tienen en sus manos la capacidad de ponerse de acuerdo en algo sin que se desplomen los cielos. 

Mientras tanto, nueve décimas partes de la población lamentaba no haber sido agraciada en el sorteo de Navidad y la otra décima, berreaba feliz, regando las calles con el semiseco que expulsaban botellas y botellas de espumosos de origen incierto.

Y de eso quería hablarles, de la reunión que llegué a dudar de que llegara a celebrarse entre don Pedro y don Alberto.

Dos no se juntan, si uno no quiere; y si no quiere ninguno, menos. Digo esto, porque ésa es la impresión que me daba a veces la sarta de estupideces que he estado oyendo a uno a otro de nuestros actores estrella, Sánchez y Feijoo, y a sus desaforados portavoces (¿o son portacoces?).

Como de costumbre, la culpa, no faltaría más, siempre, siempre era del otro. Lo que debería desarrollarse con naturalidad, contactos frecuentes, cambios de impresiones, de informaciones, vengan de uno o de otro, para facilitar la gobernabilidad y el bienestar del país y de todos nosotros, sus mandantes, parecía otro más de los trabajos de Heracles. Nosotros, que hemos votado convencidos de que ambos buscan eso, el bien común, veíamos cómo se enredaban en una sarta de puerilidades que lo único que estaban demostrando era la escasa categoría de quien gobierna y de quien aspira a hacerlo.

  • Señor Presidente ¿qué es eso de citar al jefe de la oposición, un actor esencial para la buena marcha de los intereses del país, a través de las pantallas de la televisión? ¿Para qué le sirven esa montonera de asesores? No volverá a hacerlo ¿verdad? 
  • Señor Feijoo ¿a qué viene exigir un papel donde venga escrito lo que ya todos los ciudadanos saben que el Presiente le iba a plantear? Recuerde que sus predecesores solían reunirse sin papeles previos aunque sí hubiera habido trabajos de aproximación a cargo de sus segundos.
  • Don Pedro ¿Por qué le cuesta tanto dar satisfacción al interlocutor en algo tan nimio como pedirle a quien tengas más a mano que mande a la c/ Génova el dichoso papel? A veces, acceder a aun capricho puede ser muy rentable.
  • Don Alberto ¿Tanta importancia tenía verse en La Moncloa o en el Parlamento? Ya ve, tanta floritura para terminar acordando negociar con mediador, aunque en vez de salvadoreño, sea "comunitario". Tranquilo. Don Abascal igual le echa en cara que está blanqueando a Puigdemont. No pasa nada: la envidia es mala consejera. Usted a lo suyo.
  • ¿En qué pensaban ambos cuando seleccionaron tan simétricamente los portavoces que han elegido para representarlos? Dos perros de presa cuya fama de groseros les precede a ambos. No es imprescindible que los cambien mañana, pero si a partir de ahora van a rebajar la tensión, la verdad es que esos dos no van a servirles de nada. 

¿Por qué se habrán empeñado durante todo este tiempo en hacerlo todo tan complicado? Estoy seguro de que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijoo saben que su obligación es verse cada cierto tiempo, dialogar, proponer, negociar, resolver la larga lista de asuntos, de problemas que sólo pueden atacarse desde el consenso. Tienen que reunirse y contarnos luego qué han hecho.

¿Por qué no lo hacían?

Pedro Sánchez, un sujeto arrogante con sus ribetes de soberbio, depende en exceso de sus apoyos parlamentarios y hasta de sus socios de Gobierno. Cuánto debe costarle tragarse los desplantes de faranduleros que han hecho de la política una suerte de juego de manos en el que cualquier dislate es posible. Es verdad que tuvo otras opciones, romper las horrendas transacciones a las que se ha prestado, disolver las Cortes y convocar elecciones. Podría haber ganado o no, pero nos habría evitado bastantes sinsabores. Pudo hacerlo, pero no lo hizo

Alberto Núñez Feijoo, un tipo rencoroso, mal encajador de provocaciones lindantes con lo intolerable, es posible que sepa cuáles son sus márgeneses internos, qué barones (o qué baronesa) pueden llegar a considerar la reunión de marras una cesión inadmisible E un riesgo que hay que correr. Tuve un jefe genial una de cuyas máximas era "Autoridad que no abusa se desprestigia"; téngalo presente y adelante, que en Génova, por ahora, no llegará la sangre al río. Probablemente sienta el aliento de Vox en la nuca, pero si quiere ser Presidente del Gobierno tiene que saber marcar su propia ruta, no limitarse a hollar el camino que otros vayan desbrozándole.

Así que esta mañana, pasada la Lotería y víspera de esa Nochebuena en la que tantas veces se habla de "los hombres de buena voluntad" ¿Son conscientes ambos de que el camino del acuerdo entre ellos dos desactivaría todas esas amenazas que tanto les preocupan? ¿Qué sería de Vox y de Junts tras le voladura de las casamatas donde se refugiaban Presidente y opositor? ¿Qué camino tomarían Puigdemont y Abascal, aparte del lamento y las acusaciones de todo lo que sus mentes les pusieran en los labios? En resumen: cada acuerdo que alcancen les hace más fuertes a los dos. Olviden los tambores de sus falsos amigos, y recuerden el aforismo "Ladran luego cabalgamos".

¡Hablen, no una sino cien veces, y dejen de marear la perdiz! Por cierto, si además de hablar, acabaran acordando algo, (por el momento no importa demasiado en qué consista) gentes como yo, millones, pueden creerme, lo verían como el mejor regalo posible de Reyes, aunque cayera en febrero.

Un ejemplo histórico, para terminar.

Leído en las memorias de Sir Winston Churchill. No recuerdo el año, mediados de los años 30, en todo caso, cuando el mundo se acercaba al abismo. Neville Chamberlain era el Premier británico y Churchill un mero parlamentario a la espera de su momento. Von Neurath, Ministro de Exteriores de la Alemania nazi, invita a Churchill a visitar Alemania. Churchill acude como un rayo al despacho de Chamberlain a ponerle al tanto de la invitación, y a pedirle permiso para atender la cita (en ese momento Alemania y el Reino Unido no estaban en guerra y mantenían relaciones diplomáticas, es decir, el permiso no era preceptivo) añadiendo que creía positivo atender la invitación. En aquellos días, Premier y diputado mantenían tesis opuestas sobre la política a seguir respecto a las provocaciones de Hitler. No importó: Churchill viajó y a la vuelta lo primero que hizo fue ir a rendir cuentas ante el Primer Ministro. Ambos creían que el Partido estaba por encima de ellos y la nación por encima el Partido.

En resumen: 

 Ya pasó, se han reunido y siguen vivos los dos. Más que antes, de verdad. Lo de menos es si la reforma del art. 49 de la Constitución es una cuestión ética, estética o mediopensionista; algo mayor fuste tiene haberse puesto de acuerdo en cómo andar el camino para renovar el Consejo General del Poder Judicial. ¿Con mediador? ¡Con mediador! Me preguntaba quién habría de ser el primero que le sacara punta al asunto, aunque fuera una pregunta retórica. No hagan caso y pónganse a trabajar ya.

Un último comentario: visto el resultado del encuentro compruebo que y desconfiaba demasiado; llegué a temer que alguno de los asesores de don Alberto le hubiera aconsejado que, dadas las fechas, intercambiara regalos con su interlocutor. Los resultaos de la reunión no aclaran si hubo o no obsequios mutuos, pero me jugaría una cena a que si hubo intercambio, no fue una cesta de fruta lo que llevó el señor Núñez Feijoo.


P.D. Por causas ajenas a mi voluntad, es más que probable que interrumpa la cadencia semanal de mis ocurrencias por un tiempo que ahora no sabría precisar. 

Felices fiestas para todos y mi agradecimiento a quienes nos han traído la buena nueva de su última actuación. Más vale tarde que nunca.










sábado, 16 de diciembre de 2023

 Hasta la bandera


El acueducto de diciembre

Pasado el macropuente de diciembre, me parece buen momento para reflexionar sobre el fenómeno del turismo y sus efectos sobre la economía y la sociedad española.

Hemos asistido, un año más, a millones de desplazamientos, a ciudades atestadas, a agentes municipales tratando de ordenar, incluso, el tránsito de peatones por calles congestionadas que han llegado a convertirse en vías de un único sentido de circulación para los viandantes.

¿Para ver, qué? Estructuras metálicas de forma piramidal que se insiste en llamar "árboles de navidad", mercadillos invadidos por mercancías made in China, restaurantes atestados de gente gritona a la que se le ha concedido un tiempo tasado para comer lo que salga de unas cocinas escasamente preocupadas por la calidad de los platos que han de servir a una clientela que ,con toda probabilidad, no han de volver a ver.

Mientras tanto, muchos de los habitantes de las ciudades anfitrionas han huido a una casa rural, también llena a rebosar, a una estación de esquí pare ver, pisar y tratar de utilizar pistas de nieve artificial, cuando la aglomeración de visitantes les conceda una oportunidad de hacer algo más que esperar.

¡Y las colas! El más desconcertante de todos los enigmas de este modo de ir de un lado para otro: tres horas para alcanzar un sitio en una mesa al aire libre donde degustar una ración de bacalao rebozado, más de seis para comprar un billete de lotería, como si el que pudieras comprar frente a tu casa fuera de un número que no entrara en el sorteo. Parece una locura, pero oí decir a un matrimonio que llevaba horas de cola en sus pies, que cuando se puso en una fila que daba la vuelta a la manzana no sabía que había al final, pero que, por si acaso… 

A todo este muestrario, una locutora bienpensante lo llamaba "espíritu navideño".

Corresponsales locales de no importa qué programa informativo, nos cuentan entusiasmados, que pese al incremento de precios, gracias al fantástico buen tiempo reinante, los hoteles están al límite de su capacidad, las terrazas están a reventar y que se han superado con creces "las cifras de antes de su pandemia". Algún dueño de hotel, mesón, taberna o chiringuito osa justificar la subida de sus precios en un 28% por el incremento de sus costes, pese a que al IPC esté en cifras inferiores al 4%. Alguien debería decirle que la cosa funciona al revés: el IPC sube porque hay mucha gente subiendo los precios.


El turismo en el siglo XXI

El fenómeno no es exclusivo de España. No somos sino uno más de los países que compiten por atraer cada año a una proporción creciente de los cientos de millones de terráqueos que cifran una parte de su felicidad en soportar cualquier tortura con tal, no de ir a este a aquél lugar, sino de poder hacerse allí unos cuantos selfies y colgarlos en las redes sociales para que se enteren sus conocidos. El gregarismo sublimado en que se ha convertido el turismo, concepto por completo diferente al de "viajar", alcanza al planeta en su conjunto. 

Y así, en virtud de este absurdo tributo a la manía de poner por delante el parecer que el ser, se banaliza el disfrute de la Capilla Sixtina, el paseo por las avenidas de Luxor o la ascensión al Everest y lo pones al mismo nivel de verte estrujado por multitudes heterogéneas en Times Square, o, en nuestro caso, deambular entre codazos por el Paseo Marítimo de Marbella, procurando no pisar las pésimas falsificaciones de artículos de marcas conocidas, expuesta en no menos de un centenar de mantas, atendidas por otros tantos subsaharianos, o someterse a la aventura de ingerir una creación próxima a lo delictivo que el restaurador de turno insiste en llamar "paella" y cobrarla como si fuera una delicia.


Nuestra evidente dependencia el turismo

Cuando termine el año, es más que probable que hayamos superado la cifra de 85 millones de visitantes. ¿Recuerdan aquella canción, "El turista 1.999.999"? Si la afluencia hubiera sido constante, el de 2023 habría aterrizado, desembarcado o bajado de su coche a primera hora de la tarde del 8 de enero. 

No estoy en contra del turismo, no vayan a pensar. Sería una necedad cuando esa actividad supone el 12’3 % del PIB y el 12’7 % del empleo español. Al contrario, creo que es un fenómeno que hay que tomar muy en serio, analizarlo a fondo, descubrir sus puntos débiles y tratar de corregir lo que proceda. Porque lo cierto es que necesitaremos de él para que nos cuadren las cuentas durante bastantes años. Pero no es menos cierto que entre el turismo que visita los Hamptons o las Seychelles y el de Magaluf, hay diferencias abismales. De concepción y de resultados.

¿Apostamos por la cantidad o por la calidad? Mejor aún: dando por supuesto que ambos términos podrían resultar convenientes ¿por la cantidad de qué? España, de unos años a esta parte, parece que se inclina por batir récords no siempre sensatos: lo interesante no es tanto ser el primer país del mundo en número de visitantes, sino en gasto diario por visitante. En ese sentido, con franquicias que suministran tapas infectas a 1 € o con Ayuntamientos que favorecen la proliferación de los pisos de alquiler turístico en cuchitriles inverosímiles, vamos en la dirección equivocada. ¿Creen que no? Pregunten a cualquier director de hotel de tres estrella en adelante

Una pequeña e incompleta lista de cuestiones a tomar en cuenta si examinamos el modelo actual:

  • Influencia perturbadora en el urbanismo. El auge de los aljamientos turísticos no sólo está distorsionando los precios de los alquileres, sino influyendo en la distribución de la población en las ciudades: barriadas enteras están reconfigurándose como "territorio turístico". En algunos casos las políticas municipales han llegado a ensayar prohibiciones insólitas tratando de vetar la posibilidad de que los nacionales compren o alquilen viviendas en zonas que se definen como de carácter turístico. En un futuro distópico, imagino una ciudad elegante, mimada por el Ayuntamiento de turno, rodeada de suburbios habitados por un ejército de servidores, nacionales e inmigrantes al servicio de los visitantes, únicos que, dede luego tendrían derecho a plantar su toalla en la arena de las playas.
  • La estacionalidad favorece la masificación, desbarajusta los precios e impide un empleo de calidad. Depender en exceso del sol, acarrea además empleos precarios y mal pagados e impide la profesionalización de una actividad que es inexistente durante bastantes meses al año.
  • La volatilidad de los destinos turísticos. El modelo actual depende, sobretodo, de los precios, de modas y de factores que, como la inestabilidad social de nuestros potenciales competidores, están fuera de nuestro control. 
  • Ahora bien, competir en precios nos lleva a optar por el visitante con menor capacidad de gasto, es decir, conduce a agudizar el riesgo de masificación sin incremento paralelo de ingresos. Por descontado, el mantenimiento por los siglos de los siglos de las modas, es una quimera, una contradicción en sus propios términos: la moda es voluble y manipulable. Jugar, por último, a que la ribera sur del Mediterráneo vaya a seguir siendo insegura por siempre jamás, es un riesgo evidente.
  • Añádese a lo dicho los efectos del cambio climático sobre el atractivo de un destino en el que el buen tiempo asegurado era un factor determinante que ahora puede convertir las playas en hornos. En este aspecto, cada uno es muy libre de asumir o negar el cambio climático, pero si las cosas no cambian en diez, quince,  veinte años ¿qué creen ustedes que habrá sido del privilegiado clima español?  


¿Hay alternativas?

Desde luego. España, su clase política, el empresariado, la comunidad científica, todos, deberíamos abrir un debate sobre este punto.

Hay dos evidencias históricas: los modelos económicos se agotan y son sustituidos por otros y, por otra parte, ese hecho puede ser percibido como una catástrofe o como una oportunidad; depende de si la sociedad que se enfrenta a él, estaba o no preparada para el cambio.

En ese sentido, insisto: por una parte no se trata de olvidarse de una realidad no tan perniciosa, hoy por hoy, como es asumir que nos han (o nos hemos) convertido en la taberna de Europa sino de aprovechar los excedentes que genera nuestra actual coyuntura para "financiar", valga la expresión, la fase siguiente, que irremediablemente pasa por la reindustrialización el país.

Me faltan conocimientos para sugerir el cómo, aunque si de mí dependiera, apostaría, con todos los riesgos que comporta la planificación del futuro, por sectores que no hayan llegado aún a su fase de maduración: energías alternativas, tecnologías relacionadas con el conocimiento, industria de transformación alimentaria… y añadan las que se les ocurra.

La tarea es acuciante, porque tendrán que pasar años antes de que se vean sus frutos. Recuerdo haber leído, quizás en los Diarios de Manuel Azaña, la confrontación en el Parlamento de la II República entre el ponente que defendía la necesidad de acometer la repoblación forestal y su oponente que le preguntaba, irónico, si sabía que un monte tarda en crecer "a veces más de cuarenta años". "Por eso es importante empezar a plantar mañana mismo", contestó el primero.

Si esta aventura saliera bien, me gustaría llegar vivo al día en que España alcanzara algún primer puesto en tal o cual ranking que no fuera el de metros cuadrados de espacios públicos, terrazas y plazuelas, ocupado por terrazas.



 


sábado, 9 de diciembre de 2023

 ¡Mamá, quiero ser ministra!

Nombramientos que imprimen carácter

"¿Ministro? Aunque sea de Marina", dicen que dijo el viejo José María Gil Robles, refiriéndose a cierto personaje que aburría a sus contertulios cuando, durante la tan traída y llevada Transición, no dejaba de hablar de su futuro inmediato y de los sudores que le estaba costando asegurarse una cartera.

Espero que nadie trate de ver en el título una irónica referencia a la película que interpretó Concha Velasco, alguien que, por contraste con los  protagonistas de este post, era artista sin necesidad de que su mamá tuviera que consentírselo.

A lo que iba: las mujeres de Unidas Podemos, una vez "desministradas", ni unidas, ni poderosas. Querían ser ministras, lo fueron y parece que llegaron a creer que el cargo era un momio, una sinecura vitalicia unida a su piel por los siglos de los siglos, así que si no han de seguir, se marchan, rompen con todo y que sea lo que tenga que ser. (No sé por qué me viene a la memoria aquel rebote de Umbral -"He venido a hablar de mi novela, y si no vamos a hablar de ella, me cabreo y me voy"- ¿Recuerdan?)

Me pregunto si las sulfuradas damas, (perdón, mujeres ¿en qué estaría yo pensando?), saben dónde han terminado, qué esperan conseguir desde el hospicio del Grupo Mixto, o qué será de ellas en las próximas elecciones. Por el momento, la rabieta ha desencadenado una fuga de adictos a la formación morada, dimisiones en cadena que las lleva a la irrelevancia. 

Que pregunten cómo les fue a quienes las precedieron en el desapacible trayecto desde el poder que buscaban a la realidad pura y dura. Gentes que se sobreestimaron, Albert Ribera, Rosa Díez, que midieron mal sus fuerzas y el papel al que estaban llamadas, meras comparsas de fuerzas más relevantes, complemento que puede ser importante o decorativo según rueden los dados. Nada más, si algún respeto hay que tener a la matemática parlamentaria.

Casi, sólo casi, lo siento por ellas, pero han sido tantos y tan gruesos su errores que más me pide el cuerpo limitarme a incluirlas en la nutrida lista de quienes cegadas por la soberbia, el rencor y su nefasto efecto en el teatro político acaban siendo otro episodio más del interminable espectáculo del fraccionalismo, la eterna herejía de la izquierda.


Se veía venir

Imaginan quizás las doñas, que igual que Puigdemont, también ellas pueden poner de rodillas a su antiguo socio. ¿Imaginan qué será de ellas si Sánchez entre al órdago y convoca elecciones? ¿Creen de verdad que podrán renacer de sus cenizas? Tal como yo lo veo, a lo más que pueden aspirar es a morir matando y, de paso, echar otra manita a las formaciones que, objetivamente, son el contrincante a batir: populares y Vox.

La completa ausencia de autocrítica las lleva a reprochar al socio mayoritario de Gobierno, o a la líder del conglomerado del que formaban parte, una decisión, cerrarles la puerta del Consejo de Ministros, que la ciudadanía esperaba desde hacía meses: críticas semanales destempladas a decisiones tomadas en el órgano colegiado del que formaban parte, improperios inusitados durante la campaña electoral a quien decían estar dispuestas a apoyar, y, por encima de todo el sostenella y no enmendalla, su empecinamiento en no reconocer los errores cometidos en el redactado de la Ley del sólo sí es sí. ¿Cuántos cientos de miles de votos le costó a Sumar y al PSOE y a ellas mismas esa obcecación suicida?

 

Crónica de una muerte anunciada

Recuerdo los tiempos en los que Podemos, (sólo "Podemos", sin Unidos ni Unidas) irrumpió en el pandemonio político español. Había cansancio, irritación, hastío e indignación. Eran sentimientos transversales; unos rechazaban los recortes del gasto social o las nuevas reglas del mercado laboral; a otros les enervaba la inacción del Gobierno de Rajoy, la herencia asumida del aznarismo, la tibieza con la que se encaraba el desafío secesionista. Ni unos ni otros creían que el titubeante Partido Socialista fuera una alternativa solvente y buscaban un profeta a quien seguir.

 Un grupo de profesores y activistas entró en acción. Pablo Iglesias, Carolina Bescansa, Juan Carlos Monedero, Luis Alegre, Íñigo Errejón, Tania González... En enero de 2014 publicaron "Mover ficha: convertir la indignación en cambio político" y dieron a luz un movimiento articulado por un semidesconocido partido, Izquierda Anticapitalista. ¿Recuerdan? de todo aquello ni siquiera ha pasado una década.

Un lenguaje novedoso (resiliencia, empoderamiento, la casta, ellos y ellas, la gente…), el ágil manejo de las redes sociales, métodos asamblearios, financiación por microcréditos, asunción de cualquier ocurrencia salida de las bases y una enorme soltura anta las cámaras exhibida por su líder, dieron a Podemos un crecimiento vertiginoso 

El sondeo trimestral del CIS de julio de 2014 colocaba a Podemos como segunda fuerza política a menos de un punto del PP. El de noviembre la alzaba a primera fuerza en intención directa de voto.

A partir de ahí, tocado techo, cuando llegó la verificación real, las elecciones, comenzó un descenso que aún no ha terminado, pese a que en las Generales de 2015 alcanzaran el tercer puesto en Congreso y Senado.


No era tan fiero el león

En su día pronostiqué que Podemos bien podría ser flor de un día. No son mis dotes de profeta, sino el examen de lo que teníamos delante:

  • El modelo organizativo que proponía intentaba la cuadratura del círculo: asambleas por todas partes, enfrentadas a decisiones unipersonales constantes. 
  • Demasiadas figuras brillantes por metro cuadrado, que chocaban a diario con uno de los líderes más autocráticos de los últimos tiempos.
  • El caos en las cambiantes nomenclaturas de los tentáculos del nuevo actor colectivo, llegó a dificultar su identificación por el votante.
  • Deserciones o defenestraciones constantes -una vez más la revolución devoraba a sus hijos- sacaban de escena en tres años a las tres cuartas partes de los fundadores.

Finalmente, la realidad puso de manifiesto que no es lo mismo juntar descontentos bajo una sola bandera que conseguir que todos vayan en la misma dirección. Cuando la indignación, las razones de la desafección se sedimentaron, unos siguieron a Podemos, otros dieron media vuelta y caminaron en dirección contraria hasta terminar en Vox, otro imán de indignados, y no faltaron quienes continuaron estando furiosos, pero abandonaron toda esperanza y se refugiaron en la abstención.

Examinadas ahora, las contradicciones son llamativas:

  • El modelo populista de Iglesias Turrión, le anima, por ejemplo, a orquestar una consulta a las bases sobre la procedencia de continuar en el flamante chalé que ha estrenado con su pareja, pero, en cambio, decide por sí y ante sí que Yolanda Díaz habrá de ser cabeza de cartel electoral en las próximas elecciones generales. No consideró necesaria consulta alguna a la militancia.
  • Niega su voto al PSOE e impide el triunfo de Pedro Sánchez; saca al escenario a "sus" Ministros antes de haber acordado, siquiera, la coalición con los socialistas y, cuando le parece, se larga del Gobierno dando un portazo para "salvar a Madrid de Ayuso". 
  • Consumado el fracaso, dice que se va, se refugia tras un diario digital y una cadenita de TV. y, desde ambos medios, se muestra más crítico con el Gobierno del que sus pupilas forman parte, que de cualquier instancia conservadora.
  • Para colmo del dislate, la diana favorita de sus críticas es ahora Yolanda Díaz a la que él designó cabeza de lista de Unidas Podemos. Es la viieja historia de los lamentos del anciano monarca ante las iniciativas del delfín.


¿Y ahora?

  • Permítanme que dedique al gran zascandil y a sus aventajadas alumnas, la conocida aleluya de Tomás Iriarte: Tantas idas y venidas / tantas vueltas y revueltas / quiero amiga que me diga, / ¿son de alguna utilidad? Por lo que a la izquierda respecta, no, nunca, al contrario: perjudiciales más que inútiles.
  • Así las cosas ¿dónde empieza y dónde termina el verdadero izquierdismo de políticos y políticas como el dúo Montelarra, la inefable "Pam", o el mismísimo profesor Iglesias? 
  • Les emplazo a reexaminar el espacio político que ocupe dentro de un año el grupo emigrante, aunque la certificación definitiva no constará hasta terminado el recuento de las próximas legislativas. Tratar de polemizar sobre si son tránsfugas, conversos o apóstatas, me parece tan irrelevante como tratar de averiguar el sexo de los ángeles.
  • Si el descalabro afecta a la totalidad de la izquierda, estén atentos al dictamen de don Pablo: todo se habrá debido a la falta de audacia de Pedro Sánchez cuyas rodillas temblaron cuando tendría que haber mantenido el tipo y ponerse a su estela.